martes, 25 de febrero de 2025

¿POR QUÉ LA ORACIÓN DE UNA MADRE ES TAN PODEROSA?


En Lucas 7, Jesús vio pasar una enorme procesión fúnebre en Naím. 

Estaba allí la ciudad entera. 

Vio cómo lloraban jóvenes y mujeres.

Vio a los pastores y a los apóstoles que lloraban. 

Vio a los ancianos llorar. 

Vio padres que lloraban. 

Vio niños que lloraban.

Veía la tristeza en el rostro de las personas. 

Nada parecía moverlo, hasta que vio a la madre.

La Bíblia dice que tuvo compasión cuando la vio e inmediatamente resucitó a su hijo de la muerte (Lucas 7: 12-15). 

Fue el grito desesperado de una madre lo que tocó el Corazón de Dios.

Todavía hoy, las madres que lloran frente al Señor por sus familias, sus matrimonios, sus casas… tocan el Corazón de Dios.

Cuando una madre deja de orar, su familia (especialmente sus hijos) corren peligro.

Satanás encuentra un punto débil y comienza a destruir la casa… hasta que las cosas, gracias a la oración de la madre, vuelven a su lugar legítimo, como ancla de la casa.

En los Salmos 17, 36, 57, 63 y 91 el papel de Dios se compara al de una MADRE.

Como una madre protege, y defiende a sus hijos, así también Dios nos protege bajo la sombra de sus alas. 

Encontramos refugio en Él y podemos quedarnos allí hasta que pase el peligro. 

El papel de una madre es tan fundamental que un padre no recibirá respuesta a sus oraciones si la deshonra o no la respeta (1 Pedro 3: 7).

Por el simple hecho de gozar de este favor, las madres son las personas más atacadas de la casa.

El diablo tiene terror a las madres que ORAN pues son como la central eléctrica de la casa.

Es el mismo Dios el que ha puesto dentro de las madres la gracia y la resistencia necesarias para hacer frente a cualquier situación.

Hoy, como mujer, como madre de familia, considérate bendecida. Considérate privilegiada y “PELIGROSA” CUANDO ORAS.

Invitamos a todas las madres a transmitir este mensaje a otras madres para forjar un ejército de madres que protegen a sus hijos y a la sociedad de la maldad.

 Veamos, ahora, como santa Mónica luchó, rezó y lloró ante Dios por la conversión de su hijo, al grado que san Ambrosio le profetizó: "No puede perderse un hijo de tantas lágrimas". Y gracias a la persistente labor y oraciones logró convertirlo nada menos que en un gran santo: san Agustín. No olvidemos que la mejor educación es la que se refuerza con el ejemplo, pues las palabras se van pero el ejemplo arrastra.

 UN HIJO DE MUCHAS LÁGRIMAS 

Mónica era africana, de Tagaste, región tunecina, nacida el año 331. Hija de familia cristiana noble, pero pobre, fue educada inicialmente en la piedad, ascesis y letras por una criada solícita.

En su juventud formó parte de la comunidad de creyentes que vivió duras experiencias de persecuciones contra los cristianos, y muertes martiriales. ¡En aquellos tiempos pocos males se podían temer tanto como las crueldades de una persecución impía!

A sus veinte años contrajo matrimonio con el joven Patricio, un hombre pagano en religión e infiel en moral, que la hizo pasar sufrimientos desmedidos. Pero afortunadamente, vencido por la honradez de Mónica, murió después de recibir el bautismo. Tuvieron tres hijos: dos de ellos no le crearon problemas; pero el tercero, Agustín, fue amor y espina de dolor de su madre por sus devaneos culturales, religiosos y familiares.

Tras no pocas peripecias, un día Agustín, maestro en artes, se marchó de Tagaste a Roma, y dejó a su madre en Tagaste. Ella, que vivía con el corazón del hijo, siguió sus pasos, y acabó dando con él en Milán. Cuando eso sucedía, Agustín había cambiado ya mucho, y se estaba volviendo más reflexivo sobre sí mismo. Entonces Mónica buscó al Pastor de la diócesis, y tuvo la oportunidad de ponerlo en contacto con san Ambrosio. Éste trabajó amablemente con Agustín y éste se convirtió a Cristo. Recibió el bautismo en abril del año 387.

En esas favorables circunstancias, Mónica, cumplida la misión de salvar a su hijo, volviéndolo sinceramente a Cristo, intensificó su profunda entrega a Dios y a la oración, dando gracias y preparando su encuentro con el Padre. Falleció santamente ese mismo año 387.

