sábado, 22 de agosto de 2026

CORAZÓN DE MI CORAZÓN (Al Corazón Inmaculado de María en el día de su celebración).


 CORAZÓN DE MI CORAZÓN

(Al Corazón Inmaculado de María en el día de su celebración).


¿Tenemos raíz sobre la tierra?

Yo lo pregunto.

Pregunto a las flores
que por la mañana se entrelazan
y al caer la tarde inclinan el rostro.

Pregunto al jade.

También el jade se quiebra.

Pregunto al oro.

También el oro se rompe.

Pregunto a la pluma preciosa.

También ella se desgarra
y el viento la lleva.

Sólo un poco aquí.

Sólo un poco
nos prestamos nuestros rostros.

¿También mi corazón
habrá venido solamente
para desaparecer?

¿También mi canto
será como pintura
que el agua borra?

¿Adónde iré?

¿Dónde está la casa
de Aquel por quien se vive?


Mucho tiempo
levanté hacia lo alto mi canto.

Allá,
en el interior del cielo,

buscaba una palabra verdadera.

Una palabra con raíz.

Una flor que no mintiera
prometiendo permanecer.

Y ahora,

Madre,

he sabido de tu Corazón.

Y mi canto
se ha quedado suspenso.

Porque tú también escuchabas.

Tú también guardabas.

Pero las cosas que entraban en tu corazón
no las entregabas al viento.

Las recogías dentro.

Las juntabas.

Las volvías silencio.

Las guardabas.

Las guardabas.


¿Qué guardabas, Madre?

¿Flores?

Más que flores.

¿Cantos?

Más que cantos.

Guardabas las palabras
del Hijo.

Guardabas sus pasos.

Guardabas su mirada.

Guardabas aquello
que todavía no comprendías

y lo dejabas descender,

más adentro,

más adentro,

hasta el lugar
donde una madre escucha
lo que no puede decir.


Por eso quiero acercar
mi pobre canto a tu Corazón.

Porque yo he preguntado:

¿tiene raíz lo verdadero?

Y en ti encuentro
una respuesta que me sobrepasa.

El que da raíz a cuanto existe

echó en ti su raíz humana.

El que no cabe
en casa alguna

quiso tener casa en ti.

El que alimenta a los vivientes

quiso alimentarse
de tu sangre.

El que sostiene las estrellas

quiso ser sostenido
por tus entrañas.

El que hizo el corazón del hombre

quiso que comenzara a latir
un corazón humano

junto al tuyo.


¡Oh flores, callad!

¡Oh cantos, deteneos!

Hay algo aquí
que no sabéis cantar.

Dos corazones
en el interior de una sola noche.

El corazón de la Madre.

El Corazón del Hijo.

Uno creado.

El otro,
Corazón humano del Verbo eterno.

Uno recibiéndolo todo.

El otro
dándolo todo.

Y tan cerca,

tan escondidos,

tan silenciosos,

que antes de que la tierra
escuchara la voz de Jesús,

María escuchó
su corazón.


¿Qué hiciste con aquel latido?

Lo guardaste.

¿Qué hiciste con aquella sangre?

La diste.

¿Qué hiciste con aquel Niño?

Lo adoraste.

¿Qué hiciste con su voluntad?

La amaste.

¿Qué hiciste cuando no comprendías?

Guardaste.

¿Qué hiciste cuando comenzó la noche?

Permaneciste.


Así fue tomando tu corazón
la semejanza del suyo.

No eras la Fuente.

Bebías.

No eras el Fuego.

Ardías.

No eras la Luz.

La recibías.

No eras el Verbo.

Lo escuchabas.

Y cuanto recibías
no encontraba en ti muralla.

Por eso amabas
lo que Él amaba.

Querías
lo que Él quería.

Callabas
cuando Él callaba.

Te entregabas
cuando Él se entregaba.

Dos corazones.

Dos voluntades.

Dos amores creados en cuanto humanos,
pero uno de ellos perteneciente
a la Persona del Verbo.

