jueves, 25 de junio de 2026

CONFORMIDAD CON LA VOLUNTAD DE DIOS Por San Alfonso María de Ligorio



Debemos conformamos con la voluntad de Dios en la adversidad como en la prosperidad.

   La perfección de esta virtud exige que nuestra voluntad esté unida a la de Dios en todos los sucesos de nuestra vida, ya sean prósperos, ya adversos. Cuando se trata de sucesos prósperos, hasta los pecadores saben aceptar gustosos las disposiciones de Dios; pero los Santos saben identificarse con su voluntad santísima aun en las cosas adversas y contrarias a su amor propio; en éstas es donde se aquilata nuestra virtud y se aprecia el valor de nuestra perfección. Decía el B Padre Juan de Ávila “que vale más en la adversidad un gracias a Dios, un bendito sea Dios, que seis mil gracias de bendiciones en la prosperidad”.

   Además, no sólo debemos recibir con resignación los trabajos que directamente nos vienen de la mano de Dios, como las enfermedades, las desolaciones de espíritu, la pobreza, la muerte de los parientes, sino también las que nos vienen por medio de los hombres, como son los desprecios, las calumnias, las injusticias, los hurtos y toda suerte de persecuciones. No debemos perder de vista que cuando alguno nos ofende en la fama, en la honra o en la hacienda, si bien Dios no aprueba el pecado del ofensor, quiere, esto no obstante, nuestra humillación, nuestra mortificación y pobreza. Es cierto, y de fe, que nada sucede en el mundo sino por voluntad y permisión de Dios. Yo soy el Señor, dice por Isaías, que formó la luz y creó las tinieblas; yo soy el que hago la paz y envío los castigos (Is., XLV, 6). De la mano de Dios nos vienen todos los bienes y todos los males, es decir, las cosas que nos molestan y que falsamente llamamos males: porque en realidad son bienes, cuando las aceptamos como venidas de parte del Señor. ¿Descargará alguna calamidad sobre la ciudad, pregunta el profeta Amós, que no sea por disposición del Señor? (III, 6). De Dios vienen los bienes y los males, había ya dicho el Sabio, la vida y la muerte, la pobreza y la riqueza (Eccli., XI, 14).

   Verdad es, como acabamos de decir, que cuando un hombre te ofende injustamente, Dios no quiere el pecado que el otro comete, ni aprueba la malicia de su voluntad, aunque el Señor presta su general concurso a la acción material del que te injuria, te roba o te hiere; por tanto, el trabajo que padeces ciertamente lo quiere Dios y por su mano te lo envía. Por eso dijo el Señor a David que Él era el autor de las injurias que debía causarle Absalón, hasta el punto de quitarles en su presencia a sus mujeres, en castigo de sus pecados. Yo, le dijo el Señor, haré salir de tu propia casa los desastres contra ti, y te quitaré tus mujeres delante de tus ojos, y dárselas a otro (II Reg., XII, 1). También predice a los hebreos que, en justo castigo de sus iniquidades, lanzará contra ellos a los asirios, para que los despojen y arruinen. ¡Ay de Asur! , dice el Señor por Isaías, vara y bastón de mi furor, enviarle he contra un pueblo fementido, y daréle mis órdenes para que se lleve sus despojos, y le entregue al saqueo y le reduzca a ser pisado como el polvo de las plazas (Is., X, 5). La impiedad de los asirios era como un hacha en manos de Dios para castigar a los israelitas. Y el mismo Jesucristo dijo a San Pedro que su Pasión y Muerte no tanto le venía de la malicia de los hombres, como de la voluntad de su Padre, El cáliz que me ha dado mi Padre, le dijo, ¿he de dejar yo de beberlo? (Jo., XVIII, 11).

