miércoles, 5 de agosto de 2026

EL CÁNTICO DEL HIJO NO NACIDO (La Sangre que clamó antes de conocer la luz)



Por Óscar Méndez Oceguera 


I — EL LATIDO QUE TODAVÍA NO TENÍA NOMBRE

Antes de que mis ojos
aprendieran el color de tu rostro,
antes de que mis manos
buscaran la forma de las tuyas,
antes de que mi voz
pronunciara una sola sílaba,
yo vivía.

No como promesa vacía.
No como posibilidad incierta.
No como sueño suspendido.

Vida verdadera.
Alma recibida.
Ser querido desde la eternidad.

“No era recuerdo.
No era proyecto.
Era alguien.”

No conocía el viento.
No conocía la lluvia.
No conocía el alba.

Pero ya conocía tu sangre.

Porque en ella
había comenzado mi historia.


II — EL SANTUARIO HERIDO

No existe templo más oculto
que aquel donde un hombre comienza.

No de piedra.
No de cedro.
No levantado por manos.

Carne que resguarda carne.
Vida que hospeda vida.

“Todo el universo
con sus montañas,
sus mares
y sus estrellas,
nunca fabricó un recinto
más digno que un vientre materno.”

Allí
la sangre debía alimentar.

El corazón debía custodiar.

El cuerpo debía proteger.

Pero el refugio
aprendió el lenguaje del rechazo.

“La casa
conoció el miedo del huésped.”

“El nido
olvidó para qué fueron hechas las alas.”

Y donde la naturaleza
había escrito hospitalidad,

el hombre escribió expulsión.


III — LA INVERSIÓN DEL ORDEN

El árbol
no devora su semilla.

La fuente
no bebe su propio cauce.

El río
no asciende hacia la montaña.

La tierra
no rechaza la lluvia.

Todo cuanto existe
custodia aquello
de donde nace la vida.

Sólo el hombre
aprendió a levantar la mano
contra su propio principio.

“Lo que debía alimentar,
hirió.”

“Lo que debía cubrir,
desnudó.”

“Lo que debía decir:
vive,
pronunció:
desaparece.”

No fue la naturaleza.

Fue su negación.

No fue el instinto.

Fue su corrupción.

No fue necesidad del ser.

Fue ruptura del amor.


IV — EL SILENCIO DE LOS QUE NO LLORARON

Cuando cae un soldado,
las campanas responden.

Cuando muere un rey,
la historia detiene la pluma.

Cuando desaparece una ciudad,
las generaciones conservan su memoria.

Pero cuando un hijo
es arrancado del lugar
donde comenzaba su existencia,

el mundo
aprendió a callar.

“No hubo duelo.”

“No hubo nombre.”

“No hubo sepultura.”

Sólo una ausencia
administrada como si fuera progreso.

Sólo una estadística
que sustituyó un rostro.

Sólo un lenguaje
capaz de esconder
lo que las manos hacían.

“La palabra
cubrió la sangre.”

“El argumento
ocultó el grito.”

“La técnica
silenció la conciencia.”

Y el silencio
terminó pareciendo paz.


V — LA MADRE QUE TAMBIÉN LLORA

Ningún corazón
fue creado
para olvidar a su hijo.

Puede convencerse.

Puede justificarse.

Puede endurecerse.

Pero no puede dejar
de haber sido madre.

“Hay lágrimas
que no encuentran los ojos.”

“Hay duelos
que se esconden
dentro del pecho
durante toda una vida.”

La memoria
permanece donde la razón
cree haber vencido.

Porque el amor
es más antiguo
que todas las ideologías.

Y la sangre
recuerda
lo que las palabras
quisieron borrar.


VI — EL PADRE AUSENTE

También hubo un hombre.

No siempre violento.

No siempre cruel.

Muchas veces
simplemente ausente.

El que debía permanecer,
huyó.

El que debía proteger,
calló.

El que debía responder,
entregó su autoridad
al miedo.

“Muchos hijos
murieron
porque primero
murió el padre.”

No el cuerpo.

La responsabilidad.

No la fuerza.

El coraje.

Y cuando el padre
abandona su lugar,

el mundo entero
queda un poco
más huérfano.