Y una concordia tan honda

que mi canto apenas sabe decir:

Corazón de tu corazón.


Pero llegaron las flores negras.

Llegó el árbol.

Llegó la hora.

Llegó la espada.

Y aquel Corazón
que primero habías escuchado
en el secreto de tu seno

fue abierto ante tus ojos.

¡Madre!

¿Dónde pusiste entonces
todas las palabras que habías guardado?

¿Dónde la voz del ángel?

¿Dónde Belén?

¿Dónde el Niño?

¿Dónde sus manos pequeñas?

¿Dónde el rostro
que buscabas entre la multitud?

Todo estaba allí.

Todo.

Dentro de tu Corazón.

Y delante de ti,

el Hijo.


Entonces comenzó
la noche dentro de la noche.

Ya no hubo flor.

Ya no hubo canto.

Ya no hubo palabra.

Sólo el Amado.

Y la espada.

Y tú.

Permaneciste.

Permaneciste cuando su rostro
ya no parecía rostro.

Permaneciste cuando sus manos
no podían abrazarte.

Permaneciste cuando el Corazón
que había latido junto al tuyo

dejó de latir.


¡Oh noche!

¿Qué hiciste con la Madre?

La despojaste de todo

menos de Dios.

Y cuando ya no podía guardar al Hijo
entre sus brazos,

lo guardó
donde siempre lo había guardado:

en el corazón.

Allí no murió el amor.

Allí ardió más puro.

Allí la herida encontró la llama.

Allí la llama entró en la herida.

Y ya no sé decir
si aquel Corazón estaba herido porque amaba

o amaba tanto
porque estaba herido.


Ahora comprendo
por qué me llaman tus flores.

No son flores para una mañana.

Hay dentro de tu Corazón
un jardín escondido.

Pero para entrar en él
hay que hacerse pequeño.

Más pequeño.

Dejar afuera el ruido.

Dejar afuera el oro.

Dejar afuera el nombre.

Dejar incluso el propio canto.

Entrar pobre.

Entrar de noche.

Entrar buscando solamente
al Amado.


Y cuanto más entro,

menos te encuentro sola.

Más adentro:

Jesús.

Debajo de tu silencio:

Jesús.

Dentro de tu alegría:

Jesús.

En el fondo de tu dolor:

Jesús.

En la raíz de tu pureza:

Jesús.

En el centro de tu Corazón:

Jesús.

Todo conduce a Él.

Todo vuelve a Él.

Todo en ti parece decirme:

más adentro.


Entonces entiendo
por qué tu Corazón es refugio.

No porque allí
no llegue la espada.

Llegó.

No porque allí
no exista noche.

La conociste.

No porque allí
no se llore.

Lloraste.

Es refugio porque ninguna espada
pudo separar tu corazón de Dios.

Es refugio porque ninguna noche
apagó el fuego.

Es refugio porque el dolor
no pudo arrancarte al Amado.

Es refugio

porque dentro de ti
el corazón aprende
a no huir de Dios.


Madre,

mira ahora el mío.

También guarda cosas.

Pero guarda polvo.

Guarda heridas.

Guarda rostros que se fueron.

Guarda palabras inútiles.

Guarda flores secas.

Guarda demasiado de sí mismo.

Tómalo.

No para que deje de ser mío.

Para que aprenda
a ser de Dios.

Enséñale tu ciencia escondida:

recibir.

Guardar.

Callar.

Ofrecer.

Permanecer.

Arder.


Si tiene que llegar la noche,

que llegue.

Si tienen que caer mis flores,

que caigan.

Si el jade tiene que quebrarse,

que se quiebre.

Si mis plumas preciosas
han de ser llevadas,

que las lleve el viento.

Si mi canto tiene que callar,

que calle.

Pero una cosa te pido,

Corazón de mi Madre:

no permitas
que mi corazón se disperse.


Porque ésta ha sido siempre
mi tristeza:

ser un poco aquí.

Mirar un rostro
y perderlo.

Amar una flor
y verla caer.

