sábado, 2 de mayo de 2026

CREDO ACERCA DEL DEMONIO


1º. Creo que existe y que es muy eficaz y potente.

2º. Creo que tiene mucho interés en hacerme creer que no existe.

3º. Creo que ataca por el punto más débil.

4º. Creo que ataca poco a poco.

5º. Creo que se envalentona si me acobardo y se acobarda si con valor doy rostro.

6º. Creo que está empeñado en que me quede solo.

7º. Creo que utiliza táctica alternante. Cuando estoy en baja: placeres aparentes. Cuando en alza: desganas, desconfianzas, desalientos.

8º. Creo que intentará haga yo mudanza en tiempo de desolación.

9º. Creo que se disfraza de «ángel bueno».

10º. Creo que si permanezco unido a la Virgen Inmaculada, no tengo nada que temer.


P. Tomás Morales S.J., a partir de las reglas de discernimiento de los Ejercicios Espirituales del gran San Ignacio de Loyola.

viernes, 1 de mayo de 2026

EL PAPA QUE CODIFICÓ A PERPETUIDAD LA MISA CATÓLICA Y SALVÓ A LA IGLESIA Y A EUROPA DE LA INVASIÓN MUSULMANA



Antonio Chislieri (San Pío V) nació en Bosco (Italia) en 1504. Tuvo que cuidar ovejas en el campo porque sus padres eran muy pobres. En la adolescencia, una familia generosa le costeó los estudios al ver que su hijo, también llamado Antonio, se comportaba mejor desde que era amigo del Santo.

De esta manera pudo estudiar con los dominicos y llegó a ser religioso de esa comunidad. Poco a poco le encomendaron cargos importantes hasta que el propio Pontífice lo nombró Obispo y luego encargado de la asociación que en Italia defendía la fe.

El santo recorría a pie los pueblos alertando a los fieles de los errores de los evangélicos y luteranos. Muchas veces lo quisieron matar, pero él siguió anunciando la verdad. El Papa lo nombró cardenal y le encargó  dirigir a la Iglesia en defensa de la recta doctrina.

Cuando murió el Papa Pío IV, San Carlos Borromeo les dijo a los cardenales que el más apropiado era el Cardenal Antonio Chislieri, por lo que lo eligieron y tomó el nombre de Pío V.

San Pío V pidió que lo que se iba a gastar en el banquete a los políticos y militares se empleara en ayudas para los pobres y enfermos. Un día vio en la calle a su amigo Antonio, cuya familia le pagó los estudios, lo nombró gobernador del cuartel del Papa y la gente admiró más al Santo Padre al enterarse de su humilde pasado.

El Pontífice tenía mucha devoción por la Eucaristía, la Virgen y el rezo del Santo Rosario, que recomendaba a todos los que podía. En las procesiones del Santísimo, recorría las calles de Roma a pie y con gran piedad y devoción.

Ordenó que los Obispos y párrocos vivan en el sitio donde habían sido nombrados para que no descuiden a sus fieles, publicó un nuevo misal en el que se codificó el rito tradicional de la Santa Misa que decretó tendría vigencia A PERPETUIDAD y una nueva edición de la Liturgia de la Horas, así como un nuevo catecismo: el Catecismo Romano.

Por ese entonces lo musulmanes amenazaron invadir Europa y acabar con la religión católica. Iban desde Turquía arrasando con las poblaciones católicas y anunciando que la Basílica de San Pedro sería la pesebrera para sus caballos. Ningún rey quería enfrentarlos.

El Papa buscó la ayuda de los líderes europeos y organizó una gran armada con barcos. Pidió que todos los combatientes fueran a la batalla confesados y habiendo comulgado en Misa. Mientras ellos iban a combatir, el Pontífice y los fieles romanos recorrían las calles descalzos rezando el Rosario.

Los musulmanes eran superiores y se encontraron con la armada católica en el golfo de Lepanto, cerca de Grecia. Los jefes cristianos hicieron que los soldados rezaran el rosario antes de empezar la batalla el 7 de octubre de 1571.

Empezó el combate con el viento en contra para los católicos hasta que de un momento a otro se cambió de dirección, entonces los cristianos se lanzaron al ataque y obligaron a los musulmanes a retroceder.

San Pío, sin haber recibido noticias de lo sucedido, se asomó por la ventana y dijo a los cardenales: "Dediquémonos a darle gracias a Dios y a la Virgen Santísima, porque hemos conseguido la victoria".

El Papa como agradecimiento mandó que cada 7 de octubre se celebre la fiesta de Nuestra Señora del Rosario y que en las letanías se incluya "María, Auxilio de los cristianos, ruega por nosotros" (algo que propagó San Juan Bosco siglos después).

Partió a la Casa del Padre un 1 de mayo de 1572 a los 68 años.

miércoles, 29 de abril de 2026

DEBEMOS UN INMENSO RESPETO AL SANTÍSIMO SACRAMENTO



"La Iglesia prescribe el mayor respeto delante del Santísimo Sacramento, sobre todo cuando está expuesto, pues entonces el silencio debe ser aún más absoluto y más respetuosa la compostura. Quisiera que no se sentara nadie ante el Santísimo expuesto, y aunque tolera esto no debe hacerse sin verdadera necesidad.

Durante la exposición lo que la santa liturgia exige no es genuflexión sencilla, sino doble o de ambas rodillas, a semejanza de los veinticuatro ancianos delante del Cordero celestial.

Por manera que en los actos del culto todo debe ordenarse a la significación del homenaje íntimo del alma, su respetuosa y profunda adoración, decía Santa Teresa, que daría su vida por la menor ceremonia de la Iglesia, porque bien conocía su valor. Que las almas le den por lo menos respeto, devoción y amor".

