sábado, 7 de marzo de 2026

¡JÓVENES, VUELVAN A SANTO TOMÁS! Maestro y amigo para pensar con verdad y entregar la vida por Cristo Rey.



Por Diego Casanueva Rivero 

- “Él (Santo Tomás) iluminó 
más a la Iglesia que todos 
los otros doctores. En sus
libros aprovecha más el 
hombre en un solo año, 
que en el estudio de los 
demás durante toda
la vida.” 

SS. Juan XXII, Bulla Mirabilis Deus

Nos encontramos ante una crisis profunda que lleva a un combate de magnitud extraordinaria, pues al tiempo que el enemigo se ha hecho de poder político y económico, también ha logrado penetrar la vida eclesial, civil y doméstica, capturando inteligencias y voluntades sin que muchos adviertan el grado de confusión en que se hallan.
 
Este sometimiento hiere especialmente a los jóvenes, quienes, sin experiencia ni formación sólida, se convierten en barcas frágiles en medio de una tormenta de opiniones difundidas como progreso y libertad.

En este contexto, la grandeza de Santo Tomás resplandece con particular claridad: un joven de inteligencia portentosa, memoria admirable y lucidez excepcional que unió a esos dones una pureza invencible y una valentía serena y aguda para defender la verdad.

 Patrono de estudiantes, protector de escuelas y seminarios, toda su vida se movió bajo el signo de la amistad; fue maestro, guía firme y cercano valedor de la juventud.

Su genialidad estuvo sostenida por una profunda devoción al Santísimo Sacramento del Altar. Amó la Eucaristía, contempló el misterio del Cuerpo de Cristo y supo expresar en himnos y tratados la grandeza del Sacramento; de la adoración brotó su luz intelectual y su capacidad de saborear la dulzura de las verdades más altas contemplando y transmitiendo lo contemplado; véase la profundidad y belleza del himno Adoro te devote: 

“¡Oh, memorial de la muerte del Señor!
Pan vivo que das vida al hombre:
Concede a mi alma que de Ti viva
Y que siempre saboree tu dulzura. 
Señor Jesús, bondadoso Pelícano,
Límpiame a mí, inmundo, con tu Sangre,
De la que una sola gota puede liberar
De todos los crímenes al mundo entero.
Jesús, a quien ahora veo oculto,
Te ruego que se cumpla lo que tanto ansío:
Que al mirar tu rostro cara a cara,
Sea yo feliz viendo tu gloria.”

Tristemente muchos jóvenes se encantan con pensadores nefastos o de corto alcance; lo que pasa es que no han probado la miel de la verdadera sabiduría, ni han contemplado el ejemplo ni el portento de virtud que irradia del Doctor Angélico.

 Así como en muchas casas no se ha enseñado a los jóvenes a saborear una sinfonía de Mozart, tampoco se les ha enseñado a gozar con la luz que irradia tan solo un artículo de la Suma Teológica.

Expresa el padre Julio Meinvielle que la historia está sujeta a los santos y por los santos a Cristo, la más grande es nuestra Madre del Cielo, la Santísima Virgen María y entre los maestros, el más grande es Santo Tomás de Aquino, luz de la juventud, protector fuerte y agudo de las escuelas y los estudiantes, sostén de los seminarios y las órdenes religiosas, parámetro ineludible de Pontífices, Obispos, Sacerdotes, Gobernantes y Jueces, fortaleza y deleite de todo aquel que no se conforma con quedarse viendo sombras en una caverna de Platón, sino que busca salir a la luz del sol y adaptar sus pupilas de la mejor manera. 

Cristo es ante todo maestro de verdad, porque es la Verdad misma; Tomás, su mejor imitador en ese aspecto, quiere conocer a cada joven, volverse su maestro y amigo cercano y misericordioso, que te permite participar de su agilidad, precisión y profundidad de pensamiento.

El contacto con el Santo Doctor hace sentir una alegría profunda, porque te enseña a pensar, estudiar y contemplar sin vana curiosidad y desorden; Santo Tomás es el más santo de los sabios y el más sabio de los santos; es el maestro común que no solo da el pescado, sino sobre todo la caña, enseña a pensar con rectitud y es tu aliado inseparable en la defensa de la fe, que se enmarca en una crisis de dimensiones insospechadas.  

La crisis que enfrentamos no es meramente cultural, es una guerra espiritual en cuyo centro está la defensa de la verdad, con todas las consecuencias que ello implica; se introducen errores antiguos bajo apariencia de novedad donde se niega que la razón pueda conocer el ser, la ley natural es abolida por el deseo y el principio de no contradicción ha quedado en el olvido teórico y práctico.

Como advirtió el padre Leonardo Castellani, la lucha intelectual de nuestra época se concentra en una oposición decisiva: o se parte del ser, como enseña Santo Tomás, o se parte del devenir, como en el pensamiento moderno de raíz hegeliana, así lo expresa:

 “Santo Tomás es sumamente actual, e irá siéndolo más y más in dies. La razón es que intelectualmente no existirán más que Hegel y Tomás de Aquino trabados en lucha a muerte”… “las numerosas “escuelas” de filósofos actuales, si no están todas (excepto las tomistas) tocadas de una manera u otra por Hegel: desde los neohegelianos puros, que son legión, hasta los ateos, marxistas, materialistas, fenomenólogos, nietzcheanos… Eso irá en aumento hasta que no queden en finiquito más que la religión en su forma más pura y el hegelismo también puro, es decir, panteísta y ateo, con sus derivados, naturalismo y modernismo” 

De la crisis derivan consecuencias visibles, se pueden mencionar algunas de manera no limitativa: la fe reducida a sentimiento privado, la mayoría convertida en criterio de verdad, la vida pública separada de Dios, las verdades naturales y espirituales negadas y relativizadas, los dogmas vaciados de contenido, el orden social invertido y desconocido, las personas convertidas en grandes masas manipuladas por prejuicios historicistas y ateos, las personas de buena voluntad perseguidas. El modernismo avanza cuando la inteligencia pierde su fundamento.

Frente a este desorden, la Iglesia ha señalado con claridad el remedio. Con el tono firme y esperanzado de la encíclica Aeterni Patris, se exhorta a alimentar a la juventud con la doctrina del Doctor Angélico. En tiempos tempestuosos, su pensamiento robustece la inteligencia, muestra la armonía entre fe y razón, afirma el origen divino de la autoridad y restituye la verdadera libertad.

“…Nada nos es más grato ni más apetecible que el que todos suministréis copiosa y abundantemente a la estudiosa juventud los ríos purísimos de sabiduría que manan de la continua y riquísima vena del Angélico Doctor. (…)
La misma sociedad civil y la doméstica, que se halla en el grave peligro que todos sabemos, a causa de la peste dominante de las perversas opiniones, viviría ciertamente más tranquila y más segura, si en las Academias y en las escuelas se enseñase doctrina más sana y más conforme con el magisterio de la Iglesia, tal como la contienen los volúmenes de Tomás de Aquino. Todo lo relativo a la genuina noción de libertad, que hoy degenera en licencia, al origen divino de toda autoridad, a las leyes y a su fuerza, al paternal y equitativo imperio de los Príncipes supremos, a la obediencia a las potestades superiores, a la mutua caridad entre todos; todo lo que de estas cosas y otras del mismo tenor es enseñado por Tomás, tiene una robustez grandísima e invencible para echar por tierra los principios del nuevo derecho, que, como todos saben, son peligrosos para el tranquilo orden de las cosas y para el público bienestar. Finalmente, todas las ciencias humanas deben esperar aumento y prometerse grande auxilio de esta restauración de las ciencias filosóficas por Nos propuesta. Porque todas las buenas artes acostumbraron tomar de la filosofía, como de la ciencia reguladora, la sana enseñanza y el recto modo, y de aquella, como de común fuente de vida, sacar energía.”

Por eso León XIII exhortó con firmeza a que la juventud bebiera abundantemente de la doctrina del Doctor Angélico, para robustecer la fe en tiempos tempestuosos y defenderla con razones sólidas, mostrando su armonía con la recta razón. Y los Pontífices posteriores confirmaron esta enseñanza, declarando a Santo Tomás guía seguro de los estudios sagrados y maestro común, cuyo pensamiento fortalece la verdadera noción de libertad, autoridad y ley, y preserva a la Iglesia y a la sociedad de los errores modernos.