Pronunciar un nombre
y escuchar después silencio.

¿Para esto recibimos corazón?

¿Para despedirnos?

¿Para convertirnos en pintura borrada?

¿Para que también nuestro amor
sea llevado por el viento?


Ahora sé que no.

Hay una casa.

Hay un jardín.

Hay una raíz.

Pero no están aquí
como yo los buscaba.

La casa es Él.

El jardín conduce a Él.

La raíz está en Él.

Y tú,

Madre,

guardaste estas cosas
en tu Corazón.


Guárdame también.

Cuando llegue mi última tarde,

guárdame.

Cuando mis amigos ya no escuchen
mi voz,

guárdame.

Cuando se borre mi pintura,

guárdame.

Cuando se quiebre mi jade,

guárdame.

Cuando el viento pregunte
qué debe llevarse de mí,

no le entregues mi corazón.

Guárdalo.

Guárdalo en el tuyo.

Como guardabas las palabras.

Como guardabas el misterio.

Como guardaste al Niño.

Como guardaste la Cruz.

Como guardaste al Amado
cuando ya no podías verlo.


Y allí,

en el interior de tu Corazón,

deja que muera
cuanto todavía no sea de Dios.

Que arda.

Que se purifique.

Que se haga silencio.

Hasta que mi corazón
ya no pregunte:

¿eres verdadero?

¿tienes raíz?

¿permanecemos?

Porque habrá escuchado
la respuesta.

No una palabra.

Un latido.

El mismo que tú escuchaste
en el interior de tu seno.


Entonces abre tu Corazón, Madre.

No para devolverme a la tierra.

Ábrelo hacia Él.

Déjame caer

de tu corazón
en su Corazón,

de tu herida
en su herida,

de tu amor
en el Amor.

Hasta que no quede de mí

ni flor que defender,

ni jade que guardar,

ni pintura que preservar,

ni canto que me pertenezca.

Sólo Dios.

Sólo el Amado.

Sólo Aquel por quien se vive.


Y si todavía queda
una última flor,

déjala caer.

Y si todavía queda
una última palabra,

que sea ésta:

María,
Corazón de mi corazón,

no dejes que me esparza
en el viento.

Guárdame.

Guárdame en tu Corazón
hasta que todo mi corazón
sea de Dios.

Autor: Óscar Méndez Oceguera

viernes, 21 de agosto de 2026

SAN JUAN BOSCO VIO UNA REUNIÓN DE DEMONIOS Y DESCUBRIÓ ALGO ATERRADOR



 En 1885, San Juan Bosco tuvo un sueño que lo dejó profundamente impresionado.

Lo que vio parecía una escena aterradora…

 Se encontraba en una enorme sala donde una multitud de demonios celebraba un congreso.

 ¿El objetivo?

Encontrar la manera de destruir a la Congregación Salesiana.

Y entonces comenzaron a proponer sus estrategias…

 PRIMERA PROPUESTA: LA GULA

Un demonio propuso utilizar la gula para provocar:

 Inercia para el bien
 Corrupción de costumbres
 Escándalo
Falta de espíritu de sacrificio
Descuido de los jóvenes

Pero otro demonio respondió que aquella estrategia no sería suficiente.

 SEGUNDA PROPUESTA: EL AMOR A LAS RIQUEZAS

El demonio explicó que, si entraba el amor al dinero, también entrarían:

 El deseo de comodidades
 La ruptura de la caridad
 El olvido de los pobres
 El interés por vivir mejor

Pero tampoco convenció a todos.

 TERCERA PROPUESTA: LA LIBERTAD MAL ENTENDIDA

La estrategia sería conseguir que los Salesianos comenzaran a:

 Despreciar las reglas
 Rechazar los trabajos difíciles
Crear divisiones entre los superiores
 Buscar excusas para abandonar sus obligaciones

Pero entonces apareció otro demonio…

 Y presentó lo que consideraba el arma más peligrosa de todas.