San Pedro Julián Eymard

martes, 28 de abril de 2026

QUIÉN ES SARAH MULLALLY, LA "OBISPA" RECIBIDA CON HONORES EN ROMA

La Iglesia Católica ha definido que las "ordenaciones" anglicanas son inválidas por haber perdido la sucesión apostólica (León XIII) y que es nula y sin ningún valor la "ordenación" de mujeres.

Pseudo "obispa" (falsa pues es inválida su ordenación y consagración) anglicana progay y proaborto (en ciertos casos) da la "bendición" desde la tumba de San Pedro en el Vaticano, lo que ha generado un gran escándalo y desorientación en todo el mundo.

Conviene detenerse en esa anomalía visual antes de seguir adelante, porque es el verdadero asunto.

No estamos ante una anécdota protocolaria. Estamos ante una escena de banalización de lo sagrado. Y el daño que esta escena produce no es político, ni mediático, ni siquiera estrictamente ecuménico: es sacramental y catequético. Cuando los signos sagrados se usan como si fueran equivalentes aunque no lo sean, se destruye paulatinamente la capacidad del pueblo fiel para distinguir. La sotana, la cruz pectoral, la bendición impartida a la concurrencia, el trato episcopal, la recepción solemne, las fotografías que mañana abrirán las noticias de medio mundo: todo comunica simultáneamente una cosa, aunque los documentos canónicos digan otra. Y lo que comunica es devastador. Comunica que da exactamente igual ser obispo válido o no serlo. Que da exactamente igual sostener la doctrina católica o negarla en lo esencial. Que da exactamente igual bendecir conforme a la fe que la Iglesia profesa desde los Apóstoles o convertir la bendición en un gesto vacío de contenido teológico, equivalente a un saludo cordial entre dignatarios civiles.

Este artículo se propone, en su primera parte, presentar quién es la "obispa" que está siendo recibida con tales honores —su biografía, sus posiciones, sus propias palabras—. Y en su segunda parte, examinar lo que la fotografía de esta semana significa para la custodia de lo sagrado en la Iglesia.

Quién es Sarah Mullally

Sarah Elizabeth Bowser nació en Woking, Surrey, en marzo de 1962. La menor de cuatro hermanos. Estudió en la Winston Churchill Comprehensive School y en el Woking Sixth Form College. Eligió la enfermería sobre la medicina al considerar, según ella misma ha relatado, que aquélla permitía un cuidado más holístico del paciente. Se formó como enfermera en el South Bank Polytechnic, completó estudios teológicos en el Heythrop College, se especializó como enfermera oncológica en el Royal Marsden Hospital y ascendió hasta ser Directora de Enfermería del Chelsea and Westminster Hospital. En 1999, con 37 años, fue nombrada Chief Nursing Officer de Inglaterra, el cargo más alto de la enfermería pública británica: salario de seis cifras, despacho en Whitehall, reuniones regulares con el primer ministro Tony Blair y rango efectivo de alta funcionaria del Estado.

Estando en la cumbre de su carrera administrativa, en 2001, fue «ordenada» al diaconado y al presbiterado anglicanos como ministro autosostenido —es decir, sin abandonar inicialmente su puesto en el gobierno—. En 2004 dejó el NHS para dedicarse a tiempo completo al «ministerio sacerdotal», decisión que ella misma describió en su día como «la más grande que he tomado en mi vida». En 2012 fue instalada como Canon Treasurer de la Catedral de Salisbury. En 2015, "consagrada" Obispa Sufragánea de Crediton, en la Diócesis de Exeter, convirtiéndose en la cuarta mujer hecha dizque obispo en la Iglesia de Inglaterra desde la apertura del episcopado a las mujeres en 2014. En 2018, instalada como 133.ª "Obispa" de Londres, la primera mujer en la sede que es tercera en jerarquía dentro del anglicanismo inglés. En 2019, Decana de las Capillas Reales. En 2026, elegida 106.ª "Arzobispo" de Canterbury y entronizada el 25 de marzo en su catedral, con la responsabilidad de presidir, como primus inter pares, una Comunión Anglicana de aproximadamente 85 millones de fieles repartidos en 42 provincias autónomas.

El Financial Times la ha caracterizado como «teológicamente liberal». Ella misma se define, con todas las letras, como feminista. Ambos datos son descriptivamente exactos y conviene tomarlos en serio: resumen mejor que cualquier glosa la sustancia teológica de su ministerio.

El sacerdocio que la Iglesia católica no reconoce

La doctrina católica sobre la imposibilidad de ordenar mujeres al sacerdocio fue formulada con carácter definitivo por Juan Pablo II en la Carta Apostólica Ordinatio Sacerdotalis de 22 de mayo de 1994:

«Declaro que la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia.»

La Congregación para la Doctrina de la Fe, en su Responsum ad Dubium del 28 de octubre de 1995 firmado por el entonces cardenal Joseph Ratzinger, especificó que esta doctrina exige el asentimiento definitivo de los fieles porque pertenece al depósito de la fe enseñado infaliblemente por el magisterio ordinario y universal. Las razones, según el texto de Juan Pablo II, son tres: el ejemplo de Cristo al elegir doce varones como apóstoles —decisión que no puede explicarse por condicionamiento cultural, dado que Jesús se distanció de tantas costumbres de su tiempo respecto a las mujeres—, la práctica constante de la Iglesia que ha imitado fielmente esta elección, y el magisterio vivo que ha mantenido siempre tal reserva como perteneciente al designio divino. La Iglesia, subraya el documento, no afirma que no quiera ordenar mujeres: afirma que no puede.