Desde el primer artículo de la Suma Teológica, Santo Tomás enseña que para la salvación humana no basta la sola filosofía. Muestra que, además de las materias filosóficas cuyo campo analiza la razón humana, era necesario que existiera una doctrina cuyo principio fuese lo divino. Dios, primer principio y motor inmóvil, causa primera, ser necesario, perfectísimo, ordenador sapientísimo y fin último del hombre y del universo, excede la razón natural; pero no la anula, sino que su gracia la eleva y perfecciona mediante el conocimiento de las verdades reveladas y la vida sacramental. Por ello, para la salvación del hombre, fue necesaria la Revelación divina, transmitida por la Sagrada Escritura y la Sagrada Tradición, y custodiada e interpretada fielmente por el Magisterio infalible de la Iglesia.

En Santo Tomás la sabiduría se une a la virtud en orden al bien común que es el reinado de Cristo, comienza en la inteligencia, fortalece la voluntad y se consolida en el corazón que imita a Cristo. Sin verdad no hay libertad; sin reinado de Cristo no hay restauración social.

 Acercarse a Santo Tomás es prepararse para que Cristo reine: en la propia vida, en la familia y en todos los órdenes sociales. Es sanar la inteligencia para que el corazón pueda seguir al Rey con firmeza.

Invitación práctica a la juventud.

- Hagan de Santo Tomás su maestro y amigo, aprendiendo de su pureza, su valentía y su amor a la verdad.
- Frecuenten el Santísimo Sacramento, alimentando su mente con la verdad y su alma con la Eucaristía.
- Entren en su escuela con método y humildad, para fortalecer su inteligencia frente al error.
- Vivan para que Cristo reine, dejando que la verdad conocida transforme su vida y su entorno.
- Formen familias cristianas, prueben su vocación religiosa, eleven su pensamiento a los primeros principios y cumplan con su deber de estado.
- Amen la sana filosofía y la teología, estudien con constancia y cultiven la vida interior, leyendo con profundidad a los grandes autores cristianos, formándose en la tradición aristotélico-tomista y alimentando el estudio con oración y silencio, con sujeción a la Sagrada Tradición y al Magisterio de la Santa Iglesia Católica, para que la verdad ilumine su inteligencia y fortalezca su corazón.

Conclusión

Este año se cumplen cien años del inicio de la Guerra Cristera en México, epopeya de fe en la que tantos jóvenes defendieron el reinado social de Cristo hasta el martirio. No es casual recordar que Santo Tomás de Aquino fue maestro, modelo y amigo intelectual de Anacleto González Flores, referente intelectual de aquel movimiento y mártir ejemplar. Sin saberlo muchos cristeros, su firmeza doctrinal y su valentía sobrenatural se apoyaban en la claridad tomista, así el más santo de los sabios y más sabio de los santos -como es conocido Santo Tomás-, fue un amigo discreto que, desde la solidez del ser y la verdad, sostuvo aquella gesta y ahora nos llama a repetir la historia. Allí se muestra que el pensamiento recto no es adorno académico, sino fundamento vivo de las grandes victorias de la fe.

Bibliografía

CASTELLANI, Leonardo, “Actualidad de Tomás de Aquino”, disponible en:

JUAN XXII, Bulla Mirabilis Deus, 1323.

LEÓN XIII, Aeterni Patris. Sobre la restauración de la filosofía cristiana según la doctrina de Santo Tomás de Aquino, Ciudad del Vaticano, 1879, disponible en:

MEINVIELLE, Julio, El comunismo en la revolución anticristiana, Buenos Aires, Ediciones Theoria, 1964.

AQUINO, Tomás de, Suma Teológica, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, varias ediciones.

AQUINO, Tomás de, Himnos eucarísticos: Pange lingua, Tantum ergo, Adoro te devote, diversas ediciones litúrgicas.

viernes, 6 de marzo de 2026

EL PARÁSITO DEL SER



La privación del bien debido en la cultura contemporánea

Por Óscar Méndez Oceguera

I. La naturaleza del mal

Uno de los errores más característicos de la mentalidad contemporánea consiste en no saber ya qué sea el mal. No porque ignore sus efectos, que los padece diariamente, sino porque ha perdido la inteligencia de su naturaleza. Lo describe, lo administra, lo psicologiza, lo estetiza, a veces incluso lo celebra; pero rara vez lo piensa. Y no puede pensarlo porque, en el fondo, ha dejado de pensar el ser.

La tradición clásica, llevada a formulación rigurosa por Santo Tomás, ofrece aquí una precisión decisiva: el mal no es una sustancia, no es un principio creador, no es una positividad rival del bien. El mal es privación del bien debido. La fórmula, tan sobria en su expresión, es inmensa en sus consecuencias. Significa que el mal aparece allí donde falta un bien que debería estar presente según la naturaleza de una cosa.

La ceguera no es mala porque exista el ojo, sino porque al ojo le falta la visión. La mentira no es mala porque exista el lenguaje, sino porque al lenguaje le falta la verdad. La injusticia no es mala porque exista la voluntad, sino porque a la voluntad le falta la rectitud que la ordena al bien.

El mal, por tanto, no crea. Deforma. No funda. Corroe. No produce ser. Lo disminuye. Ésta es su primera indigencia metafísica. Incluso para herir depende de aquello que hiere. Necesita una naturaleza a la que mutilar, una potencia a la que desviar, una forma a la que vaciar. No puede sostenerse por sí mismo. Vive siempre de un bien previo.

Aquí se halla una clave de extraordinaria importancia para comprender el tiempo presente. Una civilización puede acostumbrarse a combatir males visibles y, al mismo tiempo, dejar de advertir las privaciones que la vacían desde dentro. Entonces conserva muchas palabras y pocos contenidos; muchas formas y poca sustancia; mucho movimiento y poca dirección. Lo trágico no es sólo que haga el mal, sino que haya dejado de percibir qué bienes le faltan.

II. El parásito del ser

Precisamente porque el mal no tiene consistencia propia, su modo de obrar se parece al de un parásito. No produce la vida que necesita; se adhiere a ella. No inventa el organismo; lo invade. No crea un orden; explota uno previo.

Así ocurre también en el plano moral y espiritual. El mal necesita de la inteligencia para producir error, de la libertad para producir desorden, del amor para producir corrupción, de la belleza para degradarla en seducción estéril, de lo sagrado para profanarlo. No inventa la verdad: la tuerce. No inventa la libertad: la vacía. No inventa el amor: lo desordena. No inventa la grandeza: la caricaturiza.

De ahí su peculiar eficacia. Si el mal se presentara siempre con el rostro descubierto, encontraría resistencia inmediata. Pero como vive del bien que parasita, puede revestirse de alguna apariencia de bien. Puede parecer profundidad siendo oscuridad. Puede parecer autenticidad siendo dispersión. Puede parecer liberación siendo desfondamiento del alma. Puede parecer intensidad siendo pura saturación.

Esto explica por qué el mal contemporáneo resulta con frecuencia menos escandaloso y más penetrante que el de otras épocas. No exige siempre una adhesión explícita al desorden. Le basta con hacerse respirable. Le basta con instalarse en el lenguaje, en la sensibilidad, en los hábitos, en la atmósfera. Y cuando el alma vive demasiado tiempo en una atmósfera viciada, termina por llamar aire a lo que la asfixia.

III. La lógica de la tentación

La doctrina cristiana sobre el demonio se vuelve aquí plenamente inteligible. El demonio no es un principio opuesto a Dios en un plano de simetría metafísica. No crea. No da el ser. No funda naturaleza. Su acción consiste en introducir privaciones dentro de un orden ya dado, en sugerir bienes aparentes, en arrancar fragmentos de verdad de su totalidad, en separar potencias de su fin.

La tentación, por eso, no suele presentarse como invitación directa al mal en cuanto mal. Se presenta como propuesta de un bien desgajado de su orden. Ofrece libertad sin verdad, deseo sin forma, identidad sin naturaleza, afirmación sin responsabilidad, intensidad sin destino. Conserva algo real, pero privado de aquello que lo hacía bueno plenamente.