ORACIÓN:

Señor, Dios nuestro, Tú inspiraste a san Ambrosio estas bellas palabras: ‘¡No puede  perderse un hijo de tantas lágrimas!'; Tú convocaste a Agustín para que retornara de la infidelidad a la gracia; Tú coronaste de gloria a una madre que vivía sólo para Ti y para sus hijos. Te prometemos orar diariamente por el alma de nuestros hijos. Concédenos también a nosotros la gracia del amor, del dolor, de las lágrimas, de la conversión definitiva a Ti. Amén.


sábado, 22 de febrero de 2025

EL EMPERADOR QUE NO CREÍA EN EL PROGRESO


Marco Aurelio abrió los ojos y miró a su alrededor. No estaba en Roma, ni en el limes danubiano, ni en los campos de batalla contra los germanos. Se encontraba en un mundo donde la dignidad de la piedra había sido sustituida por el reluciente vacío del cristal y el metal. Un mundo donde los muros no se construían para sostener la civilización, sino para reflejar su imagen deformada.

En ese momento, su mirada cayó sobre un objeto que le resultó familiar: un libro. Más aún, era su propio libro. Sus Meditaciones, escritas sin intención de ser publicadas, estaban ahora en manos de un hombre moderno, que lo hojeaba con la displicencia de un catador ante un vino que no ha sido embotellado ayer.

—Interesante —dijo el hombre, con una sonrisa que no ocultaba su condescendencia—. Pero es un poco… anticuado.

—¿En qué sentido? —preguntó el emperador con serenidad.

—Bueno, toda esta insistencia en la disciplina, en el autodominio, en la gratitud… Son valores obsoletos. Hoy sabemos que cada uno debe expresarse libremente, sin restricciones ni imposiciones externas.

Marco Aurelio asintió lentamente, como quien escucha a un bárbaro explicar por qué es mejor quemar una ciudad que gobernarla.

—Así que habéis descubierto que la libertad consiste en hacer lo que se quiere.

—Por supuesto —respondió el hombre con aire de autosuficiencia—. Es la base de nuestro tiempo.

—¿Y habéis descubierto también que la justicia consiste en obedecer a quien grita más fuerte?

El hombre frunció el ceño.

—No es eso…

—Entonces, ¿qué habéis descubierto exactamente?

—Que la felicidad no puede depender de restricciones artificiales. Que las normas del pasado no tienen por qué regirnos hoy. Que cada generación debe reinventarse a sí misma.

El emperador se tomó un momento para considerar esta afirmación. Miró a su alrededor y observó a la multitud que pasaba por la calle, apresurada y abstraída, incapaz de ver más allá de sus propios reflejos en las pantallas que llevaban en las manos.

—Habéis cambiado muchas cosas —dijo finalmente—, pero no habéis descubierto nada nuevo. Mis antepasados creían que la virtud se transmitía de generación en generación, como un fuego que se cuida y se aviva. Vosotros, en cambio, creéis que cada generación debe prender su propia hoguera y arrojar en ella todo lo anterior.

—El progreso exige romper con el pasado.

—Entonces habéis convertido la historia en un constante empezar de nuevo, sin aprender jamás. Habéis cambiado la sabiduría de los ancianos por la opinión de la multitud, la razón por la emoción, la virtud por el deseo.

El hombre cruzó los brazos.

—No necesitamos lecciones del pasado.

Marco Aurelio sonrió con una leve melancolía.

—Eso mismo dijeron los bárbaros antes de que Roma cayera.

OMO

viernes, 21 de febrero de 2025

LA CRUZ DEL CATÓLICO


Cargar la cruz cristiana significa morir a los propios deseos y sufrir persecución por causa de la fe hasta el punto de perder -si es necesario- la vida por seguir a Cristo al obedecer la gran misión de ir y hacer discípulos de todas las naciones. (Ver: Mateo 28:16-20).


jueves, 20 de febrero de 2025

EL ÚLTIMO HOMBRE EN PIE


Si alguien hubiera preguntado en el pueblo de San Eustasio quién era Sebastián, las respuestas habrían sido variadas y contradictorias. Para algunos, era un excéntrico, el último rezagado de una época que la modernidad había dejado atrás como una diligencia polvorienta en plena autopista. Para otros, era un sabio, el último ser humano cuerdo en una aldea entregada a la demencia colectiva. Para los niños, era simplemente el abuelo de Magdalena, lo cual era de por sí una credencial de nobleza. Pero lo que nadie negaba —ni siquiera los más convencidos de la Ilustración Iluminada de Última Generación— era que Sebastián era un hombre peligroso.