   Cuando el mensajero (algunos quieren que sea un demonio) fue a anunciar al santo Job que los sabeos le habían robado toda su hacienda y que habían sido muertos todos sus hijos, ¿qué respondió? Estas muy expresivas palabras: El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó (Job., I, 21). No dijo, el Señor me ha dado los bienes y los hijos, y los sabeos me los quitaron; sino que, con mejor acuerdo, dijo: “El Señor me los dio, el Señor me los quitó”; porque sabía muy bien que la pérdida sufrida era conforme a su soberana voluntad, y por eso añadió: Se ha hecho lo que es de su agrado; bendito sea el nombre del Señor.

   Por consiguiente, los trabajos que pesan sobre nosotros debemos mirarlos, no como cosas que suceden al acaso y por la sola malicia de los hombres, sino que debemos estar persuadidos de que cuanto sucede es por voluntad de Dios. “Todo cuanto nos acaece contra nuestra voluntad, dice San Agustín, hemos de convencernos que todo sucede por voluntad de Dios”. Cuando Atón y Epicteto, preclaros mártires de Jesucristo, eran torturados por el tirano con uñas de hierro, que araban sus carnes, y teas encendidas que abrasaban su cuerpo, no decían más que estas palabras: “Cúmplase, Señor, en nosotros tu santísima voluntad”. Y cuando llegaron al lugar del último suplicio, alzando la voz, añadieron: “Bendito seas, Dios eterno, porque nos ha dado la gracia de que se cumpla por entero en nosotros tu voluntad”.

   Refiere Cesáreo que en cierto monasterio había un monje que, no obstante llevar vida ordinaria y no más austera que los demás, había alcanzado tal grado de santidad, que con sólo tocar sus vestiduras sanaban los enfermos. Maravillado el Superior de lo que veía, llamólo un día aparte, y le preguntó por la causa de hacer Dios por él tantos milagros, siendo así que no llevaba vida más santa y ejemplar que los otros. “Tampoco dejo yo de maravillarme, respondió el monje, de lo que hago”. —Pero, ¿cuáles son tus devociones y penitencias, tornó a preguntar el Abad? A lo que el buen religioso contestó, que bien poco o nada era lo que hacía; pero tenía particular empeño en conformarse en todo con la voluntad de Dios, y que el Señor le había otorgado la singular merced de abandonarse en manos del querer de Dios. Ni las cosas prósperas me levantan ni las adversas me abaten, porque yo las recibo todas como venidas de las manos de Dios, y a este fin enderezo mis oraciones, esto es, para que se cumpla en mí toda su perfección santísima. —Pero, ¿no te turbaste e inquietaste el otro día, prosiguió preguntando el Superior, cuando aquel caballero, nuestro contrario, nos arrebató los medios de subsistencia pegando fuego a nuestra granja donde teníamos nuestro trigo y nuestra hacienda? —No, Padre mío, replicó el monje, antes di gracias al Señor, como acostumbro hacerlo en semejantes casos, sabiendo como sé que todo lo hace o permite para su mayor gloria y para nuestro mayor provecho, y de esta suerte vivo siempre contento en todos los sucesos de la vida. Después de oír estas palabras, ya no se maravilló el Abad que obrase tan grandes milagros aquella alma que tan identificada estaba con la voluntad de Dios.

miércoles, 24 de junio de 2026

MEMORARE Fray Luis de Granada, O.P. (1504-1588)




No me desampare tu amparo,
no me falte tu piedad,
no me olvide tu memoria.

Si tú, Señora, me dejas, ¿quién me sostendrá?
Si tú me olvidas, ¿quién se acordará de mí?
Si tú, que eres Estrella de la mar
y guía de los errados, no me alumbras, ¿dónde iré a parar?

No me dejes tentar del enemigo,
y si me tentare, no me dejes caer,
y si cayere, ayúdame a levantar.

¿Quién te llamó, Señora, que no le oyeses?
¿Quién te pidió, que no le otorgases?

sábado, 20 de junio de 2026

¿VOX DEI?


"Cuando nos digan que 'vox populi vox Dei' y que la mayoría siempre tiene la razón, recordemos aquella mayoría fraudulenta que gritó: «Crucifícalo». Los demagogos cuando quieren algo, dicen que «el pueblo lo quiere». Casi siempre es mentira. Pero aún cuando fuere verdad, con eso no está todo dicho todavía. El pueblo puede querer cosas malas y cosas buenas: según cómo se lo oriente."