Mullally fue ordenada al diaconado y al presbiterado en 2001, consagrada obispa en 2015 en la propia Catedral de Canterbury, y entronizada como Arzobispo de Canterbury en marzo de 2026. Cada uno de esos actos, leído desde la doctrina católica, no produjo el efecto sacramental que pretende producir: los signos exteriores se realizaron, pero la materia ministerial requerida no estaba presente. Esta no es una opinión teológica controvertida ni una posición conservadora dentro del catolicismo: es la enseñanza definitiva de la Iglesia, y lo es desde mucho antes del nombramiento de Mullally.

Las bendiciones de uniones homosexuales

Mullally no se limitó a apoyar la apertura litúrgica del anglicanismo a las uniones del mismo sexo: la dirigió. Desde 2020 hasta 2023 presidió el llamado Next Steps Group, el comité episcopal del proceso Living in Love and Faith (LLF) que culminó con la aprobación, el 9 de febrero de 2023, de las Prayers of Love and Faith. Estas son oraciones litúrgicas que las parroquias anglicanas pueden utilizar, a discreción del párroco, para bendecir a parejas del mismo sexo que han contraído matrimonio civil o unión registrada. Incluyen oraciones de acción de gracias, dedicación y bendición de Dios sobre la pareja como tal.

Su discurso ante el Sínodo General el 6 de febrero de 2023, presentando la moción, contiene la articulación más clara de su hermenéutica teológica. Vale la pena transcribirlo:

«Esto a veces ha sido caracterizado como un desacuerdo entre quienes toman la Escritura en serio y quienes son arrastrados por los caprichos de la cultura. Los recursos de Living in Love and Faith ilustran que esto no es así en absoluto. La gente ha leído la Escritura seriamente y encuentra una diferencia de significado.»

Esta es la tesis hermenéutica clave. La Escritura, leída con la misma seriedad por todos, admitiría lecturas opuestas sobre la moralidad de las relaciones homosexuales, y por tanto la unidad eclesial puede edificarse sobre esa diferencia interpretativa sin necesidad de resolverla doctrinalmente. La carta pastoral con la que Mullally presentó las nuevas oraciones lo formula con todavía mayor claridad:

«Expresamos nuestra alegre afirmación y celebración de las personas LGBTQI en nuestras comunidades eclesiales. (…) Por primera vez, las iglesias dentro de la Iglesia de Inglaterra podrán hacer esto: es realmente una primera vez.»

Y junto con el resto del episcopado anglicano, en el mismo proceso, firmó una carta pública de disculpa cuyo tenor merece ser fijado con exactitud:

«Nos disculpamos juntos por el rechazo, la exclusión y la hostilidad que las personas LGBTQI+ han experimentado dentro de la Iglesia. Nuestros ojos se han abierto al daño que hemos hecho, especialmente a las personas LGBTI+. Nos damos cuenta de que este comportamiento no ha reflejado el amor universal de Dios para todas las personas.»

La doctrina católica sobre el matrimonio y los actos homosexuales está formulada en el Catecismo con claridad meridiana:

«Apoyándose en la Sagrada Escritura que los presenta como depravaciones graves, la Tradición ha declarado siempre que los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados. Son contrarios a la ley natural. (…) En ningún caso pueden ser aprobados.» (CIC 2357)

Es cierto que la infame Declaración Fiducia Supplicans del Dicasterio para la Doctrina de la Fe (diciembre de 2023) admitió la posibilidad de bendiciones pastorales no rituales, espontáneas, breves, no equiparables a un rito litúrgico, en las que el ministro pueda invocar el bien de las personas que se acercan, sin que esa bendición sancione la situación moral de su unión y sin riesgo alguno de confusión con la bendición matrimonial. Pero cabe matizar al menos que la Iglesia católica se resistió y que cardenal Víctor Manuel Fernández, en la Nota de Prensa del 4 de enero de 2024, insistió: «no son bendiciones del vínculo, no son bendiciones de la unión». Las Prayers of Love and Faith anglicanas son exactamente lo que esa Nota excluye: oraciones litúrgicamente formalizadas, aprobadas por la autoridad eclesial, ofrecidas sobre la pareja como tal y celebrativas del vínculo. La carta de Mullally lo dice con todas las letras: «alegre afirmación y celebración» de la pareja.

El aborto: «más pro-elección que pro-vida»

El 18 de marzo de 2026, una semana antes de su entronización, la Cámara de los Lores debatió una enmienda al Crime and Policing Bill del gobierno británico que pretendía despenalizar completamente el aborto en Inglaterra y Gales en cualquier fase del embarazo —es decir, eliminar incluso las restricciones actuales que permiten interrumpir el embarazo hasta la semana 24, autorizando de facto el aborto hasta el momento del nacimiento—. Mullally había anunciado una peregrinación a pie de seis días desde la Catedral de San Pablo en Londres hasta la Catedral de Canterbury, siguiendo el llamado Becket Camino, como preparación espiritual para su ministerio. Las fechas coincidían exactamente con la votación. La presión pública la obligó a interrumpir la peregrinación para acudir al hemiciclo, donde no apoyó la enmienda infanticida. Pero lo decisivo no es ese voto técnico, sino su intento de evasiva y dos elementos previos que conviene fijar con sus propias palabras.

En entrevistas anteriores, Mullally se había definido a sí misma como «más pro-choice que pro-life».

Y en su intervención del 19 de marzo de 2026 en la Cámara de los Lores, declaró:

«No creo que las mujeres que actúan en relación con sus propios embarazos deban ser procesadas penalmente. (…) Apoyo la oposición principial de la Iglesia de Inglaterra al aborto, que viene acompañada del reconocimiento de que pueden existir condiciones estrictamente limitadas bajo las cuales el aborto puede ser preferible a cualquier otra alternativa disponible.»