Ésta es la razón de su fuerza y, al mismo tiempo, la prueba de su pobreza. El mal no persuade creando mundos; persuade mutilando fines. No necesita abolir de golpe el bien; le basta con disminuirlo. No necesita destruir enseguida la conciencia; le basta con fatigarla. No necesita extinguir el deseo de infinito; le basta con entregarle sucedáneos.

La tentación individual es grave. Pero todavía es más grave cuando esta lógica deja de operar sólo en la intimidad del alma y se convierte en principio difuso de una cultura. Entonces el hombre no sólo peca: aprende a desear mal. No sólo se extravía: es educado para perder el sentido del camino.

IV. Cuando la privación se vuelve cultura

Las sociedades no se corrompen únicamente por la suma de actos desordenados. Se corrompen más profundamente cuando la privación del bien debido se estabiliza como normalidad compartida. Entonces el mal deja de ser sólo una caída personal y se convierte en forma cultural.

La nuestra posee este rasgo con particular intensidad. Es una cultura que ha aprendido a conservar las cáscaras y a vaciar las sustancias. Conserva palabras nobles —libertad, amor, dignidad, identidad, expresión—, pero desprendidas del orden que les daba inteligibilidad. Conserva el espectáculo, pero pierde el rito. Conserva la conexión, pero pierde la comunión. Conserva la emoción, pero pierde el juicio. Conserva el deseo de grandeza, pero lo rebaja a performance.

Éste es uno de los signos más serios de decadencia: no la desaparición absoluta de los bienes, sino su adelgazamiento. La civilización sigue hablando el lenguaje del bien, pero cada vez participa menos de su realidad. Y así se produce una inversión silenciosa. Lo que debía orientar queda reducido a accesorio; lo que debía ser medio ocupa el lugar del fin; lo que debía elevar termina rebajando.

La juventud padece este desorden con una particular intensidad, precisamente porque sus aspiraciones son todavía grandes. El joven está hecho para desear lo entero: verdad, belleza, heroísmo, pertenencia, sentido, misterio. La tragedia no es que haya dejado de buscar estas cosas, sino que se le ofrecen sucedáneos cuidadosamente fabricados. No se suprime su hambre de absoluto: se la alimenta con oscuridad espectacular. No se suprime su deseo de rito: se le ofrece liturgia invertida. No se suprime su necesidad de pertenencia: se la satisface con identidad de masa. No se suprime su sed de belleza: se la extravía en estética de la herida.

V. La banalización de lo infernal

En este punto aparece uno de los síntomas más reveladores del mal contemporáneo: la banalización de lo infernal. No se trata de exagerar ni de ver en toda sombra un signo diabólico. Esa precipitación sentimental no piensa. Pero sería igualmente ciego no advertir que, en amplias zonas de la música, de la iconografía visual, de la moda, del entretenimiento y de las redes, lo oscuro, lo blasfemo, lo invertido y lo infernal han dejado de percibirse como realidades gravemente desordenadas para convertirse en elementos decorativos, identitarios o estéticos.

Ésa es una mutación cultural de gran profundidad. Lo satánico ya no escandaliza; ambienta. Lo sacrílego ya no hiere; estiliza. Lo blasfemo ya no interrumpe; entretiene. Y precisamente por eso su eficacia es mayor. La conciencia moral no suele morir de un solo golpe. Muere por acostumbramiento. Primero algo parece chocante; luego parece audaz; después parece divertido; finalmente parece normal.

No hace falta que una generación formule conscientemente una metafísica del mal para vivir ya dentro de sus pedagogías. Basta con que aprenda a no distinguir. Basta con que lo infernal pueda habitar el paisaje sin despertar rechazo. Basta con que la inversión se vuelva consumo. Entonces el reflejo espiritual se debilita. Y un alma que ya no sabe estremecerse ante la profanación acaba siendo incapaz de adorar.

VI. La anestesia digital

El proceso se agrava por una mediación técnica singularmente poderosa: la digitalización algorítmica de la vida cotidiana. No porque la técnica sea mala en sí, sino porque gran parte de su configuración contemporánea responde a una lógica ajena al bien del alma. El algoritmo no contempla, no ama, no juzga, no ordena hacia fines altos. Retiene. Excita. Repite. Adapta. Captura.

Su ley no es la perfección del sujeto, sino su permanencia dentro del circuito. Y por eso se convierte en vehículo privilegiado de privaciones sutiles y continuas. Priva a la atención de estabilidad, a la memoria de continuidad, al alma de silencio, al juicio de lentitud, a la mirada de jerarquía. Todo aparece al mismo nivel: lo noble y lo trivial, lo puro y lo obsceno, lo sagrado y lo grotesco. En semejante régimen de equivalencias, la sensibilidad termina embotándose.

La anestesia digital no destruye primero la conciencia; la dispersa. No niega frontalmente el bien; lo vuelve difícil de gustar. No extingue del todo la interioridad; la fatiga. Y así una vida saturada de estímulos puede ser, al mismo tiempo, una vida empobrecida de presencia. El hombre permanece conectado a todo y ausente de sí mismo. Pero un alma sin silencio se vuelve incapaz de contemplación, y una cultura sin contemplación termina por no saber adorar.

VII. La belleza como resplandor del orden

En este contexto la belleza ocupa un lugar decisivo. Pero es necesario rescatarla del subjetivismo sentimental con el que la modernidad la ha confundido. Lo bello no es simplemente “lo que me gusta”. No es refugio romántico ni alivio emotivo. En la tradición clásica, lo bello es objetivo. Es una propiedad del ser cuando el ser resplandece en integridad, proporción y claridad.

La belleza verdadera no halaga el capricho; educa la mirada. No adormece el alma; la despierta. No la deja encerrada en la sensación; la orienta hacia una plenitud más alta. Por eso puede ser una vía privilegiada de restauración. Frente al glamour de lo oscuro, no basta con oponer una estética más amable. Es necesario reabrir el acceso a la belleza verdadera, aquella en la que el ser aparece sin deformación, sin cinismo, sin prostitución.

La juventud, incluso la más expuesta a simulacros degradados, conserva todavía la posibilidad de estremecerse ante esa belleza. Una liturgia celebrada con reverencia, una obra de arte no envilecida, una música que no rebaja, una amistad limpia, una palabra noble dicha sin ironía, pueden obrar más profundamente que muchas admoniciones. La belleza no reemplaza a la verdad. La hace respirable. No sustituye a la gracia. Puede, sin embargo, disponer el alma para desearla.

VIII. La voluntad, la virtud y la ascesis

Con todo, la claridad del diagnóstico y la experiencia de la belleza no bastan por sí solas. El clima del mal se combate también con una formación de la voluntad. Si la privación se vuelve hábito, el bien debe reconstruirse igualmente por hábito. Aquí reaparece la doctrina clásica de las virtudes.

La virtud no es un entusiasmo momentáneo ni una simple opinión recta. Es una disposición estable del alma para obrar bien. Es, en cierto modo, la arquitectura interior que dificulta la instalación del parásito. Donde hay prudencia, el juicio no cede tan fácilmente al brillo inmediato. Donde hay templanza, el deseo no se vuelve presa de toda excitación. Donde hay fortaleza, el ambiente no derrota con tanta rapidez. Donde hay justicia, la voluntad no se absolutiza a sí misma.

De ahí la necesidad de una verdadera ascesis. Custodia de los sentidos, orden del tiempo, disciplina de pantallas, reaprendizaje del silencio, selección de músicas e imágenes, recuperación de lectura lenta, vida litúrgica, examen interior, sacrificio, pureza. Nada de esto es moralismo estrecho. Es higiene del ser. El mal se filtra gota a gota; la restauración también se construye acto a acto, hábito a hábito, fidelidad a fidelidad.

IX. El aburrimiento metafísico del mal

El mal posee, además, una pobreza que termina delatándolo: produce aburrimiento metafísico. No porque carezca de estímulos —de hecho, suele multiplicarlos febrilmente—, sino porque carece de densidad de ser. Puede excitar, pero no colmar. Puede impresionar, pero no alimentar. Puede dar vértigo, pero no alegría. Puede saturar, pero no plenificar.