No porque portara armas ni liderara revueltas. No porque tuviera en su casa libros prohibidos o hubiera incendiado algún símbolo de progreso certificado por la ONU. No. Sebastián era peligroso porque creía en la Verdad. Y no sólo creía en ella, sino que la defendía con la peor de las armas: el sentido común.

I. El Héroe y el Mito del Progreso

San Eustasio no siempre había sido una cárcel de pantallas luminosas y pensamientos oscuros. Hubo un tiempo en que los niños corrían por las calles sin temor a ser atropellados por un auto sin conductor y sin dueño. Hubo un tiempo en que los hombres se quitaban el sombrero ante una dama y los jóvenes aspiraban a ser caballeros en lugar de influencers. Pero ahora la única reverencia que se hacía era ante el Estado, y la única vocación noble era la de obedecer sin preguntar.

Sebastián recordaba. Y eso era imperdonable.

Veía cómo la gente se entregaba, con el fervor de una procesión pagana, a las últimas novedades en pensamiento obligatorio. Veía cómo en los templos del consumo se anunciaban verdades en oferta, con un 20% de descuento si las comprabas antes del fin de la semana. Veía cómo los intelectuales hablaban sin cesar de la libertad mientras prohibían toda forma de disentir. Y sobre todo, veía cómo el mundo que una vez creyó en santos y mártires ahora creía en máquinas y estadísticas.

Y mientras todos celebraban los avances de la humanidad con la euforia con que un hombre enloquecido celebraría haber cortado la cuerda que lo mantenía suspendido en el abismo, Sebastián se mantenía en pie, con su chaleco gastado y su mirada imperturbable, como un caballero que se ha quedado a defender un castillo en ruinas porque sabe que dentro de esas ruinas está la única bandera que aún vale la pena salvar.

II. Magdalena y la Última Resistencia

Magdalena, su nieta, tenía algo en ella que la hacía diferente de los otros niños. Quizás era la manera en que escuchaba las historias de su abuelo sin el escepticismo impaciente de los modernos. O quizás era la manera en que miraba las estrellas como si supiera que alguien las había encendido a propósito.

Una tarde, Magdalena regresó de la escuela con el ceño fruncido.

—Abuelo, ¿es cierto que la familia es una construcción social?

—Por supuesto —respondió Sebastián, inclinándose para encender su pipa—. Como el sol. O el mar. O el amor. Todo es una construcción, si tienes la paciencia de negarlo el tiempo suficiente.

Magdalena frunció aún más el ceño.

—Pero dicen que la familia tradicional ya no es necesaria.

Sebastián rió con ganas.

—Ah, claro. Como tampoco son necesarias las raíces para los árboles. Y si eres un progresista moderno, tampoco es necesario el suelo.

—Dicen que podemos inventar nuevas formas de familia…

—Por supuesto —dijo el anciano, entusiasmado—. Yo mismo tengo en mente una magnífica innovación: una familia donde un hombre se case con una mujer, tengan hijos y vivan juntos, queriéndose, hasta la muerte.

Magdalena se tapó la boca para reír.

—Abuelo, ¡eso es lo de siempre!

—Exactamente. Y por eso funciona.

III. La Inspección del Estado

No pasó mucho tiempo antes de que alguien denunciara a Sebastián por “adoctrinamiento nocivo”. Una mañana, mientras preparaba café en una cafetera que probablemente tenía más historia que la mitad de los edificios del pueblo, llamaron a la puerta.

Era un hombre de traje impecable, con el tipo de expresión que sólo puede tener alguien que ha sido completamente vaciado de alma y rellenado con políticas gubernamentales.

—Señor Sebastián —dijo con una sonrisa que parecía impresa en su rostro—, venimos a hablar sobre el bienestar de su nieta.

—¿Tiene algún problema de salud? —preguntó Sebastián, sirviendo café con una calma insultante.

—No, no. Pero hemos recibido informes de que usted le está enseñando… valores anticuados.

—Por supuesto —asintió Sebastián—. También le enseño matemáticas.

El inspector lo miró, desconcertado.

—¿Qué tiene que ver una cosa con la otra?