VII — EL CIELO QUE NO OLVIDA

Ningún nombre
se pierde delante de Dios.

Lo que el mundo
registró como procedimiento,

el cielo
lo llamó por su verdadero nombre.

Lo que los hombres
redujeron a decisión,

el Amor eterno
lo conoció
como una persona.

“Ninguna vida
desaparece en la nada.”

“Ninguna alma
es olvidada
por quien la llamó al ser.”

La tierra
puede negar una tumba.

La historia
puede negar una página.

Los hombres
pueden negar un rostro.

Pero Dios
no olvida
aquello
que amó desde siempre.


VIII — EL RECLAMO

¿Quién devolverá
el primer abrazo?

¿Quién enseñará
a aquellos labios
el nombre de su madre?

¿Quién pondrá
en aquellas manos
el pan que nunca tocaron?

¿Quién devolverá
los cumpleaños
que jamás amanecieron?

¿Quién responderá
al silencio
de millones
de hijos sin memoria?

“No preguntan con odio.”

“No acusan con venganza.”

Sólo esperan
que el hombre
recuerde
quién era
antes de aprender
a llamar derecho
a lo que destruye la justicia.


Porque ninguna civilización
permanece
cuando convierte
el santuario
en matadero.

Ninguna libertad
permanece
cuando rompe
la primera alianza
del amor.

Ningún progreso
merece ese nombre
si comienza
por borrar
al más pequeño.


“Toda madre
fue creada
para decir:
vive.”

“Todo padre
fue creado
para responder:
yo te guardaré.”

“Todo hijo
fue creado
para escuchar,
algún día,
la primera palabra
que ninguna ley
podrá sustituir:

Bienvenido.”


Y mientras exista
un solo niño
a quien se le niegue
la aurora,

la tierra
seguirá esperando
que el hombre
vuelva a aprender
el significado
de una palabra
más antigua
que todas las constituciones,
más alta
que todos los imperios,
más fuerte
que toda voluntad de poder:

Padre.

Y otra,
que sostiene
al mundo entero
desde el principio:

Madre.
 

martes, 4 de agosto de 2026

SAN JUAN BAUTISTA VIANNEY, "EL CURA DE ARS".



Nació cerca de Lyon el año 1786. Tuvo que superar muchas dificultades para llegar por fin a ordenarse sacerdote. Se le confió la parroquia de Ars, en la diócesis de Belley. Estaba dotado de unas cualidades extraordinarias como confesor, lo cual hacía que los fieles acudiesen a él de todas partes, para escuchar sus santos consejos. Murió el año 1859.

Su padre era el dueño de una finca  

Sería un error contemplar a la familia Vianney como ignorantes . Sin duda alguna ambos padres y los niños pasaban días arduos en los campos y viñedos, pero la conciencia de que por varios siglos esta tierra había pertenecido a los Vianneys , inspiraba a la familia con un legítimo orgullo y disfrutaban de la estima de todos aquellos que les conocían.

Desde muy niño sus padres lo llevaban a los campos, donde aprendió a ser pastor y, cuando era mayorcito se iba a cuidar los rebaños

Muchos dicen que era torpe, para no decir estúpido. Sin embargo no puede haber algo mas lejos de la realidad. Su juicio nunca estuvo errado, pero su memoria era pobre. El mismo decía : "Que no podía guardar nada en su mala cabeza".

Juan Bautista, a pesar de estar exento por ser seminarista, fue llamado para el ejército.   El joven Vianney fue mandado a los regimientos de España. Sus padres trataron de encontrar un substituto y por la suma de 3,000 francos un joven se voluntarizó para ir en su lugar pero se arrepintió al último minuto.

El invierno era recio y una fiebre altísima lo atacó lo que provocó que muy pronto no pudiese seguir avanzando. Entrando, en un cobertizo que le dio cobijo, se sentó sobre su bolsa y comenzó a rezar el Rosario. Dijo tiempo después que "Quizás nunca lo recé con tanta confianza". De pronto un extraño se le presentó frente a él y le preguntó: "¿qué estás haciendo aquí?". Juan Bautista le contó lo que le había pasado y desde ese momento el extraño cargó su pesada bolsa y le dijo que le siguiese. Llegaron a la casa de un labrador y allí estuvo por varios días hasta que se le pasó la fiebre. Mientras estaba en cama por primera vez pasó por su mente la realidad de que sin haber sido culpa suya, el era ahora un desertor.