Por eso una cultura basada en privaciones del bien acaba siendo, en el fondo, una cultura cansada. Tiene movimiento sin dirección, intensidad sin altura, espectáculo sin presencia. Y el alma, aun confundida, termina notándolo. Siente una fatiga secreta, una tristeza sin argumento, una sensación de haber tocado muchas cosas sin haber alcanzado ninguna.

Ese cansancio, sin embargo, puede convertirse en punto de partida. Cuando lo oscuro deja de parecer profundo y empieza a revelar su esterilidad; cuando la transgresión se vuelve fórmula; cuando el simulacro ya no logra ocultar el vacío; entonces el alma comienza a recordar, a veces oscuramente, que fue hecha para algo más alto. El tedio del mal puede transformarse así en nostalgia de plenitud.

X. El orden, el Logos y la fuente del ser

Pero la nostalgia no basta. Es preciso nombrar el término verdadero de la restauración. El orden no es una convención ni una simple técnica de administración social. Es la recta disposición de las cosas según su verdad, su naturaleza y su fin. Hay orden cuando la inteligencia se inclina a la verdad, la voluntad al bien, el deseo a su forma, la ley a la justicia, la autoridad al servicio del bien común.

Sin embargo, este orden no es impersonal. No es una cuadrícula abstracta. Procede del Logos. Las cosas son inteligibles porque no brotan del absurdo. La naturaleza humana tiene estructura porque ha sido pensada. El bien común no es una negociación de apetitos, sino una participación social en una verdad previa.

Por eso la crisis del orden social es, en su raíz, una crisis metafísica. Una sociedad que rompe con el Logos puede conservar por un tiempo ciertas inercias saludables; pero, separada de su principio, termina por vaciarse. El derecho se desvincula de la justicia, la política del bien común, la libertad de la verdad, la cultura de la belleza y la comunidad de su fin.

XI. La gracia y la plenitud

Pero tampoco el orden natural basta por sí solo para restaurar plenamente al hombre herido. Aquí se revela la necesidad de la gracia. La naturaleza puede conocer el bien y desearlo. Puede incluso reconstruir parcialmente ciertas formas de orden mediante la virtud. Pero la perfección última del hombre excede sus fuerzas. El hombre no fue creado sólo para un equilibrio natural, sino para participar de la vida divina.

La metafísica tomista alcanza aquí una extraordinaria luminosidad. Dios no es simplemente el ente supremo entre otros entes. Es el Ipsum Esse Subsistens, el Ser mismo subsistente. Todo lo creado participa del ser; sólo Dios es el Ser por esencia. Por eso toda verdadera restauración exige, en último término, una reconducción a la fuente del ser. Si el mal es privación, la respuesta última sólo puede venir de la plenitud.

Y esa plenitud no se comunica sólo por doctrina o disciplina. Se comunica por gracia. La gracia sana, fortalece, eleva, reintegra. Allí donde el mal vacía, la gracia llena. Allí donde dispersa, unifica. Allí donde mutila, restituye. No se añade externamente como ornamento piadoso. Es participación real, creada, en la vida misma de Dios.

XII. Cristo Rey

Aquí todo converge. El Logos por quien todo fue hecho ha entrado en la historia. La plenitud del Ser se ha hecho visible. La verdad, el bien, la belleza y el orden no permanecen ya sólo como nociones metafísicas: tienen rostro. Por eso la restauración del orden posee finalmente un nombre propio. Cristo.

Y precisamente porque Cristo no es sólo Maestro, sino Señor; no sólo Redentor de almas aisladas, sino Rey; no sólo fuente de gracia privada, sino principio de todo orden verdadero, puede decirse con plena exactitud que no habrá paz en el orden si el orden no está fundado en Él.

No habrá verdadera reconstrucción de la cultura mientras Cristo quede reducido a ornamento privado o recuerdo sentimental. No habrá salud estable para las costumbres, las instituciones y la juventud mientras la soberanía del bien sea sustituida por la negociación indefinida con el simulacro. Puede haber arreglos, técnicas, campañas, pedagogías, contenciones. Pero no habrá paz verdadera. Porque la paz no es mera ausencia de conflicto; es tranquilidad del orden. Y no puede haber tranquilidad del orden donde el Rey legítimo ha sido expulsado.

Decir Cristo Rey no es, pues, un adorno devocional. Es una afirmación metafísica, moral, espiritual y civilizatoria. Significa que la inteligencia sólo descansa plenamente en la Verdad encarnada, que la libertad sólo se cumple en el Bien supremo, que la belleza sólo alcanza su sentido más alto en la gloria de Dios, que la autoridad sólo es justa cuando sirve al orden querido por Él, y que la sociedad sólo florece cuando reconoce un principio superior a sí misma.

Los jóvenes no necesitan una versión suavizada del orden. Necesitan el orden verdadero. Necesitan descubrir que la pureza ensancha, que la disciplina libera, que la liturgia eleva, que la verdad orienta, que la belleza cura, que la gracia vivifica y que la cruz no destruye la alegría, sino que la salva de la corrupción.

El mal seguirá intentando vestirse de normalidad. Seguirá usando bienes ajenos para vaciarlos. Seguirá banalizando lo infernal y administrando el vacío. Pero no tiene la última palabra. No la tiene metafísicamente, porque depende del bien que hiere. No la tiene moralmente, porque la conciencia puede despertar. No la tiene históricamente, porque ninguna civilización basada en privaciones puede alimentar indefinidamente el hambre del alma. Y no la tiene sobrenaturalmente, porque la plenitud ha entrado ya en la historia.

La verdadera salida no consiste en habituarse mejor a las ruinas, sino en restaurar el altar. No en administrar el vacío, sino en volver a la presencia. No en refinar la decadencia, sino en reinstaurar el principio del orden.

Y ese principio tiene nombre:
Cristo Rey.

jueves, 5 de marzo de 2026

LIBERALISMO



El liberalismo Se vale principalmente de los medios siguientes:

1º Procura que los pueblos y sus gobiernos excluyan a Dios de la constitución y de sus leyes, alegando que la religión nada tiene que ver con la política.

2º Enseña que cada uno puede creer, hablar y escribir lo que quiere, sea verdad o mentira, bueno o malo.

3º No consiente que en las escuelas públicas se enseñe la religión a los niños.

4º Quiere excluir a Dios de las familias, haciendo que los esposos no se unan con el sacramento del matrimonio, sino que vivan en mal estado o concubinato ("matrimonio" civil sin verdadero matrimonio ante Dios).

Fieles imitadores del padre de la mentira, los liberales emplean constantemente el engaño siguiente: Cuentan y exageran los males que la humanidad ha sufrido hasta los tiempos presentes; en seguida atribuyen maliciosamente estos males a la Iglesia y a la religión, y finalmente prometen que con los principios de su mentida libertad todo cambiará, todo ha de ser progreso y felicidad.

Ilmo. Sr. Dr. Pedro Schumacher Obispo de Portoviejo, Ecuador.

miércoles, 4 de marzo de 2026

OFRECIMIENTO

 

“He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres… Contempladlo, hijos míos, saciado de oprobios, en esta Hostia en que Él palpita, entre incendios de caridad, por vosotros… ¡sólo por vosotros! Y no pudiendo soportar por más tiempo los ardores que lo consumen, he querido entregarlo al mismo mundo que lo tiene atravesado con el dardo de la ingratitud del dolor… Éste es el supremo y último recurso de mi redención…

Aquí tenéis mi Corazón: os lo doy, os lo entrego sin reservas, en cambio del vuestro pecador e ingrato… ¡Oh, tengo sed, inmensa sed de ser amado, en este Sacramento del Altar… En él he sido hasta ahora el Rey del silencio, el Monarca del olvido… Pero ha llegado la hora de mis triunfos… Vengo a reconquistar la tierra… Sí, he de subyugarla, mal que pese al infierno, y la salvaré por la omnipotencia de mi Corazón. Aceptádmelo, os lo ruego… tendedme las manos y el alma para recibir este supremo don de mi misericordia redentora… Fuego vengo a traer a la tierra, fuego de vida, de amor sin límites, fuego de santidad, fuego de sacrificio, y ¿qué he de querer sino que arda?…

Poned los ojos en mi pecho herido… ahí tenéis el Corazón que os ha amado hasta los abatimientos de Belén… y más; hasta las humillaciones y oscuridades de Nazaret… mucho más aún; hasta las agonías afrentosas del Calvario… Es éste el mismo Corazón que dejó de latir en el Gólgota, sí, el mismo, que sigue amando en la hoguera inextinguible del altar… de la santa Eucaristía.