—Oh, es muy simple —respondió Sebastián—. Si dejo que aprenda matemáticas modernas, pronto pensará que dos más dos son cinco, o seis, o cualquier número que le parezca bien en el momento. Y si dejo que aprenda moral moderna, pronto pensará que la verdad es relativa y que la familia es opcional. Pero resulta que ni los números ni las familias funcionan así.

El inspector se aclaró la garganta.

—Nos preocupa que Magdalena no esté recibiendo una educación basada en la inclusión y la diversidad.

Sebastián asintió gravemente.

—Por supuesto. Nada me parecería más preocupante que la idea de que ella deba pensar exactamente lo mismo que todos los demás.

El inspector comenzó a perder la paciencia.

—Señor Sebastián, la educación moderna se basa en la libertad de pensamiento.

—Maravilloso —dijo Sebastián—. Entonces es libre de pensar como yo.

El inspector se levantó, ofendido.

—Esto no ha terminado.

—Nada de lo que es verdadero termina —respondió Sebastián, encendiendo su pipa.

IV. El Último Hombre en Pie

Sebastián fue arrestado poco después. La acusación era vaga, pero el veredicto era claro: era culpable de existir de manera incorrecta.

Magdalena, sin embargo, no lloró. Sabía lo que su abuelo le había enseñado: que el mundo moderno era una gran broma, y que sólo los verdaderamente libres podían reírse de ella. Sabía que la verdad no muere en las prisiones, y que la historia está repleta de hombres que fueron arrojados a mazmorras por decir cosas que, cincuenta años después, serían inscriptas en mármol.

Y así, mientras la maquinaria del progreso seguía avanzando como un tren sin conductor, Magdalena recogió la antorcha de su abuelo. Y cuando la historia de su abuelo se contaba en susurros entre los que aún creían en cosas tan escandalosas como Dios, la verdad y la belleza, ella sonreía y decía:

—El último hombre en pie nunca está solo.

Y entonces encendía una vela. Porque siempre habrá luz mientras alguien la encienda.

OMO

miércoles, 19 de febrero de 2025

LA GRAN DEVOCIÓN

 

"Ya falta poco para irme al cielo. Tú quedas aquí para decir que Dios quiere establecer en el mundo la Devoción al Inmaculado Corazón de María. Cuando vayas a decirlo, no te escondas. Dí a toda la gente que Dios nos concede las gracias por medio del Inmaculado Corazón de María. Que las pidan a Ella, que el Corazón de Jesús quiere que a su lado se venere el Corazón de María, que pidan la paz al Inmaculado Corazón de María, que Dios la confió a Ella. Si yo pudiese meter en el corazón de toda la gente la luz que tengo aquí dentro del pecho, que me está abrasando y me hace gustar tanto del Corazón de Jesús y del Corazón de María..."

Palabras de Santa Jacinta Marto a su prima Lucía, ambas tuvieron el privilegio junto a San Francisco Marto de contemplar a la Santísima Virgen María en Cova da Iría.


martes, 18 de febrero de 2025

LA CONFERENCIA DEL EPISCOPADO MEXICANO CONDENA LA EXPOSICIÓN BLASFEMA EN INSTALACIONES DE LA UNAM



 

La Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM)  la dizque exposición "artística" presentada en la Academia de San Carlos, en Ciudad de México, por ser ofensiva para la fe católica.

Por medio de un comunicado, los obispos señalaron que el arte debe ser un vehículo de encuentro y diálogo, y no una herramienta de burla o desprecio hacia las creencias de religiosas: “Nos duele y preocupa cuando el arte se utiliza para herir la sensibilidad y los símbolos sagrados... pues esto no construye puentes sino que profundiza las divisiones en nuestra sociedad”.

En su comunicado, los obispos mexicanos hacen un llamado a la reflexión sobre el verdadero poder transformador del arte.

La CEM haciendo referencia a la exposición blasfema señala que, “apelando a la libertad de expresión, usan la burla, el desprecio y la intolerancia hacia otros otros miembros de la comunidad”.

Los obispos denuncian que la exposición blasfema en la Antigua Academia San Carlos de la CDMX, perteneciente a la Universidad Autónoma de México “queda a deber mucho a la sociedad, pues el arte es novedad que busca construir el encuentro y alimentar la esperanza”.

“El auténtico arte no necesita profanar lo sagrado para ser provocador, su mayor provocación debe ser la apelación a lo más auténtico del ser humano, su dignidad, su trascendencia y su capacidad de construir un mundo mejor”, enfatizaron los obispos mexicanos.