En el 1810 un decreto imperial concedió amnistía a todos los desertores de los años 1806 a 1810. Juan Bautista estaba cubierto por este decreto así que era libre de regresar a casa y terminar sus estudios. 

Su inadecuado conocimiento del latín le hizo imposible captar lo que los profesores decían o responder a las preguntas que le eran hechas. Al final de su primer término le pidieron que se marchara, y su dolor y desaliento eran inmensos. Por algún tiempo pensó en irse a una de tantas congregaciones de hermanos religiosos; sin embargo una vez más el Padre Balley vino en su rescate y sus estudios le fueron dados en privado en Ecculy. Pero no pasó el examen previo a la ordenación. Un examen privado en la rectoría de Ecculy probó ser más satisfactorio y fue tomado como suficiente, siendo juzgadas justamente sus cualidades morales que sobrepasaban cualquier falta académica.

En los círculos clericales, Ars era mirado como un tipo de Siberia. El distrito era torpe, la desolación espiritual era aún mayor que la material. En los primeros días de Febrero de 1818, que el Abbe Vianney recibió la notificación oficial de su traslado a Ars. El Vicario General le dijo: "No hay mucho amor en esa parroquia, tu le infundirás un poco". El 9 de febrero, M. Vianney se dirigió hacia el lugar que sería por los siguientes 41 años el lugar de su sorprendente y sin precedente actividad. Caminó 38 Km. desde Ecculy hasta Ars. Le seguían en un carretón una cama de madera, un poco de ropa y los libros que le dejó el Padre Balley. Cuando pudo divisar la pequeña villa, hizo un comentario de su pequeñez y al mismo tiempo hizo una profecía: "La parroquia no será capaz de contener a las multitudes que vendrán hacia aquí".

Sobre todo el oraba y añadía a la oración las más austeras penitencias. Hizo sus propios instrumentos de penitencia. Su cama era el piso ya que la cama que trajo de Ecculy la regaló.

Pasaría sin comer varios días. Hasta el 1827 no había nadie que hiciese las labores domésticas en la rectoría. Su plato principal eran papas y en ocasiones hervía un huevo. Hubo una ocasión en la que trató de vivir de hierba, pero luego confesó que tal dieta era imposible.

El Santo Cura gozaba de la belleza de las praderas y los árboles, pero amaba mucho más la belleza de la Casa de Dios y las solemnidades de la Iglesia. Empezó por comprar un altar nuevo, con sus propios ahorros, y el mismo pintó el trabajo de madera con el que las paredes estaban adornadas.

Se hizo el propósito de restaurar y dar mayor esplendor a lo que el llamaba: "Los muebles de la Casa de Dios". Para el Señor compró lo mejor en encajes , telas, tejidos para hacer las vestimentas sacerdotales, que aun se pueden admirar en Ars.

 sus sermones e instrucciones le costaban un dolor enorme: su memoria no le permitía retener, así que pasaba noches enteras en la pequeña sacristía, en la composición y memorización de sus sermones de Domingo; en muchas ocasiones trabajaba 7 horas corridas en sus sermones.

Un parroquiano le preguntó una vez, porqué cuando predicaba hablaba tan alto y cuando oraba tan bajo, y él le dijo: "Ah, cuando predico le hablo a personas que están aparentemente sordas o dormidas, pero en oración le hablo a Dios que no es sordo" .

Los niños le daban aún más lástima que los adultos y comenzó a agruparlos en la rectoría y luego en la iglesia, tan temprano como las 6 de la mañana, porque en el campo el trabajo se inicia al amanecer. Era bien disciplinado y les demandaba que se supiesen el catecismo palabra por palabra.

En esos días la profanación del Domingo era común y los hombres pasaban la mañana trabajando en el campo y las tardes y noches en los bailes o en las tabernas. San Juan luchó en contra de estos males con gran vehemencia.

"La taberna, declaró el santo en uno de sus sermones, es la tienda del demonio, el mercado donde las almas se pierden, donde se rompe la armonía familiar, donde comienzan las peleas y los asesinatos se cometen. En cuanto a los dueños de las tabernas, el demonio no les molesta tanto, sino que los desprecia y les escupe".