 CUARTA PROPUESTA: CONVERTIR LA CIENCIA EN UN FIN

La idea era hacer que los Salesianos estudiaran únicamente para adquirir fama y reconocimiento.

 Mucho conocimiento…

 Pero poco servicio.

El objetivo sería conseguir que despreciaran a los pobres e ignorantes y dejaran de lado precisamente aquello para lo que habían sido llamados:

 El catecismo de los niños.
 La educación de los pobres.
 El confesionario.
 El servicio a las almas.

 Y algo más: que los sacerdotes atendieran cada vez menos el sagrado ministerio.

 Nada de oratorios festivos.
 Nada de catecismo para los niños.
 Nada de clases para instruir a los pobres y abandonados.
 Nada de largas horas en el confesionario.

En cambio, se dedicarían solamente a predicar de manera ocasional y estéril, buscando no la salvación de las almas, sino las alabanzas de los hombres.

 Esta propuesta fue recibida con aplausos por los demonios.

Don Bosco comprendió entonces el peligro:

El conocimiento puede convertirse en orgullo cuando deja de estar al servicio de Dios y del prójimo.

Y entonces…

Uno de los demonios descubrió que Don Bosco estaba allí observándolo todo.

Gritó y señaló al Santo.

¡Todos los demonios se lanzaron contra él!

Don Bosco gritaba:

—¡Déjenme! ¡Auxilio!

 Finalmente despertó, agotado de tanto gritar.

Al día siguiente comprendió el mensaje que había recibido:

 El peligro no siempre está en abandonar el bien de golpe.

A veces comienza cuando los medios se convierten en fines.

La ciencia deja de servir al prójimo y empieza a servir al orgullo.

 Los bienes dejan de ser medios y se convierten en un objetivo.

 La libertad deja de buscar el bien y se convierte en rebeldía.

Y las reglas dejan de ser una ayuda para la vida espiritual.

 Este sueño de Don Bosco sigue siendo una fuerte advertencia:

No basta con saber mucho.

No basta con tener recursos.

No basta con ser libres.

 Todo debe estar orientado hacia Dios y hacia el servicio de los demás.

Sueño 131 — Año 1885
 Memorias Biográficas de San Juan Bosco, Tomo XVII, págs. 385-387.

 San Juan Bosco, ruega por nosotros.

miércoles, 19 de agosto de 2026

NO TEMÁIS SI SERVÍS A CRISTO


"La vida cristiana no es para cobardes, para los que quieren pactar con sus enemigos, y ganar una paz falsa, la paz del derrotado y del esclavo. Con las armas de la fe, con las armas de la oración, con las armas de la huida de las ocasiones, en permanente estado de milicia, venceremos bajo la bandera de nuestro sumo Rey y Capitán Jesucristo. Él nos dijo: "No temáis, Yo he vencido al mundo". ¡Todos a luchar detrás de Jesucristo el gran combate de nuestra fidelidad a Él hasta el fin!".

Padre José Mª Alba Cereceda S.I.

martes, 18 de agosto de 2026

EL TABERNÁCULO Y EL PÚLPITO


Dice Bossuet. “El tabernáculo y el púlpito son los dos lugares augustos del templo de Dios; en uno se pide y desde el otro se ordena, en uno se habla de Dios, en el otro es Dios el que habla; en uno Jesucristo se hace adorar en la realidad de su Cuerpo, en el otro se da a conocer en la verdad de su doctrina. Son los dos lugares desde donde se distribuye el alimento celestial: en aquél se predica en silencio y en éste se enseña de viva voz; en aquél el Espíritu Santo, por medio de las palabras místicas, transforma el pan en el Cuerpo divino, y aquí el mismo poder transforma a los fieles en miembros de Cristo. San Agustín decía: ‘¿Qué les parece más importante, la palabra de Dios o el Cuerpo de Cristo? Si quieren contestar con verdad, se verán obligados a responder que la palabra de Jesucristo no es menos estimable que su Cuerpo, y, por lo tanto, los mismos cuidados que guardamos para no dejar caer al suelo el Cuerpo del Señor cuando nos lo entregan, debemos tomar para que no caiga de nuestro corazón la palabra de Cristo que se nos predica. Porque no es menos culpable el que escucha negligentemente la palabra santa que quien, por su culpa, deja caer el Cuerpo del Señor’”.