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El día de ayer otros grupos católicos fueron a una nueva manifestación de desagravio en la Antigua Academia San Carlos. Algunos de ellos fueron arbitrariamente encerrados dentro de las instalaciones, ilegalmente privados momentáneamente de su libertad y fotografiadas y archivadas sus identificaciones personales. Finalmente se impusieron con rezos, cantos religiosos y vivas a Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe, sumándose a los demás manifestantes que afuera coreaban fuertemente los rezos y consignas católicas.

lunes, 17 de febrero de 2025

LA ROSA Y EL FUEGO


Sofía caminaba con prisa, como siempre. Tacones altos, un bolso de marca colgando de su muñeca y un café en la otra mano. No estaba segura de adónde iba, pero tampoco le importaba. Últimamente, su vida transcurría en una inercia cómoda: moda, redes, fiestas, música. Todo parecía diseñado para ser visto, para ser compartido. Era hermosa, y lo sabía. Pero en los últimos meses, una sensación incómoda crecía en su interior, como un murmullo que no podía acallar.

El mundo entero la aplaudía, pero algo dentro de ella se sentía vacío.

Aquel día, decidió desviarse por un parque solitario, con árboles centenarios que parecían susurrar historias del pasado. Entonces la vio.

Sentada en un banco de piedra, una anciana giraba entre sus dedos una rosa marchita. Sus manos estaban arrugadas, pero en su porte había algo sereno, algo inquebrantable. Sofía no pudo evitar detenerse.

—Es hermosa, ¿verdad? —dijo la anciana sin apartar la vista de la flor.

Sofía asintió, aunque en realidad la rosa parecía a punto de deshacerse.

—Hace días que fue cortada, pero su perfume sigue aquí —continuó la anciana—. No tiene la frescura de ayer, pero aún entrega su esencia.

Sofía frunció el ceño.

—¿Y qué pasará cuando ya no huela?

La anciana la miró con sus ojos claros, tan profundos que Sofía sintió un vértigo extraño.

—Se volverá polvo. Como todas las cosas que se quedan en lo superficial.

Sofía sintió un escalofrío.

—No entiendo…

La anciana sonrió con ternura, pero su mirada era firme.

—Hoy, la belleza se ha vuelto un disfraz, un engaño. Nos han convencido de que ser bellas es atraer miradas, pero no nos dijeron que el cuerpo es solo un envoltorio. Nos entrenaron para mostrarnos, pero no para ser. Nos hicieron creer que valemos por lo que revelamos, pero jamás por lo que ocultamos.

Sofía sintió un nudo en la garganta.

—¿Y qué tiene de malo la belleza? —preguntó, con un tono más defensivo del que pretendía.

—Nada —respondió la anciana—. Lo malo es cuando la belleza se vacía de significado. Cuando la usas como un anzuelo y no como un don. Cuando el vestido no realza la dignidad, sino que la destruye. Cuando una mujer deja de ser un misterio para convertirse en un escaparate.

Sofía sintió que el suelo se volvía inestable bajo sus pies.

—Las mujeres hoy son como rosas de plástico —continuó la anciana—. Se ven perfectas, pero no tienen perfume. No mueren, pero tampoco viven. No duelen, pero tampoco aman. Han cambiado el fuego por el artificio, la esencia por la imagen.

—Pero… ¿no es importante sentirse bien con una misma? —insistió Sofía, buscando un resquicio para su propia defensa.

La anciana inclinó la cabeza con dulzura.

—Sí, pero dime, ¿sentirse bien es lo mismo que ser libre?

Sofía abrió la boca, pero no supo qué responder.

—Hoy te dicen que eres libre si puedes hacer lo que quieras con tu cuerpo —continuó la anciana—. Pero la verdadera libertad no es seguir deseos que otros han sembrado en ti. Es elegir el bien, aunque nadie lo haga. Es saber que eres más que un vestido, más que un like, más que un cuerpo bien formado.

—Pero si me visto bonita, ¿qué daño hay en eso? —insistió Sofía.

La anciana sonrió con dulzura.

—Nada, hija. Dios mismo viste de hermosura los lirios del campo. Pero fíjate: su belleza no es forzada, ni fingida, ni provoca en otros deseos desordenados. Crecen con dignidad, con gracia. La verdadera belleza atrae el alma, no solo los ojos. ¿Te has preguntado si lo que llevas puesto lleva a alguien a mirar más allá de tu cuerpo?

Sofía bajó la vista, inquieta.