Tan grande fue la influencia del Cura de Ars, que llegó una época donde toda taberna de Ars tuvo que cerrar sus puertas por la falta de personas. En tiempos subsecuentes, modestos hoteles se abrieron para acomodar a los extraños, y a estos el Santo Cura no se opuso.

Quería tener buenas escuelas en el pueblo y para comenzar abrió una escuela gratis para niñas a la que llamó "Providencia". Desde 1827 recibió como internas solo a niñas destituidas. Para ellas tenía que encontrar comida y más de una vez intervino el Señor milagrosamente, multiplicando el grano o la harina. Durante 20 años iba todos los días a cenar a esta casa.

Cuando el Papa Pío IX definió el Dogma de la Inmaculada Concepción, nuestro santo pidió a los habitantes del pueblo que iluminasen sus casas de noche, y las campanas de la iglesia resonaron por horas de horas. Al ver esta luminosidad desde los pueblos cercanos, pensaron que el pueblo estaba en llamas, y acudieron a apagar el supuesto fuego. Hasta el día de hoy existe un sombrero de plata cerca de la estatua de la Virgen donde están escritos los nombres de todos los parroquianos de Ars.

Por un periodo de 35 años el santo Cura de Ars fue asaltado y molestado, de una manera física y tangible, por el demonio.

Los ataques del demonio comenzaron en el invierno de 1824. Ruidos horribles y gritos estrepitosos se oían fuera de la puerta del presbíterio, viniendo aparentemente del pequeño jardín de enfrente. Al principio el Padre Vianney pensó que eran salteadores que venían a robar, y a la siguiente noche le pidió a un señor que se quedase con él. Después de medianoche se comenzó a escuchar grandes ruidos y golpes contra la puerta de enfrente, parecía como si varios carros pesados estaban siendo llevados por los cuartos. El señor André buscó su pistola, miró por la ventana, pero no vio nada, solo la luz de la luna. Decía: "por 15 minutos la casa retembló y mis piernas también", nunca más quiso quedarse en la casa.

Esto ocurría casi todas las noches. Aún ocurría cuando el santo cura no estaba en el pueblo. Una mañana el demonio incendió su cama. El santo se disponía a revestirse para la Santa Misa cuando se oyó el grito de "fuego, fuego". El solo le dio las llaves del cuarto a aquellos que iban a apagar el fuego. Sabía que el demonio quería parar la Santa Misa y no se lo permitió.

Lo único que dijo fue "El villano, al no poder atrapar al pájaro le prende fuego a su jaula". Hasta el día de hoy los peregrinos pueden ver, sobre la cabecera de la cama, un cuadro con su cristal con las marcas de las llamas de fuego.

El propósito de todo esto era el de no dejar dormir al Santo Cura para que se cansara y no pudiese estar horas en el confesionario, donde le arrancaba muchas almas de sus garras. Pero para el 1845 estos ataques cesaron casi por completo. La constancia de nuestro santo ante estas pruebas fue recompensada por el Señor con un poder extraordinario que le concedió de expulsar demonios de las personas poseídas.

El santo sacerdote se puede decir que pasó su vida en una continua batalla con el pecado a través de su trabajo en el confesionario. El gran milagro de Ars era el confesionario.

Miles de personas acudían al pueblo de Ars para ver al Santo Cura, pero especialmente para confesarse con él.

 Se puede decir que el confesionario era su morada habitual, pasaba de 11 a 12 horas en el confesionario.

El cúlmen de los peregrinajes se alcanzó en 1845, llegaban de 300 a 400 visitantes todos los días. En el último año de la vida del Santo Cura el número de peregrinos alcanzó el asombroso número de 100 a 120 mil personas.

Una tentación le persiguió casi por toda su vida en Ars, y esta era el deseo de la soledad. Con toda sinceridad, M. Vianney se sentía incapaz para su oficio en Ars. El año anterior a su muerte le dijo a un misionero: "Tú no sabes lo que es pasar del cura de almas al tribunal de Dios". En el 1851 le rogó a su obispo que lo dejase renunciar. En tres ocasiones llegó hasta irse del pueblo, pero siempre regresó.