lunes, 17 de agosto de 2026

EL ABORTO: LA FRONTERA QUE SIEMPRE SE MUEVE


Massachusetts amplía nuevamente las fronteras del aborto. Pero detrás de las semanas, las excepciones y las consignas existe una pregunta anterior a todas las demás: ¿qué es aquello cuya vida termina?

Massachusetts vuelve a ampliar las fronteras legales del aborto.

Para quienes apoyan estas medidas, se trata de autonomía, acceso y libertad médica. Para quienes defendemos la vida humana desde su comienzo, significa algo muy distinto:

Se amplían las circunstancias en las que la ley permite terminar deliberadamente una vida humana antes de nacer.

Pero quizá llevamos demasiado tiempo discutiendo semanas, excepciones y fronteras.

Antes de preguntar cuándo puede realizarse un aborto, debemos responder una pregunta mucho más elemental.

¿QUÉ ES AQUELLO QUE MUERE?

La realidad biológica constituye el punto de partida.

Lo que se desarrolla dentro del vientre materno es un organismo humano vivo en una etapa prenatal de su desarrollo.

Cigoto, embrión y feto son términos que designan distintas etapas de ese desarrollo, como recién nacido, niño, adolescente y adulto designan etapas posteriores.

Ninguno de nosotros apareció repentinamente durante el parto.

El adulto que hoy lee estas palabras es el resultado de un proceso continuo de desarrollo que comenzó mucho antes de que pudiera hablar, pensar, recordar o sobrevivir independientemente.

Por eso, la controversia fundamental no debería consistir en preguntar si pertenece a la especie humana. La verdadera pregunta es ésta:

Si estamos ante un ser humano vivo en desarrollo, ¿qué característica tendría que faltarle para que pierda el derecho más elemental que reconocemos a los demás seres humanos: que nadie termine deliberadamente con su vida?

¿El tamaño? ¿La edad? ¿El grado de desarrollo? ¿La conciencia? ¿La capacidad de sentir? ¿La posibilidad de sobrevivir independientemente? ¿El hecho de ser deseado?

Cada respuesta exige justificar por qué esa característica —y no nuestra condición humana— debería determinar quién merece protección.

La biología nos dice qué está allí.

La cuestión moral consiste en decidir qué le debemos porque está allí.

MASSACHUSETTS: LA FRONTERA VUELVE A MOVERSE

Massachusetts acaba de ampliar nuevamente el margen legal para el aborto, incluso después de las 24 semanas.

La frontera vuelve a moverse: mayor margen de decisión y menos restricciones específicas.

Desde una perspectiva provida, eso significa ampliar las circunstancias en las que la ley permite provocar deliberadamente la muerte de seres humanos antes de nacer.

Pero sería un error pensar que nuestro problema comienza a las 24 semanas.

No comienza cuando el niño puede sobrevivir fuera del vientre.

No comienza cuando alcanza determinado tamaño.

No comienza cuando su apariencia hace más fácil reconocerlo como uno de nosotros.

Comienza con la existencia del nuevo organismo humano.

Por eso, Massachusetts no debería llevarnos solamente a preguntar:

“¿Hasta cuándo permitirán el aborto?”

La pregunta verdaderamente difícil es:

¿Por qué debería existir una etapa de la vida humana durante la cual terminar deliberadamente esa vida sea considerado un derecho?

A LAS 24 SEMANAS LA CONTRADICCIÓN SE HACE VISIBLE

Imagine un niño que nace extremadamente prematuro.

Médicos y enfermeras corren para salvarlo. Una incubadora mantiene su temperatura. Un respirador puede ayudarlo a respirar. Sus padres contemplan cada movimiento.

Cada hora importa.

Cada gramo ganado se celebra.