La doctrina católica sobre el aborto procurado no admite gradación. El Catecismo lo formula con extrema precisión:

«Desde el siglo I, la Iglesia ha afirmado la malicia moral de todo aborto provocado. Esta enseñanza no ha cambiado; permanece invariable. El aborto directo, es decir, querido como fin o como medio, es gravemente contrario a la ley moral.» (CIC 2271)

«La cooperación formal en un aborto constituye una falta grave. La Iglesia sanciona con pena canónica de excomunión este delito contra la vida humana.» (CIC 2272)

Juan Pablo II, en Evangelium Vitae (1995), declaró con autoridad magisterial: «el aborto directo (…) constituye siempre un desorden moral grave». La distancia entre admitir el aborto como «preferible» en condiciones limitadas y rechazar su persecución penal, por un lado, y declararlo «siempre un desorden moral grave» que la Iglesia sanciona con excomunión, por otro, no es una distancia de matiz. Es la distancia entre dos antropologías incompatibles.

La pastoral de género

En febrero de 2022, desde la diócesis de Londres, Mullally impulsó la creación de un Grupo Asesor sobre «atención pastoral e inclusión de las personas LGBT+ en la vida de nuestras comunidades eclesiales» y respaldó institucionalmente la observancia del LGBT+ History Month. El proceso Living in Love and Faith incluyó desde su origen, junto a la sexualidad, la identidad de género como objeto explícito de discernimiento. La pastoral resultante adopta el lenguaje de la afirmación identitaria: las personas son quienes ellas mismas dicen ser, y la Iglesia debe acompañar esa autodefinición con cuidado y reconocimiento.

La Declaración Dignitas Infinita del Dicasterio para la Doctrina de la Fe (abril de 2024), aprobada por el papa Francisco, articuló con fuerza la doctrina católica sobre esta cuestión:

«La teoría de género resulta peligrosa porque pretende eliminar las diferencias en su pretensión de igualar a todos. Estas diferencias, en realidad, son los más bellos signos visibles de la inefable creatividad del Padre.» (DI 56)

«Deben denunciarse como contrarias a la dignidad humana todas aquellas tentativas de oscurecer la referencia a la ineliminable diferencia sexual entre hombre y mujer.» (DI 58)

El testimonio del sur global

La oposición más seria al nombramiento de Mullally no procede del catolicismo ni de los círculos conservadores ingleses, sino del propio interior de la Comunión Anglicana, y concretamente de su sur global. La Global South Fellowship of Anglican Churches —que reúne a más de diez provincias con aproximadamente 35 millones de fieles, mayoritariamente africanos— calificó su elección de «oportunidad perdida de unir y reformar» la Iglesia. El Arzobispo Justin Badi Arama, primado de Sudán del Sur y presidente actual del GSFA, declaró expresamente que no la reconoce como líder espiritual.

Estas iglesias del sur global no hablan desde un conservadurismo cultural occidental. Hablan desde una lectura de la Escritura y la Tradición que coincide en lo esencial con la doctrina católica sobre matrimonio, sacerdocio, sexualidad y vida. Sus obispos sostienen el matrimonio como unión de varón y mujer, rechazan la bendición de uniones homosexuales, defienden la inviolabilidad de la vida desde la concepción, y mantienen una antropología fundada en la diferencia sexual creada. Por todo ello no han venido a Roma esta semana. Y por todo ello sería con ellos —no con quien hoy posa en San Pedro— con quienes el ecumenismo cristiano tendría algún sentido teológico real.

La fotografía y la banalización de lo sagrado

Hasta aquí el perfil de la persona y de sus posiciones. Ahora el verdadero asunto.

Lo que la imagen comunica

Vuelvan los ojos a las fotografías que estos días verán millones de fieles sin la formación y el discernimiento que tienen nuestros lectores de Infovaticana. Una mujer atraviesa el patio de San Dámaso del Vaticano vestida con la sotana violeta, fajín, cuello romano, cruz pectoral y sortija episcopal. La saludan cardenales, le abren puertas, la conducen al despacho del papa. Posará junto a León XIV. Recibirá los honores debidos a un primado. Bendecirá a unos y a otros, según el uso de los obispos. La imagen recorrerá las portadas, abrirá los telediarios, se imprimirá en los manuales de historia ecuménica. Y la imagen dirá, sin palabras pero con extrema elocuencia, lo siguiente: ante esta persona y ante el sucesor de Pedro, los signos sacramentales son intercambiables.

Esa equivalencia visual es falsa. Y lo es de un modo que importa, porque los signos sagrados no son ornamentos protocolarios. Son lo que San Agustín llamaba verba visibilia, palabras visibles: comunican una realidad teológica. La capa pluvial, la mitra, la cruz pectoral, la sortija episcopal, el báculo, las vestiduras litúrgicas, el gesto de la bendición, el trato como sucesor de los Apóstoles: todos estos signos significan algo en el lenguaje sacramental cristiano. Significan que quien los porta ha recibido por imposición de manos en sucesión apostólica ininterrumpida la potestad de orden, el carácter sacramental que lo configura ontológicamente con Cristo Cabeza para actuar in persona Christi en los sacramentos. Esa potestad es, en la fe católica, la única razón por la que el obispo viste como viste y bendice como bendice. Cuando el signo se separa de su contenido, no permanece neutro: se vuelve activo en sentido contrario. Comunica que el contenido nunca importó realmente.

Cómo se destruye la Iglesia sin persecución abierta

El daño no está solo en que Sarah Mullally esté esta semana en San Pedro. El daño está en que parezca ocupar un lugar sacramental que doctrinalmente no tiene, y en que se permita —incluso que se favorezca— que el signo funcione contra la verdad que el signo debería custodiar. En que la estética de la comunión tape la fractura doctrinal hasta volverla invisible para el ojo no entrenado, que es la inmensa mayoría del pueblo fiel. En que lo sagrado deje de custodiarse y pase a administrarse como una escenografía diplomática.