-Leonardo Castellani, El evangelio de Jesucristo, Domingo de pasión.


jueves, 18 de junio de 2026

CIVITAS DEI CONTRA CIVITATEM ARTIFICIALEM -La sustitución de la creación por la fabricación-


 CIVITAS DEI CONTRA CIVITATEM ARTIFICIALEM

-La sustitución de la creación por la fabricación-

            Por Oscar Méndez Oceguera

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Las civilizaciones no suelen morir cuando caen sus murallas. Para entonces la tragedia ya ha ocurrido. La verdadera muerte acontece antes, en una región más profunda y menos visible, allí donde una comunidad decide, consciente o inconscientemente, qué es lo real y cuál es el lugar que el hombre ocupa dentro de ello. Mucho antes de que se alteren las leyes, se transformen las instituciones o se desplomen los imperios, algo comienza a oscurecerse en la mirada misma con que los hombres contemplan el mundo. El vocabulario permanece. Los monumentos permanecen. Incluso las costumbres pueden sobrevivir durante algún tiempo. Pero el universo interior que daba sentido a todas esas cosas ha comenzado a desaparecer, silencioso como la retirada de una marea.

Toda gran crisis histórica es, en último término, una crisis de contemplación.

Los hombres dejan de ver aquello que durante siglos tuvieron ante sus ojos. No porque la realidad haya cambiado, sino porque han cambiado ellos. El orden que antes aparecía como evidente se vuelve opaco; lo que había sido recibido como verdad termina siendo percibido como una limitación; lo que había sido fundamento se transforma en obstáculo. Y cuando esta inversión alcanza cierta profundidad, comienza una larga marcha cuyo desenlace suele resultar invisible para quienes la inician, como es invisible para el río el mar hacia el que lentamente desciende.

Tal vez la historia de Occidente durante los últimos siglos pueda resumirse precisamente así: como el tránsito de una civilización que habitaba una creación hacia una civilización que habita un proyecto. La diferencia parece mínima. Contiene un mundo entero.

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Habitar una creación significa reconocer que la realidad posee una estructura anterior a nuestra voluntad; que las cosas son algo antes de convertirse en objeto de nuestros deseos; que la inteligencia existe para conocer y no para fabricar la verdad. Significa descubrir que la libertad existe para adherirse al bien y no para producirlo arbitrariamente, que la naturaleza posee una inteligibilidad propia, y que el hombre alcanza su dignidad más alta precisamente cuando aprende a participar conscientemente de un orden que no comenzó con él.

Durante siglos esta convicción constituyó el fundamento invisible de la civilización cristiana. No era una teoría. Era una atmósfera: se encontraba en las catedrales y en las universidades, en la filosofía y en el derecho, en la liturgia y en la organización de la ciudad. Incluso quienes no habrían sabido expresarla conceptualmente vivían dentro de ella como se vive dentro de la luz.

El universo aparecía como un cosmos: no una acumulación de cosas, sino una totalidad inteligible; no materia disponible, sino una obra; no un problema técnico, sino una realidad cargada de significado. Por eso el hombre medieval podía construir, comerciar, gobernar y transformar el mundo sin perder jamás la conciencia de que habitaba una creación. La acción no se oponía a la contemplación porque nacía de ella. La técnica no aspiraba a sustituir la naturaleza porque reconocía depender de ella. La política no pretendía crear la justicia porque sabía que debía descubrirla.

Toda esta arquitectura espiritual comenzó a fracturarse cuando Europa inició una rebelión silenciosa contra lo dado. No fue una rebelión política, ni económica, ni siquiera inicialmente religiosa. Fue una rebelión metafísica: la más difícil de nombrar, y precisamente por eso la más difícil de detener.