Y la medicina hace bien en luchar por él.

Los avances de la medicina neonatal permiten que algunos niños nacidos alrededor de las 24 semanas sobrevivan.

Ahora imaginemos otro ser humano de edad gestacional semejante que continúa dentro de su madre.

¿Qué ha cambiado en su naturaleza humana?

Su ubicación.

El nacimiento transforma muchas cosas, pero no crea nuestra humanidad.

El niño que sale del vientre ya era humano antes de salir.

Podemos emplear extraordinarios recursos humanos y tecnológicos para salvar a uno mientras la legislación permite, bajo ciertas condiciones, terminar deliberadamente con la vida de otro que permanece dentro del útero.

La situación jurídica cambia.

La ubicación cambia.

La naturaleza humana del individuo no.

Y aunque los abortos tardíos constituyan una pequeña proporción del total, eso tampoco resuelve el problema.

La estadística responde:

¿Con qué frecuencia ocurre?

No responde:

¿Qué ocurre?

La rareza de una conducta no determina si es justa.

Pero tampoco debemos cometer el error contrario y preocuparnos únicamente por los abortos tardíos. Si el individuo que observamos a las 24 semanas es humano, ese mismo individuo también era humano semanas antes.

El tamaño no concede dignidad.

La edad tampoco.

¿Y LOS CASOS EXTREMOS?

Violación, incesto, abandono, pobreza, enfermedad y diagnósticos devastadores.

Es fácil escribir esas palabras. Es mucho más difícil vivir esas realidades.

Una mujer violada merece justicia y su agresor, todo el peso de la ley. Una madre enferma merece la mejor medicina disponible. Una mujer abandonada necesita apoyo material, psicológico y familiar. Una familia enfrentada a un diagnóstico terrible necesita acompañamiento, medicina y, cuando corresponda, cuidados paliativos perinatales.

No hay nada provida en abandonar a una mujer en semejantes circunstancias.

Pero una tragedia modifica las circunstancias; no modifica la naturaleza del hijo.

El crimen del padre no convierte al hijo en culpable.

La pobreza no convierte al pobre en menos humano.

Una discapacidad no elimina la dignidad.

Una enfermedad tampoco.

También debemos distinguir entre provocar deliberadamente un aborto y sufrir una pérdida espontánea del embarazo.

Una cosa es no poder salvar una vida. Otra muy distinta es proponerse terminarla.

“MI CUERPO, MI DECISIÓN”

El cuerpo de una mujer le pertenece.

Pero el hijo no es un órgano de su madre.

Está dentro de ella y depende extraordinariamente de ella, pero dependencia no significa identidad ni ausencia de dignidad.

Un recién nacido depende completamente de otros. Una persona con discapacidad profunda puede depender de otros durante toda su vida. Un anciano con demencia puede necesitar asistencia incluso para alimentarse.

No concluimos que cuanto mayor es su dependencia, menor es su derecho a vivir.

Deberíamos sostener precisamente lo contrario:

Cuanto más vulnerable es un ser humano, mayor debería ser nuestra obligación de protegerlo.

¿Por qué ese principio tendría que invertirse antes del nacimiento?

¿Y LA MUJER?

Ésta es una pregunta necesaria.

Hay mujeres aterrorizadas ante un embarazo. Mujeres pobres. Mujeres abandonadas. Mujeres que temen perder sus estudios, su empleo o el futuro que habían imaginado. Mujeres enfrentadas a enfermedades y diagnósticos terribles.

Ellas importan.

Una sociedad que se proclama provida y después abandona a la madre ha entendido solamente la mitad de su obligación.

Hay que acompañarla, ayudarla materialmente, exigir responsabilidad al padre, facilitar alternativas reales, mejorar los procesos de adopción y ofrecer atención médica y psicológica.

Y esa responsabilidad no termina con el nacimiento.

Pero la pregunta “¿y la mujer?” tiene otra dimensión que casi nunca escuchamos:

¿Y LAS NIÑAS QUE NUNCA PUDIERON NACER?