Es una forma sutil, eficacísima y casi indetectable de erosión de la fe. La Iglesia ha resistido a lo largo de la historia persecuciones abiertas, herejías formuladas con franqueza, cismas declarados, intentos brutales de aniquilación física. Esas amenazas, por terribles, eran reconocibles. El fiel sabía contra qué resistir, sabía a quién no obedecer, sabía qué creer y qué rechazar. La amenaza que esta semana se representa en el Vaticano es de otra naturaleza: no niega frontalmente la doctrina, sino que envuelve su contradicción en cortesía, sonrisas, protocolo, lenguaje ecuménico y fotografías edificantes. Y lo hace en el lugar que más lo amplifica, el corazón visible de la Iglesia católica, ante objetivos que difundirán las imágenes a todo el mundo.

El resultado catequético es devastador. El fiel medio que esta semana vea las fotografías sacará tres conclusiones simultáneas: que los obispos católicos y la primada anglicana son sustancialmente lo mismo; que las diferencias doctrinales entre ambas iglesias deben de ser, por tanto, cuestión de matices secundarios o de meras formas culturales; y que las posiciones de la primada anglicana —el sacerdocio femenino, la bendición de uniones homosexuales, la posición pro-elección sobre el aborto, la pastoral afirmativa de la ideología de género— deben de ser doctrinalmente compatibles con la fe católica, puesto que el papa la recibe con honores y comparte con ella signos sagrados. Ninguna de estas tres conclusiones es verdadera. Las tres serán adoptadas masivamente como si lo fueran. Y se incorporarán al sentido común religioso de millones de personas que ya no necesitarán ningún teólogo disidente para creer aquello que la propia liturgia visual del Vaticano les habrá enseñado.

El signo enfrentado a la verdad

Conviene formularlo con la mayor claridad posible. La doctrina católica sostiene que Sarah Mullally no es obispo, no es sacerdote, no puede consagrar la Eucaristía, no puede confirmar válidamente, no puede absolver sacramentalmente, no porta la sucesión apostólica, no representa una iglesia que esté en comunión sacramental con Roma. Todo esto, simultáneamente, es lo que afirma la doctrina católica. Y todo esto, simultáneamente, es lo que la fotografía del encuentro de mañana niega visualmente al espectador.

La pregunta que un católico puede legítimamente hacerse no es si está mal que el papa la reciba. Las razones diplomáticas para hacerlo existen, son antiguas, y forman parte de un modo legítimo de gestionar las relaciones inter-eclesiales heredado del Concilio Vaticano II. La pregunta es otra: si los signos exteriores con los que esa recepción se reviste —la sotana, la cruz pectoral, las bendiciones recíprocas, el tratamiento episcopal, la ubicación en lugares sacramentalmente densos como las basílicas papales— están al servicio de la verdad de la fe o están funcionando, en la práctica, contra ella. Si custodian lo sagrado o lo exhiben como mera vestimenta intercambiable. Si predican lo que la Iglesia cree o lo desmienten ante los ojos del pueblo fiel.

A esa pregunta, esta semana, hay que responder con honestidad. Y la respuesta honesta es que la escena de San Pedro, durante unas horas, está suspendiendo visualmente la diferencia entre el sacerdocio católico y su imitación anglicana. Cuando esa diferencia queda suspendida ante los ojos de todos, la doctrina no queda intacta: queda desmentida en la práctica. Y un desmentido práctico, repetido en imágenes durante años, termina pesando más que cualquier documento del Dicasterio para la Doctrina de la Fe redactado publicado en una página web que casi nadie lee.

El verdadero ecumenismo

Existe un ecumenismo cristiano auténtico, querido por Cristo en su oración sacerdotal —«Que todos sean uno»— y mandado por el Concilio Vaticano II en Unitatis Redintegratio. Pero ese ecumenismo no consiste en la equivalencia visual ni en la cortesía protocolaria que disuelve las diferencias bajo la sonrisa institucional. Consiste en el camino paciente, exigente, doctrinalmente honesto, hacia la verdad compartida sobre Dios, sobre Cristo, sobre la Iglesia, sobre los sacramentos, sobre el hombre creado varón y mujer, sobre la vida humana, sobre el matrimonio, sobre el ministerio sacramental que Cristo instituyó.

Ese camino no se recorre vistiendo igual a quienes creen cosas opuestas. Se recorre nombrando con claridad las diferencias, cargando con el peso doloroso que esa claridad supone, y trabajando juntos —en la verdad, no en la coreografía— por reducirlas. El otro camino, el de las fotografías edificantes y los signos intercambiables, no acerca: aleja, porque acostumbra al ojo cristiano a no distinguir, y un cristianismo que no distingue ya no es un cristianismo, es una vaguedad religiosa decorativa.

 

Magisterio citado: Catecismo de la Iglesia Católica (CIC 2271, 2272, 2357); Juan Pablo II, Carta Apostólica Ordinatio Sacerdotalis (1994); Juan Pablo II, Encíclica Evangelium Vitae (1995); Congregación para la Doctrina de la Fe, Responsum ad Dubium (1995); Dicasterio para la Doctrina de la Fe, Declaración Fiducia Supplicans (2023) y Nota de Prensa de 4 de enero de 2024; Dicasterio para la Doctrina de la Fe, Declaración Dignitas Infinita (2024); Concilio Vaticano II, Decreto Unitatis Redintegratio (1964)

lunes, 27 de abril de 2026

LA MADRE CRISTIANA

 

“Una mujer virtuosa, ¿quién la hallará? Su valor es más que el de las piedras preciosas (…). Engañosa es la gracia, y vana es la hermosura; pero la mujer que teme a Dios, ésa sí que será ensalzada” (Prov. 31).