La naturaleza dejó lentamente de ser contemplada como una medida y comenzó a ser percibida como una resistencia. El orden dejó de ser recibido para convertirse en objeto de reconstrucción. La inteligencia abandonó progresivamente la actitud contemplativa y se orientó hacia la producción. El saber dejó de justificarse por la verdad y comenzó a justificarse por el poder. Y el laboratorio empezó a reemplazar al cosmos.

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Allí donde el cosmos desaparece, inevitablemente aparece otra figura humana.

Hay un momento preciso, aunque nadie lo vivió como tal, en que el mercader dejó de ser un hombre que comerciaba y se convirtió en la figura central de la ciudad. No porque cambiara él, sino porque cambió lo que la ciudad admiraba. La escuela, que había enseñado a leer para rezar y a contar para gobernar, comenzó a enseñar para producir. El padre de familia dejó de preguntarse si sus hijos serían buenos y comenzó a preguntarse si serían competitivos. Y el político, que en otra época habría invocado la justicia aunque mintiera al invocarla, aprendió a hablar el único idioma que sus electores todavía entendían: el de la eficiencia. Nadie decretó este cambio. Nadie lo firmó. Sencillamente llegó un día en que las palabras antiguas ya no convocaban nada, como campanas cuyo sonido se propaga pero no encuentra ningún oído dispuesto a reconocerlo.

La civilización entera empezó a girar alrededor de una nueva antropología. Y toda antropología termina produciendo una teología, aunque ya no se atreva a llamarla por su nombre.

La modernidad creyó haber expulsado a Dios. En realidad desplazó el altar.

Los hombres dejaron de mirar hacia el cielo, pero no dejaron de esperar una redención. Continuaron aguardando una liberación definitiva, una reconciliación final, una plenitud futura capaz de justificar los sacrificios del presente. Sólo cambió el objeto de la esperanza: lo que antes se esperaba de la gracia comenzó a esperarse del progreso; lo que antes pertenecía a la Providencia fue transferido a la historia; lo que antes era salvación se convirtió en innovación. Las antiguas escatologías no desaparecieron. Se secularizaron. Y como toda religión necesita templos, la nueva fe también los edificó.

La escuela fue uno de ellos, pero ya no la escuela que introduce al alma en una verdad anterior a ella misma. El Estado fue otro, pero ya no el Estado orientado a la justicia: la prudencia cedió espacio a la gestión, la autoridad a la administración, el gobernante al experto. Y el mercado extendió su lógica sobre regiones de la existencia que durante siglos habían permanecido relativamente protegidas de ella, hasta que llegó un día en que resultó difícil nombrar algo que no tuviera precio, y más difícil aún explicar por qué eso debería inquietarnos.

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Sin embargo, la lógica de la artificialidad no podía detenerse allí.

Una civilización que ha convertido la producción en principio organizador termina inevitablemente dirigiendo su atención hacia la única realidad que todavía conserva una resistencia significativa: el propio hombre. El cuerpo se convierte entonces en frontera. Y toda frontera constituye una provocación para una época fascinada por la expansión indefinida de la voluntad.

La naturaleza humana comienza a ser contemplada bajo la misma mirada que anteriormente había sido dirigida hacia la materia. Ya no aparece como una realidad que debe comprenderse, sino como un proyecto susceptible de rediseño. Lo dado pierde prestigio. Lo construido adquiere legitimidad. La libertad deja de ser conformidad con la verdad del ser para convertirse en poder de redefinir las condiciones mismas de la existencia. Y la Ciudad Artificial alcanza aquí una coherencia que es, a la vez, rigurosa como construcción intelectual e inhabitable como programa: porque una vez que la creación ha sido sustituida por la fabricación, ninguna realidad parece conservar un derecho propio a existir independientemente de la voluntad que desea transformarla.

Es en este contexto donde emerge la inteligencia artificial. Y tal vez por eso se ha comprendido tan poco su verdadero significado, porque se la ha leído como una revolución tecnológica cuando es, ante todo, una revelación antropológica. Hay algo en la imagen del ingeniero que mira la pantalla y ve un interlocutor, no una herramienta, que dice más sobre nuestra época que mil análisis del mercado digital: ese hombre no está asombrado por la máquina. Está reconociéndose en ella. Las máquinas no nos muestran lo que son ellas. Nos muestran lo que creemos ser nosotros.