¡Y vosotros no me amáis!".

Meditación tomada de la HORA SANTA. Compuesta por el Padre Mateo Crawley-Boevey (1875-1960).

martes, 3 de marzo de 2026

DEVOCIÓN DE LOS TREINTA DÍAS A SAN JOSÉ

 

La devoción al Patriarca San José está muy sobre las devociones a los Ángeles y Santos y entra en un orden superior, en el orden de la Trinidad de la tierra, como mediadora ante la Trinidad del Cielo.

Una de las devociones más expresivas de la veneración y confianza del pueblo cristiano en el poder y bondad de San José, es la llamada de los Treinta Días en reverencia de los treinta años que vivió en la tierra en compañía de Jesús y la Virgen María.

Basta la lectura de la Oración para tenerla como muy cristiana y teológica, y como muy recomendable y eficaz para conmover ese poder y bondad del Santo Patriarca, y para alcanzar por su medio las gracias espirituales o temporales, las más difíciles y extraordinarias. Las razones de esta afirmación son las siguientes: a) La materia doctrinal de esa Oración es la más teológica y completa b) El fin general de ella, el más devoto y grato al Santo: honrar la memoria de los treinta años que vivió con Jesús y María en la tierra c) Los títulos que se invocan, poderosísimos para mover el corazón del Santo d) La forma ferviente en que está escrita, da fe vivísima, de ternura sensible y de urgente e irresistible instancia e) Es el alma toda la que en todas sus frases pide y suplica, gime y llora, conmueve y triunfa de las resistencias del mismo Dios f) Y si a todo esto se añade la insistencia y perseverancia durante treinta días en tan larga y vehemente súplica del alma, no será temerario afirmar según el dogma católico que es una oración teológica y cristiana, eficaz e irresistible. g) No hay en ella nada de superstición o revelación o infalibilidad o algo imposible o im­propio. Por lo contrario, lo que se pide y se confía conseguir es sencillamente algo muy conveniente y necesario, aunque difícil y extraordinario; pero nada de milagros infalibles, y a plazos fijos, y por modos y prácticas supersticiosas.

Todo está fundado en el dogma católico de la oración e intercesión de los Santos, y en la creencia y confianza del cristiano en el poder y bondad del Santo Patriarca. Es una Novena, pero de treinta días, muy a propósito para promover la devoción al Santo y la confianza en Él. La práctica de esta devoción ha de ser muy sencilla. Récese la oración treinta días consecutivos; y será más eficaz rezarla ante la imagen o altar del Santo; pero cuando eso no sea posible, puede rezarse en la casa particular. Se recomienda mucho la comunión, al menos los miércoles de esos treinta días. Finalmente se ruega la comunicación de las gracias obtenidas para su publicación en la Revista “San José”.

DEVOCIÓN DE LOS TREINTA DÍAS A SAN JOSÉ
Para obtener alguna gracia extraordinaria

¡Oh amabilísimo Patriarca San José! Desde el abismo de mi pequeñez y miseria os contemplo con emoción y alegría de mi alma en vuestro trono del cielo, como gloria y gozo de los Bienaventurados, pero también como padre de los huérfanos en la tierra, consolador de los tristes, amparador de los desvalidos, auxiliador de los Angeles y Santos ante el trono de Dios, de vuestro Jesús y de vuestra santa Esposa.

Por eso yo pobre, desvalido, triste y necesitado. a Vos dirijo hoy y siempre mis lágrimas y penas, mis ruegos y clamores del alma, mis arrepentimientos y mis esperanzas: y hoy especialmente os traigo ante vuestro altar y vuestra imagen una pena que consoléis, un mal que remediéis, una desgracia que impidáis, una necesidad que socorráis, una gracia que obtengáis para mí y para mis seres queridos.

Y para conmoveros y obligaros a oírme y conseguírmelo, os lo pediré y demandaré durante treinta días continuos, en reverencia a los treinta años, que vivisteis en la tierra con Jesús y María: y os lo pediré, urgente, y confiadamente, invocando todos los títulos que tenéis para compadeceros de mí, y todos los motivos que tengo para esperar que no dilataréis el oír mi petición, y remediar mi necesidad; siendo tan cierta mi fe en vuestra bondad y poder, que al sentirla os sentiréis también obligado a obtener y darme más aún de lo que os pido y deseo.

1) Os lo pido por la bondad divina que obligó al Verbo Eterno a encarnarse y nacer en la pobre naturaleza humana, como Hijo de Dios, Dios Hombre y Dios del hombre.

2) Os lo suplico por vuestra ansiedad inmensa al sentiros obligado a abandonar a vuestra santa Esposa.

3) Os lo ruego por vuestra resignación dolorosísima para buscar un establo y un pesebre para palacio y cuna de Dios nacido entre los hombres.

4) Os imploro por la dolorosa y humillante Circuncisión de vuestro Jesús, y por el santo, glorioso y dulcísimo nombre que le impusisteis por orden del Eterno.

5) Os lo demando por vuestro sobresalto al oír del Angel la muerte decretada contra vuestro Hijo Dios, por vuestra obedientísima huida a Egipto, por las penalidades y peligros del camino, por la pobreza extrema del destierro y por vuestras ansiedades ai volver de Egipto a Nazaret.

6) Os lo pido por vuestra aflicción dolorosísima de tres días, al perder a Vuestro Hijo, y por vuestra consolación suavísima al encontrarle en el templo, y por vuestra felicidad inefable de los treinta años que tuvisteis en Nazaret con Jesús y María sujetos a vuestra autoridad y providencia.

7) Os io ruego y espero por el heroico sacrificio, con que ofrecisteis la víctima de vuestro Jesús al Dios Eterno para la cruz y para la muerte por nuestros pecados y nuestra redención.

8) Os lo demando por la dolorosa previsión que os hacía todos los días contemplar aquellas manos infantiles, taladradas después en la cruz por agudos clavos; aquella cabeza que se reclinaba dulcisimamente sobre vuestro pecho, coronada de espinas; aquel cuerpo divino que estrechabais contra vuestro corazón, desnudo, ensangrentado y extendido sobre los brazos de la Cruz, aquel último momento en que le veíais expirar y morir.

9) Os lo pido por vuestro dulcísimo tránsito de esta vida en los brazos de Jesús y María y vuestra entrada en el Limbo de los Justos y al fin en el cielo.

10) Os lo suplico por vuestro gozo y vuestra gloria, cuando contemplasteis la Resurrección de vuestro Jesús, su subida y entrada en los cielos y su trono de Rey inmortal de los Siglos.

11) Os lo demando por vuestra dicha inefable cuando visteis salir del sepulcro a vuestra santísima esposa resucitada, y ser subida a los cielos por los Angeles y coronada por el Eterno, y entronizada en un solio junto al vuestro.

12) Os lo pido y ruego y espero confiadmente por vuestros trabajos, penalidades y sacrificios en la tierra, y por vuestros triunfos y glorias y feliz bienaventuranza en el cielo con vuestro Hijo Jesús y vuestra esposa Santa María.

¡Oh mi buen Patriarca San José! Yo, inspirado en las enseñanzas de la Iglesia Santa y de sus Doctores y Teólogos, y en el sentido universal del pueblo cristiano, siento en mí una fuerza misteriosa, que me alienta y obliga a pediros y suplicaros y esperar me obtengáis de Dios la grande y extraordinaria gracia que voy a poner ante vuestra imagen y ante vuestro trono de bondad y poder en el cielo.