—Pero… la moda cambia —susurró, más para sí misma que para la anciana.

—Y la verdad no —respondió la anciana con firmeza—. ¿Sabes por qué el mundo insiste tanto en desnudar a la mujer? Porque la desnudez no es solo física, es espiritual. Cuanto más se exhibe el cuerpo, menos se valora el alma. Cuanto más se muestra, menos se protege. Y cuanto menos se protege, más fácil es que la traten como un objeto de usar y tirar.

El aire se volvió denso.

—Hemos olvidado que el cuerpo es un templo —continuó la anciana—. Y en el templo no se entra de cualquier manera, ni se permite que cualquiera entre a profanarlo. Una mujer que se viste con dignidad se respeta, y quien se respeta, enseña a los demás a respetarla.

Sofía sintió la urgencia de replicar, de justificar la moda, de hablar de la libertad. Pero una parte de ella sabía que no tenía respuesta.

—¿Y qué significa arder? —preguntó finalmente, con la voz más débil de lo que esperaba.

—Arder significa no temerle a la verdad. Significa que tu belleza no sea un señuelo, sino un reflejo de lo que eres por dentro. Que en vez de atraer miradas, ilumines almas. Que seas una mujer que inspira a otros a mirar hacia arriba, no hacia abajo.

Sofía miró su reflejo en la pantalla de su celular apagado. Su ropa ajustada, su pose ensayada, sus labios perfectamente delineados. Por primera vez en años, sintió que aquello no la representaba.

La anciana extendió la rosa marchita. Sofía la tomó entre sus manos. Suavemente, acercó la flor a su nariz y aspiró su aroma. Todavía olía a algo.

—Las rosas no nacen para adornar escaparates —susurró la anciana—. Nacen para ser jardín, para ser fragancia, para ser fuego.

Sofía levantó la vista, pero la anciana ya no estaba.

Solo quedaba la rosa.

OMO

sábado, 15 de febrero de 2025

CATÓLICOS PROTESTAN FRENTE A LA EXPOSICIÓN BLASFEMA


  Posteriormente a lo acontecido con el señor de la tercera edad que fue violentamente expulsado de la exposición blasfema solo por estar rezando hincado dentro del recinto de la misma (ver nuestro post de ayer), un numeroso grupo de católicos protestó ayer, horas más tarde, contra la exposición rezando el rosario a las afueras de la Antigua Academia Nacional de San Carlos de la CDMX, dependiente de la UNAM.

Los manifestantes acusaron a la exposición como evidente “cristianofobia” y señalaron que “la blasfemia no es arte”. Lamentaron que una persona de la tercera edad haya sido expulsada violentamente horas antes "violando sus derechos más elementales" y exponiendo la integridad física de una persona septuagenaria que "fue aventada a la calle sin ninguna consideración a su edad". Asimismo hicieron la observación de que resulta inconcebible que con recursos públicos se financien estas burlas y ofensas contra la fe de un pueblo que es mayoritariamente católico, usando los impuestos que paga no para su beneficio sino para burlarse de sus creencias religiosas.

Con mantas condenando la cristianofobia, imágenes del Inmaculado Corazón de María y esculturas de la Virgen de Fátima elevaron preces y cantos religiosos en desagravio por las blasfemias expuestas.

Ante los sucesos, la UNAM cerró temporalmente la blasfema exposición, sin indicar si será reabierta.



viernes, 14 de febrero de 2025

LA INTOLERANCIA DE LOS "TOLERANTES"

 


Nota: Si no abre el vídeo, favor de verlo aquí: 

https://www.facebook.com/share/v/15dLtunpJq/

Católico que pacíficamente rezaba hincado como desagravio a una exposición blasfema que se presenta en instalaciones de la UNAM, en la Ciudad de México, pide cinco minutos para terminar sus oraciones, pero es violentamente desalojado sin oponer resistencia mientras grita vivas a Cristo Rey, a la Virgen de Guadalupe y denuncia a esa exposición como contraria a la fe del pueblo mexicano.

Es cargado violentamente contra su voluntad y es arrojado al suelo de la calle.

Se habla de "libertad" y se pide "tolerancia" para la blasfemia, pero un sencillo fiel que rezaba pacíficamente al sentir heridas sus creencias no puede ser tolerado solo durante cinco minutos.

Aplican la ley del embudo en esto de la tolerancia y la libertad. Parece que solo el mal tuviera "derechos".

Nota: Agradecemos al lector que nos envió este video.