Porque cada civilización fabrica artefactos a su propia imagen. La Cristiandad levantó catedrales porque contemplaba el universo como una creación ordenada hacia un fin. La revolución industrial construyó motores porque contemplaba el mundo como energía transformable. La Ciudad Artificial construye inteligencias artificiales porque ha terminado interpretando al hombre como una estructura compleja de procesamiento. La pregunta decisiva deja entonces de ser técnica y se vuelve metafísica: no consiste en determinar qué podrán hacer las máquinas, sino en decidir qué estamos dispuestos a creer acerca del hombre.

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Y precisamente allí comienza a manifestarse la gran paradoja de nuestra época.

Nunca una civilización dispuso de tantos medios para transformar el mundo, y nunca pareció tan incierta acerca de los fines que justifican esa transformación. Nunca acumuló tanto poder, y nunca experimentó una desorientación comparable respecto de sí misma. La crisis demográfica, la soledad creciente, la pérdida de sentido, la fragmentación cultural y la incertidumbre antropológica que caracterizan a las sociedades contemporáneas no son accidentes históricos independientes. Constituyen síntomas: señalan el momento en que una civilización descubre que puede reorganizar innumerables aspectos de la realidad sin lograr responder a la pregunta acerca de por qué debería hacerlo.

Y es entonces cuando la realidad regresa.

No dramáticamente. No con la elocuencia de las ruinas ni con el estruendo de los imperios que caen. Regresa en el hijo que a los treinta años busca un rito que nadie le enseñó. En la ciudad que construyó un centro comercial donde había una iglesia y descubrió que el vacío no desapareció sino que cambió de dirección. En el científico que llega al límite de su disciplina y encuentra, donde esperaba una respuesta técnica, una pregunta que su método no puede formular. Todo aquello que había sido declarado superado vuelve a presentarse, no con la fragilidad de lo antiguo sino con la solidez de lo que nunca dejó de ser verdad. Porque la realidad puede ser ignorada, nunca abolida. Puede ser combatida, nunca reemplazada. Puede ser deformada en la percepción humana, pero no destruida en sí misma.

La Ciudad Artificial descubre así el límite que ninguna técnica puede superar: puede producir medios, no puede producir fines; puede organizar sistemas, no puede crear significado; puede administrar información, no puede generar verdad. Y en ese silencio —en ese preciso silencio donde la técnica agota su vocabulario— reaparece la cuestión del fundamento. La cuestión de Dios. No como un añadido exterior a la realidad, sino como la condición misma de su inteligibilidad. Porque una civilización puede intentar vivir durante algún tiempo como si el ser no tuviera origen. Lo que no puede hacer es eliminar la pregunta de por qué existe algo y no más bien nada, por qué la verdad obliga, por qué la libertad exige un bien, por qué el hombre continúa buscando un significado que ninguna producción humana consigue proporcionarle.

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La Ciudad de Dios comienza precisamente aquí.

No en la nostalgia de formas desaparecidas, ni en la arqueología cultural, ni en la restauración sentimental de un pasado que no puede volver idéntico a sí mismo. Comienza en algo más austero y más radical: en el reconocimiento de que la realidad no procede de nosotros. Ésta fue la intuición inmortal de San Agustín, y la formuló no como sistema sino como confesión: toda ciudad termina pareciéndose a aquello que ama. No a aquello que proclama, ni a aquello que legisla, sino a aquello que ama en el sentido más hondo de la palabra, es decir, aquello hacia lo que se orienta el peso interior de su voluntad. Roma amó la gloria, y construyó un mundo que admiraba el poder. La ciudad moderna amó el progreso, y construyó un mundo que admira la novedad. Una civilización que vuelva a amar la verdad no restaurará mecánicamente el pasado: lo que ocurrirá es algo más parecido a una conversión, esa reorientación del centro de gravedad que cambia todo sin parecer que cambia nada, y que sin embargo lo cambia todo.