Aquí, levantando el corazón a lo alto, se le pedirá al Santo, con amorosa instancia la gracia que se desea.

Obtenedme también para los míos y los que me han pedido ruegue por ellos, todo cuanto desean y le es conveniente. San José rogad por nosotros: Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Jesucristo.

ORACIÓN: Oh Dios, que con inefable providencia te dignaste escoger al bienaventurado José por Esposo de tu Madre Santísima; concédenos que, pues le veneramos como protector en la tierra, merezcamos tenerle como intercesor en los cielos. Oh Dios, que vives y reinas en los siglos de los siglos. Amén. (Con licencia Eclesiástica)

ORACIÓN A SAN JOSÉ
A vos recurrimos en nuestra tribulación, bienaventurado José; y después de haber implorado el auxilio de vuestra Santísima Esposa, solicitamos también confiadamente vuestro Patrocinio. Por el afecto que os unió a la Virgen Inmaculada, Madre de Dios; por el amor paternal que profesasteis al Niño-Jesús, os suplicamos que volváis benigno los ojos a la herencia que Jesucristo conquistó con su Sangre, y que nos socorráis con vuestro poder en nuestras necesidades. Proteged, prudentísimo Custodio de la Divina Familia, el linaje escogido de Jesucristo; preservadnos Padre amantísimo, de todo contagio de error y corrupción, sednos propicio y asistidnos desde el Cielo, poderosísimo Protector nuestro, en el combate que al presente libramos contra el poder de las tinieblas. Y del mismo modo que, en otra ocasión, librasteis del peligro de la muerte al Niño-Jesús, defended ahora a la Santa Iglesia de Dios, contra las asechanzas de sus enemigos y contra toda adversidad. Amparad a cada uno de nosotros con vuestro perpetuo patrocinio; a fin de que, siguiendo vuestros ejemplos, y sostenidos por vuestros auxilios, podamos vivir santamente, morir piadosamente y obtener la felicidad eterna del Cielo. Amén.

Padre Nuestro, Ave María y Gloria
 

viernes, 27 de febrero de 2026

RESISTID FIRMES EN LA FE



Cardenal Giuseppe Sarto (Papa San Pío X) para la Cuaresma: «Resistid fuertes en la fe». Carta para la Cuaresma fechada el 17 de febrero de 1895, en la que daba unos certeros consejos para vivir un buen espíritu de penitencia y recomendaba la virtud de la templanza corporal y espiritual, así como la firme defensa de la verdad:

Teniendo como deber, por exigencias de mi ministerio apostólico, exhortar a todos a observar puntualmente el cumplimiento de la Santa Cuaresma, y de esta forma estar en actitud digna de recibir a Jesucristo en la solemnidad pascual, se abren mis labios espontáneamente con esas palabras con las que la Santa Liturgia inicia este tiempo de retiro, de ayuno y de oración. “Transcurrido el pasado tiempo en medio de la somnolencia y de una detestable indiferencia y ociosidad, levantémonos con presteza de nuestro sueño y cubrámonos de ceniza, puesto el cilicio y con ayunos y llantos invoquemos al Señor; haciendo penitencia para enmendarnos del mal que por ignorancia o malicia hayamos cometido”.

Más si esta exhortación al ayuno, al cilicio y a la penitencia supusiese demasiado para el espíritu mundano, entremos, no obstante, en el espíritu de la Iglesia que como Madre benigna, y con el deseo de adaptarse a la fragilidad de sus hijos, ha mitigado todas estas prácticas santas, por lo cual no puedo dejar de traer aquí las palabras de San Pedro dirigidas a los cristianos de su tiempo: “Sed sobrios y vigilad, porque vuestro adversario, el diablo, da vueltas a vuestro alrededor, como león rugiente, buscando a quién devorar: resistidle fuertes en la Fe” (IP 5, 8-9); y sin ninguna duda, si practican estos santos consejos, la Santa Cuaresma será un tiempo aceptable, será el tiempo de la salvación.

Necesidad de la Penitencia
La recta razón y la Fe nos manifiestan conjuntamente esta verdad: fue precisamente en el momento en que se rompió la amistad con Dios en el Paraíso terrenal, cuando se suscitó dentro de nosotros la concupiscencia, incentivo y alimento de las más escondidas pasiones, germen de los vicios y causa fatal de la guerra entablada entre la carne y el espíritu, la cual con magistrales trazos y elocuentes palabras, fue descrita por San Pablo de la forma siguiente: “Me complazco en la Ley de Dios según el hombre interior: mas llevo otra ley en mis miembros opuesta a la ley del espíritu, que me hace esclavo de la ley del pecado, y esta ley está impresa en mis miembros. ¡Infeliz de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?”

El único remedio para obtener esta liberación es combatir en nosotros esa raíz que es la causa principal de nuestros vicios y de nuestras pasiones, y como nuestro gran enemigo es el cuerpo, habrá que esforzarse en humillarlo para reconducirlo a su verdadero fin, dada la carga de pereza que lleva consigo, y mediante esta humillación se adquirirá una vida más vigorosa en perfecta armonía con el espíritu.

Templanza corporal
¿Cómo podrá llevarse a cabo este prodigio? Por el amor cristiano y la virtud de la penitencia, la abnegación del propio yo, el abandono del mundo, las mortificaciones y la cruz. Para todos aquellos cristianos que no tienen el valor de imponerse otros sacrificios, se tornan necesarias aquellas virtudes prácticas ya en los círculos paganos, pero conocidas solamente desde un punto de vista natural, tales como la templanza que regula el uso de las cosas puestas a nuestro servicio y que afectan nuestros sentidos, sin quedar prohibido el placer, pero limitándolo a ponerlo en conformidad con la razón y la santa ley de Dios. Virtudes que en la Sagrada Escritura vienen plasmadas en la abstinencia que modera el uso de los alimentos; la sobriedad que nos aleja del exceso en el consumo de bebidas alcohólicas; la castidad que lleva a sus justos términos, dentro del deber, la inclinación carnal; el pudor que nos defiende contra todo aquello capaz de dañar la pureza; la humildad que nos hace que otorguemos a Dios todo el bien que podamos hacer; y la dulzura, que mantiene el alma serena en la tranquilidad. Todas estas virtudes, elevadas así al rango de su verdadera dignidad, deben ser practicadas.

Entiéndase bien que cuando recomendamos la templanza no exhortamos a que se deje el mundo alejándose del propio hogar, solamente queremos decir que, permaneciendo en el mundo, no sigan, sin embargo, sus preceptos, opuestos a una vida santa, ni practiquen sus obras, sino que dentro del mundo vivan con un cristiano distanciamiento.

Tampoco quiero decir que maceren con austeridad sus cuerpos, sino que procediendo en toda obra con la necesaria virtud, mortifiquen las pasiones de tal manera que rindan un buen servicio al espíritu en lugar de oprimirlo y acallarlo. Tampoco deseo exhortar a que ayunen durante un número de días superior a lo ya establecido, sino que observen un ayuno discreto, el prescrito por la Santa Iglesia, que conoce bien la fragilidad de sus hijos: ayuno que desde la época antigua no nos recuerda sino que debemos sentirnos confundidos y humillados.

Templanza espiritual
Dado que el hombre está compuesto de cuerpo y de espíritu, conviene añadir a la templanza de tipo corporal la templanza espiritual, la cual es más y más larga y penosa en la medida que resulta indispensable para resistir a ciertos impulsos, cortar ciertos afectos o poner orden en determinadas inclinaciones.

La templanza mesura el uso de las cosas de la tierra, nos pone en guardia en cuanto a la vestimenta, amor de los placeres, el deseo de conocer y saberlo todo, en guardia respecto a espectáculos, amistades, modas y demás aspectos de la vida. No concuerda bien con la templanza el espíritu de impaciencia que trae consigo la discordia, e igualmente si existe rechazo hacia una determinada persona, con la templanza este espíritu se cambia en una actitud de dulzura, de amor, de buena voluntad, decidiéndose a actuar con corazón sincero y generoso. Con la templanza se llega a desarraigar también cualquier afecto desordenado, como el que a veces ciertos padres sienten por sus hijos, queriendo poseerlos exclusivamente; desarraigar también los conatos de envidia por los que no llegamos a tolerar a los demás, situando nuestro bien en el mal ajeno: desarraigar nuestro orgullo que domina tal vez nuestros pensamientos, haciendo inflexibles nuestras decisiones, no pudiendo tolerar cualquier consejo o aviso por parte de los otros. La templanza siempre está vigilante para hacer valer la ley, las formas y las buenas maneras en todos los arranques de nuestro corazón, no permitiendo ir más allá de los límites de la razón y de la Fe.