El mes de Julio de 1859 fue extremadamente caluroso, los peregrinos se desmayaban en grandes cantidades, pero el santo permanecía en el confesionario. El viernes 29 de Julio, fue el último en el que apareció en la iglesia. Esa mañana entró en el confesionario como a la 1:00 a.m. Pero después de haberse desmayado en varias ocasiones, le pidieron que descansara. A la 11:00 dio catecismo por última vez.

Una hora después de medianoche, aproximadamente, pidió ayuda: "Es mi pobre fin, llamen a mi confesor". La enfermedad progresó rápidamente. En la tarde del 2 de Agosto recibió los últimos sacramentos: "Qué bueno es Dios; cuando ya nosotros no podemos ir más hacia El, El viene a nosotros" .

Veinte sacerdotes con velas encendidas escoltaron al Santísimo Sacramento, pero el calor era tan sofocante que tuvieron que apagarlas. Con lágrimas en los ojos dijo: "Oh, que triste es recibir la Comunión por última vez".

En la noche del 3 de Agosto llegó su obispo. El santo lo reconoció pero no pudo decir palabra alguna. Hacia la medianoche el fin era inminente. A las 2:00 a.m. del Sábado 4 de Agosto de 1859, cuando una tormenta azotaba el pueblo de Ars, el Obispo M.Monnin leía estas palabras: "Que los santos ángeles de Dios vengan a su encuentro y lo conduzcan a la Jerusalén celestial", el Cura de Ars encomendó su alma a Dios.

Su cuerpo permanece incorrupto en la iglesia de Ars

El 8 de Enero de 1905, el Papa Pío X, Beatificó al Cura de Ars; y en la fiesta de Pentecostés Mayo 31 de 1925, en presencia de una gran multitud, el Papa Pío XI pronunció la solemne sentencia: "Nosotros declaramos a Juan María Bautista Vianney que sea santo y sea inscrito en el catálogo de los santos".


El santo cura de Ars (doblada al español)
sobre la extraordinaria vida, el ministerio sacerdotal y la espiritualidad de San Juan Vianney, también conocido como el Cura de Ars. Filmada en Ars, Francia.

lunes, 3 de agosto de 2026

NUESTRA SEÑORA DEL SÓTANO



Por Óscar Méndez Casanueva 

"En verdad, os digo, si no volviereis a ser como los niños, no entraréis en el reino de la cielos. Quien se hiciera pequeño como este niñito, ése es el mayor en el reino de los cielos" Mt. XVIII, 3-4.

Hay imágenes que desaparecen de los altares, pero nunca del corazón. Las elimina el modernismo iconoclasta que despoja al pueblo fiel y a los templos de sus imágenes para parecerlos y asemejarlos más a los templos luteranos y privar de sacralidad a la Casa de Dios para transformarla casi en un desnudo salón protestante. Sin que nadie lo advierta, terminan esas imágenes relegadas a un rincón, cubiertas de polvo, entre bancas rotas, candelabros viejos y cajas olvidadas. Es el intento iconoclasta de cambiar la fe y la devoción de un pueblo para transformar su rostro y su memoria mediante el desprendimiento de aquello que durante años alimentó su fe.

Sin embargo, las imágenes sagradas poseen una misteriosa capacidad para esperar. No esperan aplausos ni homenajes; esperan el regreso de quien un día aprendió a rezar delante de ellas.

Pienso en aquella antigua Virgen que de niño contemplaba cada domingo. Frente a ella aprendí el Avemaría, le confié mis primeros temores y le di gracias por las primeras alegrías. Pasaron los años. Llegaron las prisas de la vida, los cambios, las mudanzas y las inevitables ausencias. Cuando, ya adulto, volví a la iglesia de mi infancia, la imagen había desaparecido del altar. Al preguntar por ella, alguien respondió con indiferencia: «Está abajo, en el sótano».

Descender aquellas escaleras era casi una parábola. Allí, entre objetos que parecían haber perdido toda utilidad, encontré a la dulcísima Virgen de mi niñez. El polvo cubría su manto; la pintura estaba desgastada; le faltaba alguna estrella. Pero el rostro permanecía igual: sereno, materno, acogedor. No había en él el menor reproche por tantos años de abandono. Parecía decir lo mismo que había dicho siempre: «Aquí estoy yo que soy tu madre».