Quizá la cuestión decisiva de nuestro tiempo no consista en determinar cuánto poder puede adquirir el hombre sobre el mundo, sino en saber si conservará la lucidez necesaria para recordar que el mundo no procede de él. Toda la aventura moderna parece haber estado impulsada por el deseo de convertirse en autor absoluto de una realidad recibida primero como don. Sin embargo, el hombre continúa encontrándose, al final de todos sus proyectos, frente al mismo misterio que contemplaron sus antepasados: el ser no le pertenece. Ha llegado a una fiesta que había comenzado antes de su llegada y continuará cuando él se haya marchado. Puede comprender algunas de sus armonías, participar de su belleza y colaborar en su perfección. Lo que no puede hacer es ocupar el lugar del anfitrión.

Y quizá toda la diferencia entre la Ciudad de Dios y la Ciudad Artificial resida finalmente en esta sencilla verdad: una recuerda que habitamos una creación; la otra sueña con habitar una obra propia. De la elección entre ambas dependerá no solamente el destino de nuestras instituciones o de nuestras tecnologías, sino la posibilidad misma de seguir siendo plenamente humanos.

miércoles, 17 de junio de 2026

PARA PEDIR UNA BUENA MUERTE

¡Poderoso patrón del linaje humano, amparo de pecadores, seguro refugio de las almas, eficaz auxilio de los afligidos, agradable consuelo de los desamparados, glorioso San José!, el último instante de mi vida ha de llegar sin remedio.

Mi alma quizás agonizará terriblemente acongojada con la representación de mi mala vida y de mis muchas culpas; el paso a la eternidad será sumamente duro; el demonio, mi enemigo, intentará combatirme terriblemente con todo el poder del infierno, a fin de que pierda a Dios eternamente.

Mis fuerzas en lo natural han de ser nulas: no tendré en lo humano quien me ayude; desde ahora, para entonces, te invoco, padre mío; a tu patrocinio me acojo; asísteme en aquel trance para que no falte en la fe, la esperanza y en la caridad.

Cuando tú moriste, tu Hijo y mi Dios, tu esposa y mi Señora, ahuyentaron a los demonios para que no se atreviesen a combatir tu espíritu. Por estos favores y por los que en vida te hicieron, te pido ahuyentes a estos enemigos, para que así acabe la vida en paz, amando a Jesús, a María y a ti, San José. Amén.

Fuente: Poco y Católico

martes, 16 de junio de 2026

PROBANDO GOZO, GRITÓ: "ESTA ES LA SUPREMA OFENSA (CONTRA DIOS)".


 
Esta profecía de Santa Hildegarda eriza el cabello:

“La serpiente antigua goza con todos los castigos con los cuales el hombre es castigado en el alma y en el cuerpo. Él, que ha perdido la gloria celestial, no quiere que ningún hombre pueda alcanzarla. En realidad, apenas él se dio cuenta que el hombre había oído sus consejos, comenzó a proyectar la guerra contra Dios: ‘A través del hombre llevaré adelante mis propósitos’.

“En su odio, la serpiente ha inspirado a los hombres a odiarse entre ellos y, con el mismo mal propósito, los ha inducido a matarse unos a otros.

“Y la serpiente dijo: ‘Mandaré mi aliento a fin de que la sucesión de los hijos del hombre se extinga, y entonces los hombres se encenderán de pasiones los unos por los otros hombres, cometiendo actos vergonzosos’.

“Y la serpiente, probando gozo, gritó: ‘Esta el la suprema ofensa contra Aquel que ha dado al hombre el cuerpo. Que su forma desaparezca porque ha evitado la relación natural con las mujeres’.