 ¿Y cuál es el papel de la madre católica?

“Engendrar hijos para el cielo”

Las vacas tienen crías, los perros y las liebres también, pero mientras estos animales de Dios crían hijos para la tierra, la madre cristiana debe hacerlo para el cielo. Porque antes que saciar el cuerpo, hay que pensar en saciar el alma. Antes de pensar con qué se vestirán los hijos, hay que pensar si están revestidos de la gracia. Por eso el papel de la madre es fundamental, tanto que Nuestro Señor vivió sin padre carnal, pero no sin madre.

“Engendrar hijos para el cielo…”. Practicando las virtudes, ante todo; de allí que el Cura de Ars dijese que “las virtudes pasan suavemente de las madres a los hijos”.

De la madre uno aprenderá la primera oración o el primer insulto.

De la madre el hijo sabrá primeramente distinguir lo bueno de lo malo, de allí que sea tan nefasta esa corriente ideológica que dice que “no hay que poner límites”, “no hay que corregir”, “nunca hay que levantar la mano”.

“¿Tienes hijos? Adoctrínalos, doblega su cabeza desde su juventud” (Eclesiástico, VII, 23) pues “un caballo no domado, sale indócil, y un hijo consentido, sale rebelde (Eclesiástico, XXX, 8).

sábado, 25 de abril de 2026

LAS 5 MALDICIONES DEL ADULTERIO



LAS 5 MALDICIONES DEL ADULTERIO 

1.- La corrupción del alma

«Mas el que comete adulterio es falto de entendimiento; Corrompe su alma el que tal hace», (Proverbios 6:32).

La persona que comete adulterio halla placer en ello, y esto se debe a un alma que se encuentra contaminada por la maldad; sus pensamientos son insanos e incorrectos y en su interior hay una turbulencia de emociones que lo controlan.

«Corromper el alma» tiene que ver con pudrir, destruir, dañar, atentar, trastornar; la persona cuya alma se encuentra corrompida jamás actúa de la manera correcta, sino que la maldad que se alojado en su interior es la que lo conduce a pecar.

2.- La Ceguera Espiritual

«¿Y por qué, hijo mío, andarás ciego con la mujer ajena, Y abrazarás el seno de la extraña?», (Proverbios 5:20).

El adulterio siempre comienza como aventura; durante la primera etapa todo parece ser color de rosas y el conyugue llega a creer que ha conseguido aquello que realmente lo va a satisfacer, no obstante, este pecado lo enceguece y le impide ver  el grave error en el que se encuentra.

La persona adúltera siempre termina perdiendo, en un caso simple, de ser descubierto se pierde la confianza y en un caso extremo hasta la misma familia llega a perderse. Lo que comienza como un simple «desliz» o «desahogo» como muchos lo llaman, termina llevándolos demasiado lejos al punto de enredarlos en su propio pecado.

3.- La fuga de bendiciones para la familia

«Bebe el agua de tu misma cisterna, Y los raudales de tu propio pozo. ¿Se derramarán tus fuentes por las calles, Y tus corrientes de aguas por las plazas? Sean para ti solo, Y no para los extraños contigo», (Proverbios 5:15-17).

Cuando el hombre o la mujer están en adulterio se crea una disfuncionalidad matrimonial, el tiempo que se debe emplear entre los conyugues y la familia se pierde y es allí cuando comienzan a fugarse las bendiciones tanto económicas como espirituales.

En muchos de los casos las personas terminan criando hijos ajenos y abandonan las responsabilidades de su propia familia, olvidando así el tan valioso tesoro que el núcleo familiar representa para Dios.

4.- Dios usará tu adulterio como castigo

«Los besos de la mujer infiel son una trampa sin fondo; Dios no deja sin castigo a los que se enredan con ella», (Proverbios 22:14).

La infidelidad termina convirtiéndose en dolor y amargura; lo que en un comienzo fue divertido termina acarreando terribles consecuencias emocionales. Muchas de las personas que han experimentado el adulterio saben que lo que deja como resultado es una terrible sensación de vergüenza, además de causar daños irreparables en la familia.

«Lo que mal empieza, mal termina», y toda relación que comienza basada en mentiras y engaños no tendrá un buen termino, pues Dios nunca bendecirá una relación como esta, todo lo contrario la usará para demostrar a las personas su necedad.

El amante llega a convertirse en el propio castigo para los practican adulterio y cosas que quizás no aceptaban en su matrimonio les tocará asumir de ahora en adelante.

5.- Perderlo todo

«Nadie deja a un conyugue por algo mejor, sino por algo más fácil», desde un inicio la infidelidad comienza con un deseo por llenar un «vacío» que según la persona, su propio esposo (a) no es capaz de llenar, sin embargo, uno de los escenarios más tristes es cuando luego de perderlo todo a causa de la infidelidad, el conyugue termina por darse cuenta muy tarde de todo el daño que sus acciones causaron.

Hay daños irreparables en los matrimonios aun dentro del pueblo cristiano; relaciones que una vez se rompieron por causa de una infidelidad y que terminaron en divorcio. Un buen consejo: «No botes a la basura aquello que un día fue la mejor decisión de tu vida». "No arruines tu matrimonio, al contrario riega cada día ese jardín y verás que vas a cosechar los mejores años al lado de la persona que un día decidiste amar".

viernes, 24 de abril de 2026

EL GOZO DE MARÍA


 "Ve el cuerpo del Hijo resucitado y glorioso, despedidas ya todas las fealdades pasadas, vuelta la gracia de aquellos ojos divinos y resucitada y acrecentada su primera hermosura. (...) al que tuvo muerto en sus brazos, verle ahora resucitado ante sus ojos. Tiénele, no le deja, abrázale y pídele que no se le vaya, entonces, enmudecida de dolor, no sabía qué decir, ahora, enmudecida de alegría, no puede hablar".