El camino y el medio más seguro para que no nos dominen las pasiones es el de conservar la templanza y no dejarnos sorprender; y así nos lo recomienda el Apóstol cuando nos dice que vigilemos frente al enemigo: “vigilad porque el diablo, vuestro adversario, da vueltas en torno vuestro buscando a quién devorar”. Y démonos cuenta que, cuanto abarca nuestra mirada, todo puede ser nuestro enemigo: nuestra propia casa y nuestra propia persona, lo más cercano a nosotros puede ser nuestro adversario más encarnizado, alimentando nuestras pasiones y deseos, y por eso nuestra propia carne es la que con más furor nos asalta, sin tregua, existiendo hasta la muerte esa enemistad entre ella y el espíritu.

Amadísimos hijos, estad vigilantes para que no seáis presa de las sugestiones de la carne que se lamenta de su propia impotencia para guardar la práctica del ayuno y de la abstinencia, y por lo tanto no olvidéis que un cuerpo demasiado bien alimentado es enemigo de lo espiritual.

Cuidad vuestra mirada ya que por lo ojos entran las funestas imaginaciones en la mente y los afectos perversos invaden el corazón. Preservad los oídos ya que a través de ellos el espíritu puede verse atrapado en sugestiones maliciosas. Igualmente mucha atención con la lengua, porque aquel que habla mucho no estará exento de culpa; y de forma especial tengamos sumo cuidado con nuestro enemigo más recalcitrante, el amor propio, que finge, seduce y engaña, valiéndose de mil maneras para no ser reconocido.

No olvidemos que una simple antipatía –así nos parece– que sentimos por algunos de nuestros hermanos, puede convertirse sin pasar mucho tiempo en una abierta enemistad. Si se siente una inclinación especial hacia una determinada persona, afecto inocente por otra parte, no bajemos la guardia, pues en caso contrario se verá afectada la castidad, y tanto en el trato como en las expresiones seamos puros y moderados. En cuanto a los bienes materiales guardémoslos como conviene pero estando muy atentos a que este cuidado no acabe en una dañina avaricia. Aunque se afirme que ciertos espectáculos y lecturas no son peligrosos, conviene recordar que la serpiente maligna permanece oculta, e incluso en las flores y en el aire que se respira puede haber un veneno mortal.

No olvidemos nunca que nuestro adversario, que se esconde para atacarnos, no nos presenta, desde el primer momento, el mal, sino que después de mostrarnos algún bien, nos lleva poco a poco a un espíritu de tibieza en el servicio divino y tras esto nos hunde en la disipación y la ruina o apatía.

Firmeza en la verdad
Si existe un tiempo en el cual debemos estar vigilantes de una forma especial es el de nuestros días, pues el mundo, con espíritu diabólico, favorece y ayuda a los perversos planes, sobre todo dirigidos contra la Iglesia, con el fin de provocar sentimientos antirreligiosos, y así disminuir el prestigio y la reputación respecto a los hombres que la gobiernan, haciendo resaltar todos los defectos, en todos los grados de la jerarquía, por lo cual concluimos con el Apóstol: resistid fuertes en la fe. Permaneced firmes en la verdad que se encuentra substancialmente en Jesucristo, a quien Dios Padre ha constituido piedra angular en la edificación de la nueva Jerusalén, la Iglesia Católica, y todo aquel que tenga en Él cimentada su Fe no será confundido. Fuente de gracia para los que son fieles, esta piedra misteriosa se convierte sin embargo en piedra de escándalo y de ruina para todos los que pretenden edificar sin ponerla como base en sus sistemas.

Estad alertas, queridísimos hijos, y mantened viva la Fe; guardaos de sus enemigos declarados, que han dejado arrinconado en el pasado el carácter secreto de sus conciliábulos, y ahora, con banderas desplegadas, se esfuerzan por arrebatar al pueblo su joya más valiosa: La Fe; y esto, con sutiles artimañas intentan socavar la autoridad de la Iglesia y de sus ministros, denunciándolos como perturbadores, blanco de todas las sospechas y extremistas, hasta tal punto que no pocos católicos, ingenuos o hipócritas, acaban por admitir todas estas cosas, y creen eso cuando les dicen que no se combate a la religión, sino que únicamente se quiere liberarla de los abusos que se han introducido, separar la Religión y la política; no se quiere perseguir a la Iglesia, pero hay que saber –dicen ellos- que no se puede actuar rectamente si se desconoce el espíritu de los tiempos. Deseamos el bien de los pueblos, afirman, para lo cual nos empeñamos en la paz de todas las naciones.

Resistid fuertes en la fe, decimos de aquellos cristianos que conociendo sólo superficialmente la ciencia de la Religión, y practicándola menos, pretenden erigirse en maestros de la Iglesia afirmando que deben adaptarse a las exigencias de los tiempos, sacrificando para ellos algún punto de la integridad de sus santas leyes; que (erróneamente afirman que) el derecho público de la cristiandad debe mostrarse sumiso frente a los grandes Principios de la era moderna, y manifestar esta sumisión ante el nuevo vencedor; incluso la moral evangélica, demasiado severa, debe adaptarse a estas nuevas normas más complacientes y acomodaticias. Finalmente, (también sostienen falsamente que) la disciplina eclesiástica debe prescindir de sus prescripciones, que resultan molestas a la naturaleza humana, para abrir paso al progreso de la ley en la libertad y amor.

Resistid fuertes en la fe, contra todos aquellos que pretenden dirigir y guiar a la Iglesia en provecho de sus propios intereses y decisiones, juzgando sus enseñanzas e impidiendo sus censuras y condenas; todo esto constituye un pecado enorme de soberbia, y para no ser víctimas de su gran castigo, tengamos el valor de luchar en nuestra sociedad contra todos estos enemigos, descubriendo la malicia de sus ideas perniciosas y haciendo frente al terror de sus maquinaciones o desafiando sus ironías o insultos.

Resistid fuertes en la fe, especialmente los que se glorían en verdad del nombre de católicos, sobre todo para no dejarse seducir por los falsos apóstoles que, como Satanás, se disfrazan de ángeles de luz, y fingen lamentos, temores e inquietudes por los males de la Iglesia y por los peligros por los que atraviesa, y en virtud de una caridad fingida y con un corazón hipócrita, aceptan las máximas que poco a poco llevan a la Iglesia a una situación de enfermedad y de males mortales. Aunque es cierto que ciertos triunfos de la moderna iniquidad pueden escandalizarnos y poner a prueba nuestra fe en la Providencia, sin embargo, la fuerza misma de los acontecimientos va serenando la inquietud de la Fe. 

Las Sagradas Escrituras nos advierten así: “¡Ay de los que al mal llaman bien, que de la luz hacen tinieblas y de las tinieblas luz, y dan lo amargo por lo dulce y lo dulce por lo amargo! ¡Ay de los que son sabios a sus ojos, y son prudentes delante de sí mismos! ¡Ay de los que son valientes para beber vino, y fuertes para mezclar licores; de los que por cohecho dan justo al impío y quitan al justo su justicia!” Y en otro pasaje dice: “¡Ay de ti, Asur, vara de mi cólera, bastón de mi furor! Yo le mandé con una gente impía, le envié contra el pueblo objeto de mi furor, para que saquease e hiciera de él su botín, y le pisase como se pisa el polvo de las calles, pero él no tuvo los mismos designios, no eran éstos los pensamientos de su corazón, su deseo era desarraigar, exterminar pueblos en gran número”.