“Es entonces el diablo quien los convenció a ser infieles y seductores, que los indujo a matar, transformándose en bandidos y ladrones, porque el pecado de homosexualidad lleva a las más vergonzosas violencias y a todos los vicios. Cuando todos estos pecados se hayan manifestado, entonces la vigencia de la ley de Dios será quebrada y la Iglesia será perseguida como una viuda”

Santa Hildegarda.

lunes, 15 de junio de 2026

ARTICULO DE MONSENOR FULTON J. SHEEN, PROFÉTICAMENTE ESCRITO EN 1948


[Satanás] establecerá una contra iglesia, que será el simio de la Iglesia [Católica] … Tendrá todas las notas y características de la Iglesia, pero a la inversa y vaciada de su contenido divino. Vivimos en los días del Apocalipsis. Las dos grandes fuerzas -el Cuerpo Místico de Cristo y el Cuerpo Místico del anticristo- están comenzando a trazar líneas de batalla para la catastrófica contienda. El falso profeta tendrá una religión sin cruz. Una religión sin un mundo por venir. Una religión para destruir las religiones. Habrá una iglesia falsa.

La Iglesia de Cristo, la Iglesia Católica será una; Y el falso profeta creará la otra. La falsa iglesia será mundana, ecuménica (en todo sentido, aun con los paganos) y global. Será una federación floja de iglesias y religiones, formando algún tipo de asociación global. Un parlamento mundial de iglesias. Será vaciado de todo contenido divino, será el cuerpo místico del anticristo. El Cuerpo Místico en la tierra hoy tendrá su Judas Iscariote, y él será el falso profeta.

El Anticristo no será llamado así; De lo contrario, no tendría seguidores. No usará medias rojas, ni vomitará azufre, ni llevará un tridente ni agitará una cola con flecha como Mefistófeles en Fausto. Esta mascarada ha ayudado al diablo a convencer a los hombres de que no existe. Cuando nadie lo reconoce, más fuerza ejerce. Dios se ha definido a Sí mismo como «Yo soy el que soy», y el Diablo como «Yo soy el que no soy».

En ninguna parte de la Sagrada Escritura encontramos una descripcion para el mito popular del Diablo como un bufón que está vestido como el primer «rojo» del mundo. Más bien, es descrito como un ángel caído del cielo, como «el príncipe de este mundo», cuyo negocio es decirnos que no hay otro mundo.

Su lógica es simple: si no hay cielo, no hay infierno; Si no hay infierno, entonces no hay pecado; Si no hay pecado, entonces no hay juez; Y si no hay juicio, entonces el mal es bueno, y el bien es malo. Pero sobre todo estas descripciones, Nuestro Señor nos dice que él será tan semejante a Él mismo que engañaría incluso a los elegidos, y ciertamente ningún diablo jamás visto en los libros ilustrados podría engañar incluso a los elegidos.

¿Cómo vendrá en esta nueva era para ganar seguidores a su religión? La creencia rusa pre-comunista es que vendrá disfrazado como el gran humanitario; Hablará de paz, prosperidad y abundancia, no como medio para conducirnos a Dios, sino como fines en sí mismos.

La tercera tentación en la que Satanás pidió a Cristo que lo adorara a él ya todos los reinos del mundo sería Suya, se convertirá en la tentación de tener una nueva religión sin Cruz, una liturgia sin un mundo por venir, una religión para destruir una religión o Una política que es una religión, que da a César lo que es de Dios. En medio de su aparente amor por la humanidad y de su afanoso hablar de libertad e igualdad, tendrá un gran secreto que no dirá a nadie: no creerá en Dios. Implantara su dictadura.

Porque su religión será fraternidad sin la paternidad de Dios, engañará hasta a los elegidos. Establecerá una contra iglesia que será el simio de la Iglesia, porque él, el Diablo, es el simio de Dios. Tendrá todas las notas y características de la Iglesia, pero al revés y vaciado de su contenido divino. Será un cuerpo místico del Anticristo que en todos sus aspectos externos se asemejará al cuerpo místico de Cristo.

 Mons. Fulton J. Sheen en 1948.

Hacia esa falsa religión y esa falsa iglesia nos encamina la herejía modernista.