Caí de rodillas ante Ella con mis ojos nublados por el llanto, volví a revivir mis sentimientos de la infancia: Aquella fe tan firme, aquella confianza infinita en la Madre, aquella inmensa ternura que me despertaba. Y recordé que debería volver a ser como niño para poder un día entrar al Reino.

Esa embestida iconoclasta de la herajía modernista no habla solamente de una imagen religiosa. Habla también de nosotros. Con frecuencia relegamos a un sótano interior aquello que un día dio sentido a nuestra existencia: la oración sencilla de la infancia, la confianza en Dios, la paz de una iglesia silenciosa, la devoción aprendida de nuestros padres o de nuestros abuelos. No lo destruimos; simplemente lo vamos arrumbando entre las preocupaciones, los éxitos y las decepciones.

Pero la Virgen tiene una paciencia que sólo puede tener una madre. No abandona al hijo que se aleja. Espera. Y cuando ese hijo, muchos años después, decide buscarla, descubre que Ella no ha cambiado. Quizá el mundo entero haya cambiado; quizá el modernismo haya contaminado la fe de muchos sin que ellos lo advirtieran; quizá el corazón esté más cansado; quizá la vida haya dejado cicatrices. Ella permanece con la misma sonrisa, con la misma mirada y con la misma disposición para recibir a quien vuelve, recordándonos que el depósito de la fe es inmutable y no cambia ni se transforma según los tiempos y los gustos. La fe es la misma, como Ella permanece siendo la misma 

Hay iglesias que conservan grandes tesoros artísticos. A veces se encuentran ocultos en un rincón o en un sótano, donde una antigua imagen sigue recordándonos que el amor verdadero no depende de los reflectores. La Virgen siempre seguirá siendo nuestra Madre. Siempre igual. Siempre la misma.

Quizá todos deberíamos bajar alguna vez al «sótano» de nuestra memoria. Allí, entre los recuerdos que creíamos olvidados, todavía nos espera aquella primera mirada de María. Y acaso descubramos, con emoción, que nunca fue Ella quien nos perdió de vista; fuimos nosotros quienes dejamos de buscarla.

Señora, triunfadora sobre las herejías, vence la herejía modernista y ruega por nosotros para que recobremos plenamente esa fe vívida, ese amor y esa confianza que en ti teníamos en nuestra infancia. Que nuestra fe católica se mantenga incólume pese a los intentos del mundo por socavarla, para así mantenernos fieles a Cristo hasta el final de esta vida.

viernes, 31 de julio de 2026

¿CRISTO DE DÓNDE ES REY?


«Mi Reino no es de este mundo».

Jesucristo dijo a Pilato que su reino no era de este mundo: «Regnum meum non est de hoc mundo» (Jn. XVIII, 36). Un liberal lee las palabras como si hubiese dicho que el reino de Cristo es exclusivamente sobrenatural, celestial, nunca con dimensiones naturales y/o terrenales. Es tan reiterado el argumento cuanto viejo. El drama está en que los católicos lo repiten como propio.

Lo que Cristo dijo no es que Su reino no esté «aquí»; en varios pasajes de los Evangelios se dice que Él anunciaba que el Reino de Dios había llegado, que estaba entre nosotros. «Mundo» no designa un lugar opuesto a «cielo» sino el origen y la raíz de su poderío regio. Sus palabras significan que su Reino no tiene su origen en el mundo; que su principio no es mundano ni se funda en las potestades terrenas, que no está rodeado de los honores del siglo; sino que es divino y, por serlo, se ejerce sobre todo lo creado, incluso sobre el mundo y sobre la vida humana en su plenitud.

Cristo –se decía en tiempos de la Cristiandad—afirmó que su reino no era de este mundo para refutar a Pilato que lo creía un puro hombre. Por eso sus palabras dicen que Él no es rey por mano humana y, sin embargo, Él es el rex mundo. Tal es la enseñanza de Conrado de Megenberg. Este contrargumento es clásico: que no sea de este mundo significa que no se constituye de manera humana, porque in hoc mundo (añade Agustín Trionfo) contamos con el vicio del pecado.