Fray Luis de Granada.


jueves, 23 de abril de 2026

EL DEMONIO MUDO (de la impureza o de deshonestidad)



Aprenda a confesarse bien

. —Padre, no hace mucho ha nombrado Ud. al demonio mudo; ¿qué es eso del demonio mudo?

Maestro. —Es el demonio de la impureza o deshonestidad. Jesús mismo lo llamó así en el Santo Evangelio.

D. — ¿Qué cosa es impureza o deshonestidad?

M. —Son todos los pecados prohibidos en el sexto y noveno mandamientos, es decir, las acciones, las miradas, palabras o deseos malos y la infidelidad y malicia en el matrimonio.

D. — ¿Es pecado muy grave el de la impureza?

M. — Es gravísimo y abominable a los ojos de Dios y de los hombres. Rebaja a quien lo comete a la condición de los brutos, es causa de muchos otros pecados y provoca los más terribles castigos, tanto en esta vida como en la otra.

La Sagrada Escritura designa al pecado impuro con los nombres más infames: “delito pésimo, cosa detestable, cosa horrible, maldad innominable”. San Pablo declara expresamente: Que ni los muelles, los que pecan a solas; ni los fornicadores, los que pecan con otra persona: ni los adúlteros, los que son infieles al matrimonio, irán al Paraíso.

D. — ¡Pobres de nosotros! Es preciso ir alerta.

M. —Ciertamente. Los Santos Padres están concordes en decir que la impureza es el pecado que mayor número de personas arrastra al infierno.

D. — ¿De veras?

M. —Sí, por cierto. San Agustín afirma: así como la soberbia ha poblado el infierno de ángeles rebeldes, así la deshonestidad lo llena de hombres. Y San Alfonso añade, que todo cristiano que se condena, se condena o por deshonestidad, o entra allí manchado también con ese feo pecado.

D. — ¿Cuál será la causa de ello?

M. — Son dos los motivos principales: Primero, porque los pecadores de la deshonestidad se encuentran fácilmente; Segundo, porque quien a ellos se habitúa, difícilmente se enmienda.

D. — ¿Por qué se cometen con tanta facilidad?

M. — No debe creerse que los pecados de deshonestidad consistan tan solamente en la fornicación, adulterio y otras enfermedades por el estilo; éstos son los más graves. Para pecar mortalmente contra la pureza, bastan las miradas lascivas, las lecturas obscenas, las canciones impúdicas, los gestos y las palabras de doble sentido, los galanteos licenciosos, los actos deshonestos y hasta los pensamientos y complacencias internas y los deseos impuros cuando son deliberadamente consentidos.

D. — Y ¿por qué son tan difíciles de corregir?

M. — Porque, frecuentemente, un pecado llama a otro pecado, una impureza a otra impureza, hasta que en breve se forja una cadena que ya no se rompe nunca. También aquí puede decirse ¡Ay del que comienza!

D. —Así ha de ser. Mas la confesión, ¿no sirve para nada? ¿No basta para romper esa cadena?

M. —La confesión siempre es un medio poderosísimo, cuando se hace bien; más aquí está el peligro, el engaño del demonio mudo, que procura amordazar la lengua, para que se callen o se confiesen mal estos pecados, como antes hemos visto.

D. — ¡Ah! Si los que caen en estos pecados se confesasen siempre bien; ¿no es verdad, Padre, que pronto se corregiría de la deshonestidad? La confesión tendría en ellos virtud suficiente para contrarrestar sus perversas inclinaciones.

M. — Exactamente. El demonio mudo, es amigo de las tinieblas, la confesión aporta la luz al alma y la luz ahuyenta los pecados.

D. —Entonces, ¿es que la misericordia de Dios abandona al pecador deshonesto?

M. —No, precisamente es lo contrario. Dios no abandona al pecador deshonesto, sino que éste abandona, a Dios, o porque no piensa en El, o lo que es peor, despreciándole como hemos visto anteriormente; por lo cual a la deshonestidad se le apellida madre de la impenitencia final; y así es dicho de los santos que, “vida deshonesta, muerte impenitente”.

D. — ¿Por qué será la madre de la impenitencia final?

M. —Porque los moribundos deshonestos, generalmente, no se confiesan. Los tales, o no quieren confesarse, o no se resignan a dejar el pecado, o no se arrepienten como debieran.

D. — ¿Hasta en aquella hora suprema?

M. —Sí, aún entonces. Prefieren perder el Paraíso e irse al infierno antes que confesarse debidamente.

Martín Lutero era monje agustino a causa de un amor impuro abandonó el convento, se rebeló contra la Iglesia, fundó el protestantismo, y con su vida rota, dio los más graves escándalos.

Bien entrada la noche se hallaba una vez al balcón de una posada con su compañera de pecado, Catalina Bora. El cielo estaba limpio y miríadas de estrellas centelleaban alegremente: Ella, tal vez asqueada de aquella vida de remordimientos, de repente, Vuelta a Lutero, le dice: “¡Mira, Martín, cuan bello es el cielo!” A estas palabras, Martín, recostando su cabeza sobre Catalina y exhalando un profundo suspiro, exclama: “¡Sí, Catalina, bello es el cielo, pero no es para nosotros!” — ¡Desgraciado! Sentía perder el Paraíso y acercarse el infierno, pero confesaba su imposibilidad de salir de aquel atolladero, y poco después moría en aquella misma posada con señales de la más terrible desesperación y tragándose sus propios excrementos. Vida deshonesta, muerte impenitente.