¡Cómo los acontecimientos que contemplamos en la Iglesia se ven iluminados con estos pasajes! Meditémoslos, queridísimos hijos, y aceptemos todo lo que sucede como una prueba y una expiación; convirtámonos al Señor y respondamos con prontitud a la paternal llamada de su misericordia. Que estos días de la Santa Cuaresma sean para nosotros días de propiciación y así nos encontremos algo más dignos para celebrar con Nuestro Señor Jesucristo la gloriosa Pascua de Resurrección.

Cardenal Giuseppe Sarto.

jueves, 26 de febrero de 2026

LA FAMILIA QUE REZA UNIDA DIARIAMENTE EL ROSARIO TIENE GARANTIZADA MORALMENTE SU SALVACIÓN ETERNA




¿Queréis que toda vuestra familia se reencuentre en el cielo? Leed estas líneas.

¿Queréis lograr esa sublime aspiración? ¿Queréis que no falte un solo miembro de vuestra familia en el cielo? Os voy a dar la fórmula para alcanzarla: rezad el rosario en familia todos los días de vuestra vida. La familia que reza el rosario todos los días tiene garantizada moralmente su salvación eterna, porque es moralmente imposible que la Santísima Virgen, la Reina de los cielos y tierra, que es también nuestra Reina y Madre dulcísima, deje de escuchar benignamente a una familia que la invoca todos los días, diciéndole cincuenta veces con fervor y confianza: “Ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”. Es moralmente imposible, señores, lo afirmo terminantemente en nombre de la teología católica.

La Virgen no puede desamparar a esa familia. Ella se encargará de hacerles vivir cristianamente y de obtenerles la gracia de arrepentimiento si alguna vez tiene la desgracia de pecar. Es cierto que el que muere en pecado mortal se condena, aunque haya rezado muchas veces el rosario durante su vida. Eso, desde luego. El que muere en pecado mortal se condena, aunque haya rezado muchas veces el rosario. ¡Ah!, pero lo que es moralmente imposible es que el que reza muchas veces el rosario acabe muriendo en pecado mortal. La Virgen no lo permitirá. Si rezáis diariamente, y con fervor, el rosario, si invocáis con filial confianza a la Virgen María, Ella se encargará de que no muráis en pecado mortal. Dejaréis el pecado; os arrepentiréis, viviréis cristianamente y moriréis en gracia de Dios.

El rosario bien rezado diariamente es una patente de eternidad, ¡un seguro del cielo! No os lo dice un dominico entusiasmado porque fue Santo Domingo de Guzmán el fundador del rosario. No es esto. Os lo digo en nombre de la teología católica, señores. 

¡Rezad el rosario en familia todos los días de vuestra vida y os aseguro terminantemente, en nombre de la Virgen María, que lograréis reconstruir toda vuestra familia en el cielo! ¡Qué alegría tan grande al juntarnos otra vez para nunca más volvernos a separar!

“EL MISTERIO DEL MÁS ALLÁ”
Antonio Royo Marín. O.P.

miércoles, 25 de febrero de 2026

EL DEMONIO DE LA ACEDIA



Por Diego Casanueva Rivero 

La vida cristiana está ordenada al gozo del bien divino y a la participación anticipada del Cielo por la acción santificadora del Espíritu Santo. Sin embargo, el hombre puede apartarse voluntariamente de ese gozo, rechazar el bien divino y consentir el pecado de la acedia. Santo Tomás de Aquino la define como una tristeza que aleja del bien divino, y por ello la considera pecado capital, pues ataca directamente a la caridad, que es la amistad sobrenatural entre Dios y el hombre (Suma Teológica, II-IIæ, q.35).

La acedia no se presenta de forma estridente, sino silenciosa y progresiva. Comienza con un desorden en el amor a sí mismo y a las creaturas, poniendo por encima de Dios la comodidad, la seguridad o el éxito humano. Así endurece el corazón, genera inconstancia, aversión al propio deber de estado y abandono de los medios que conducen al fin sobrenatural. San Gregorio Magno le atribuye seis hijas: malicia, rencor, pusilanimidad, desesperación, indolencia respecto a los mandamientos y divagación de la mente por lo ilícito (Suma Teológica, II-IIæ, q.35, art. 4).

Evagrio Póntico la llama el “demonio de mediodía”, porque ataca cuando el peso de la rutina, la fatiga y la lejanía del término debilitan la voluntad, impulsando a huir de la perseverancia y de los compromisos asumidos con Dios. Se manifiesta tanto en la jornada diaria como en etapas decisivas de la vida, cuando el gozo en la asiduidad del amor de Dios se ve oscurecido.

En la vida religiosa, la acedia actúa como la describe Evagrio: genera aversión a la celda, al lugar y al propio estado de vida, insinuando que en otro sitio se serviría mejor a Dios. Así se debilita el gozo en la oración y se introduce la tentación de abandonar la perseverancia, bajo pretextos aparentemente espirituales.

En los laicos, la acedia se dirige contra el deber de estado, haciendo que el trabajo, la vida familiar o las obligaciones cotidianas se perciban como cargas.

 El demonio sugiere evasiones y cambios no para un bien mayor, sino para huir de la constancia en el bien propio de la vocación recibida.

De modo semejante a lo que describe Evagrio en el monje —cuando, entre la cuarta y la octava hora, el cansancio, la rutina y la lejanía del término suscitan el deseo de abandonar la celda—, en ocasiones -no es una regla- la acedia se presenta con particular fuerza en la media vida, entre los cuarenta y los cincuenta años. En ese momento surgen reproches por lo no alcanzado o autosuficiencia por la experiencia, el deber de estado se vuelve pesado y aparece la tentación de abandonar los compromisos asumidos con Dios, fruto de una tristeza interior que impulsa a huir de la perseverancia.

En este contexto, la oración ocupa un lugar decisivo: es el acto por el cual el alma permanece unida al bien divino. Cuando se descuida, la tristeza acédica encuentra terreno fértil; cuando se persevera en ella, aun sin consuelo sensible, se mantiene viva la fe, se robustece la esperanza y la caridad conserva su dinamismo sobrenatural.

La acedia endurece el corazón para los actos de caridad y conduce a los extremos de la presunción y la desesperación, con una religiosidad que admira sin imitar y pide perdón sin penitencia. Se concreta en ociosidad, somnolencia, indiscreción de la mente, desasosiego del cuerpo, inestabilidad y curiosidad, convirtiéndose en pecados contra la perseverancia gozosa en la caridad. En contraste, la caridad es constante y fiel porque tiene a Dios como fundamento; la acedia, en cambio, genera odio respecto al fin y abandono de los medios para alcanzarlo.

Este mal se ve reforzado por una visión moderna del hombre —racionalista, liberal y humanista— que relativiza la verdad, absolutiza la autonomía y debilita el sentido del fin último. Así, la acedia se vuelve un mal contagioso que corroe familias y comunidades bajo apariencias de normalidad, mientras apaga silenciosamente el gozo espiritual.

*Indicios de la acedia:*
– Aversión al propio deber de estado.
– Negligencia o excesos en la vida religiosa o matrimonial.
– Desánimo general y crisis vocacional.

*Remedios y auxilios:*
– Perseverar en la Santa Misa y los sacramentos.
– Oración fiel y constante.
– Responder al mal pensamiento con la Sagrada Escritura.
– Equilibrio entre oración, trabajo y descanso.
– Perseverancia fiel.
– Dirección espiritual y buenas amistades.

*Conclusión*
La acedia no es una simple fatiga anímica, sino una tristeza que mata silenciosamente la vida del alma. Frente a ella, la Iglesia propone volver al bien divino, perseverar en la caridad y comenzar a vivir el Cielo en esta vida. Unidos a la Cruz y alimentados por la Eucaristía, la oración y la comunión con Cristo y el prójimo son nuestra fuerza para combatir al demonio de la acedia, porque la caridad no desaparece nunca (1 Cor 13,8).

*Bibliografía*
– Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-IIæ, qq. 23 y 35.
– San Gregorio Magno, doctrina sobre los vicios capitales.
– Evagrio Póntico, Tratado Práctico.
– Pío XII, Mystici Corporis Christi.
– Sagrada Escritura: Mt 6, 9-13; 1 Cor 13; Flp 3, 20; Ef 6, 11-12; 1 Jn 4, 20-21.