Tampoco dijo Nuestro Señor que, por ser celestial, su Reino no se despliega en la tierra, en el mundo. Cristo no está consagrando la «autonomía de lo temporal», como suele decirse, pues de inmediato replica a Pilato que no tendría ese poder sobre Él si no se le hubiese dado de lo Alto. Malamente podemos decir que Cristo separó lo sobrenatural de lo natural y abandonó el mundo humano a su propia suerte. En verdad, Cristo Rey es monarca terrenal en vista de la patria celestial: «El reino donde Cristo reinará eternamente con los suyos –afirma Calderón Bouchet—no es de este mundo, pero en él se incorpora. Una de las condiciones esenciales para la existencia de la ciudad cristiana es que Cristo impere y reine en ella como ‘sacerdos et rex’».

Juan Fernando Segovia, El dogma de la Realeza de Cristo. Quas primas, de Pío XI.

jueves, 30 de julio de 2026

LOS PAPAS SON CUSTODIOS DE LA REVELACIÓN DIVINA TRANSMITIDA POR LOS APÓSTOLES

 

SAN ROBERTO BELLARMINIO, DOCTOR DE LA IGLESIA:

«El poder de las llaves de Pedro no se extiende hasta el punto que el Sumo Pontífice puede declarar que "no es pecado" aquello que es pecado, o declarar "pecado" aquello que no es pecado. De hecho, llamar mal al bien, y bien al mal, es algo que siempre ha estado y estará muy fuera del alcance del que sea la cabeza de la Iglesia, columna y fundamento de la verdad» San Roberto Bellarmino, lib. 2 De Pontif., cap. 29, página 214.

CONCILIO VATICANO I:

D-1836 "... Pues no fue prometido a los sucesores de Pedro el Espíritu Santo para que por revelación suya manifestaran una nueva doctrina, sino para que, con su asistencia, santamente custodiaran y fielmente expusieran la revelación trasmitida por los Apóstoles, es decir el depósito de la fe." Concilio Vaticano I. El Magisterio de la Iglesia. Enrique Denzinger.Biblioteca Herder.1963. D-1836.

miércoles, 29 de julio de 2026

OBRAS Y NO PALABRAS.


   Por sus frutos los conoceréis. Esta es la piedra de toque de la verdadera piedad y el verdadero amor a Dios. Obras, obras, y no palabras. Hablamos mucho de nuestra fe, de nuestra sumisión a la Iglesia, del rigorismo con que cumplimos sus preceptos, del fuego sagrado en que arde nuestro corazón, y si atendemos a nuestras obras y a los frutos de esa fe y ese amor a Dios de que blasonamos, no hallamos sino miseria y esterilidad. 

   Vivimos, pues, en torpe y desconsolador engaño. Una fe sin obras es una fe muerta. No bastan los labios para confesar la fe, es preciso corazón para quererla y voluntad para practicarla. Devoción que no se traduce en obras de amor a Dios y de socorro y sacrificio por el prójimo, es devoción falsa, o por la menos inútil. Jesucristo lo dice bien expresa y terminantemente: «No todos los que me dicen Señor, Señor, entrarán en el reino de los cielos.» 

   ¿Quiénes entrarán en las mansiones celestiales? El mismo Jesús da la respuesta: «Los que hagan la voluntad de Dios.» Y no olvidemos que la voluntad significada del Señor son los mandamientos de Dios y su Iglesia y las obras de misericordia. Además, cumpliremos con la voluntad de beneplácito de Dios, mirando, recibiendo y amando todo cuanto nos suceda aquí abajo, provenga de los hombres o del orden de la naturaleza, como dimanado de los designios inefables, pero siempre paternales de la Providencia divina.

EL APOSTOLADO DE LA PRENSA. 

Año 1897.


martes, 28 de julio de 2026

SI SOIS PERSEGUIDOS O CALUMNIADOS


“Tened la seguridad de que, si sufrís con paciencia las persecuciones, Dios saldrá a vuestra defensa, y si permitiera que en este mundo quedarais difamados, será con el fin de poder recompensar en la otra vida vuestra paciencia con honra incomparablemente mayor”.

San Alfonso María de Ligorio, “El que quiera venir conmigo”, Ed. Apostolado Mariano.