Teodoro Beza, sucesor de Calvino, y corifeo de la reforma protestante, atacado de una mortal enfermedad, fue visitado por San Francisco de Sales, que con su celo apostólico intentó por todos los medios a su alcance inducirlo a abjurar el error, entrar de nuevo a la Iglesia Católica y disponerse a una muerte cristiana.

Lloraba Teodoro al oír las fervorosas exhortaciones del Santo Obispo, más de vez en cuando suspirando decía: ¡Imposible! —Finalmente, insistiendo el Santo por saber el porqué de aquella palabra “imposible”, Teodoro, haciendo un esfuerzo supremo, apoyándose sobre uno de sus codos, retiró la cortina que ocultaba una alcoba y señalando a una mujer allí escondida, dijo: “He aquí el porqué de mi imposibilidad de convertirme y de salvarme”. La muerte y el infierno antes que dejar el pecado.

En la ciudad de Espoleto, vivía una joven bien parecida, pero de muy disolutas costumbres, entregada en absoluto a la vanidad y a los bailes.

Avisada diferentes veces para que se corrigiese, siempre despreciaba orgullosamente las caritativas amonestaciones, pagándolas con locas burlas. Su propia madre, complacida de la hermosura y desenfado de su hija, gozaba de verla cortejada de muchachos amantes y dejaba correr las cosas, con la esperanza de que pasado el fervor de la juventud entraría alguna vez en juicio.

¡Oh ciega y desaconsejada madre, que por no corregirla engañas a tu propia hija y la dejas correr hacia el deshonor y la ruina! ¿Qué sucedió?

Enfermó gravemente aquella desgraciada hija. Algunas personas respetables del vecindario que iban a asistirla le exhortaban a que llamase al sacerdote, recibiera los Sacramentos, y se preparase para la muerte. Pero la miserable, obstinada decía: “¡Cómo, yo tan joven, tan hermosa, he de morir! ¡Imposible!, ¡yo no quiero morirme!” Llegó por fin el sacerdote; éste a su vez le conjuraba a que tuviera juicio, que sé encomendase a María Santísima, que le podría sorprender la muerte... “Qué muerte ni qué ocho cuartos... Yo he de sanar...No he de morirme, no quiero”.

Al fin viendo que tanto le insistían, y notando que le iban faltando las fuerzas, en un esfuerzo supremo exclamó llena de rabia: “Bien, si es así que me he de morir, ven tú, ¡oh diablo, y llévate mi alma!” Cubriéndose la cara con la sábana, murió desesperada. “Vida deshonesta, muerte desesperada”.
Escucha esto último y horroricémonos.

Un caballero de malas costumbres tenía consigo desde algún tiempo atrás una muchacha tan malvada como él. A quien le hablaba de despedirla le confesaba con un desdeñoso “no puedo”. Pero vínole la muerte y se encargó de hacerlo. Enfermó de gravedad el desgraciado caballero, y en los últimos momentos, vino un sacerdote a prepararle para el terrible paso a la eternidad. Con tanta caridad le trató, que el enfermo muy compungido le dijo: “Con mucho gusto, aun cuando he llevado una vida tan escandalosa, quiero morir bien con una santa confesión”.

— ¿Queréis, pues recibir los Sacramentos como pertenece a un buen cristiano?

— Con mucho gusto los recibiré, si usted se digna administrármelos.

Mas para esto es preciso que antes despidáis a aquella joven, ocasión de vuestros pecados.

— ¡Ah, Padre, eso sí que no puedo hacerlo!

— Y ¿por qué no podéis? Podéis y debéis hacerlo, mi caro señor, si queréis salvaros.

— ¡Digo que no puedo!

— Pero, ¿no comprendéis que la muerte que tenéis tan cerca, tiene que quitárosla, por la fuerza?

— ¡No puedo, Padre, no puedo! De esta forma, ni yo puedo absolveros, ni administraros los sacramentos, perderéis el Paraíso y os precipitaréis en el infierno.

— ¡No puedo!

–– ¿Es imposible que no os resolváis a cambiar de parecer? Pensad en vuestro honor y estima... “No puedo”, repite por última vez el desgraciado, y asiéndola del brazo, la acerca a sí y abrazándola con vehemencia, entre aquellos impuros brazos, exhaló su alma impura. “Vida deshonesta, muerte impenitente”.

D. —Tremendo, pero justo castigo de Dios. ¿Será posible, Padre, que no se pueda abandonar el pecado?

Cuenta San Agustín que cierto hombre, por más que se le avivase, rogase y conjurase a que abandonase una casa, que con grande escándalo frecuentaba, jamás se le pudo inducir a ello, diciendo que no podía de ninguna manera. Cierto día corrió que en aquella misma casa le sobaron la badana de lo lindo.

¿Lo creerás? No volvió a aquella casa; desapareció como por encanto, la pretendida imposibilidad, y en lo sucesivo, ni siquiera pasaba por delante de la casa.

“Quod non facit Dominus, concluye el Santo, facit baculus”.

Lo que Dios no hizo, ni el amor de su alma, lo consiguió el palo.

D. — ¡Qué buen medio, Padre, para quitar a muchos la imposibilidad de abandonar los pecados y sus ocasiones! ¡Qué sermón tan eficaz sería el del palo!

Pbro. José Luis Chiavarino
CONFESAOS BIEN

miércoles, 22 de abril de 2026

LA ABOLICIÓN TEMPORAL DEL SACRIFICIO PERPETUO


  San Alfonso Mª de Ligorio dijo: «El diablo siempre ha intentado, por medio de los herejes, privar al mundo de la Misa, haciéndoles los precursores del Anticristo quien, antes de nada, intentará abolir y abolirá efectivamente el Santo Sacrificio del Altar, como castigo por los pecados de los hombres, según la predicción de Daniel, “Y se hizo fuerza contra el sacrificio perpetuo” (Dan. 8, 12)».