Entre los seres humanos abortados también hay seres humanos de sexo femenino.

¿Dónde quedan ellas cuando hablamos de los derechos de las mujeres?

Una niña que muere antes de nacer nunca podrá marchar por sus derechos. Nunca votará. Nunca irá a la universidad. Nunca podrá descubrir cuál habría sido su vocación.

Nunca sabremos si habría sido médica, abogada, maestra, científica, religiosa, empresaria, madre o simplemente una mujer corriente que habría amado y sido amada.

Pero tampoco necesitaba convertirse en ninguna de esas cosas para tener valor.

Su dignidad no dependía de lo que algún día pudiera hacer.

Dependía de quién era.

La madre importa.

La hija también.

La respuesta humana no debería consistir en enfrentar una contra la otra, sino en decir:

“Tu vida importa. Y la de tu hijo también. No abandonaremos a ninguno.”

NI DESEADO NI INDESEADO: HUMANO

Un hijo puede haber sido esperado durante años. Otro puede llegar inesperadamente.

Uno puede ser concebido en un hogar estable. Otro, en circunstancias terribles.

Uno puede recibir un nombre desde la primera ecografía. Otro puede ser considerado un problema desde el primer instante.

Pero el hijo deseado y el no deseado no pertenecen a especies diferentes.

La voluntad de otra persona puede modificar sus circunstancias.

No puede modificar su naturaleza humana.

Si nuestra dignidad depende de que alguien nos quiera, nos considere convenientes o autorice nuestra existencia, entonces no poseemos verdaderos derechos.

Tenemos permisos.

Y quien concede un permiso también puede retirarlo.

Precisamente para impedir eso existen los derechos humanos: para que la dignidad del débil no dependa exclusivamente de la voluntad del fuerte.

“ABORTION IS HEALTH CARE”

Es una consigna frecuente en nuestra época.

Pero ninguna consigna puede sustituir una pregunta:

Health care, ¿para quién?

La madre es una paciente. Su salud importa. Su vida importa. Su sufrimiento importa.

Pero dentro de ella existe también otro ser humano vivo en desarrollo.

Podemos modificar las leyes y cambiar las palabras con las que describimos una realidad.

Lo que no podemos hacer es modificar esa realidad mediante el lenguaje.

Una ley puede declarar lícita una conducta.

Eso no demuestra automáticamente que sea justa.

Legalidad y moralidad nunca han sido sinónimos.

Si lo fueran, jamás habría existido una ley injusta que necesitara ser cambiada.

LA PREGUNTA QUE QUEDA

Eso es lo que hace relevante a Massachusetts.

No necesitamos imaginar conspiraciones ni atribuir intenciones ocultas a cada persona que piensa diferente.

Basta observar el resultado:

La frontera legal vuelve a ampliarse.

Y cuando una frontera se mueve debemos preguntarnos quién queda al otro lado.

A las seis semanas el ser humano es diminuto. A las doce está más desarrollado. A las veinticuatro sus capacidades son distintas. Después del nacimiento dependerá completamente de otros.

Cambian el tamaño, las capacidades, la apariencia y el grado de dependencia.

Lo que permanece es la continuidad del mismo organismo humano que se desarrolla.

Por eso, la cuestión no termina en Massachusetts.

Ni en 24 semanas.

Ni en doce.

Ni en seis.

Termina en una pregunta que nuestra generación debe responder:

Si sabemos que está vivo y sabemos que es humano, ¿qué circunstancia puede convertir en justo terminar deliberadamente su vida simplemente porque todavía no ha nacido?

La mujer merece nuestra ayuda.

La madre merece nuestra protección.

La víctima de violencia merece justicia.

La mujer enferma merece la mejor medicina posible.

La madre que enfrenta un diagnóstico devastador merece acompañamiento y compasión.

Y el ser humano que depende completamente de ella también merece ser protegido.

También si es pequeño.

También si está enfermo.

También si fue concebido en circunstancias terribles.

También si nadie lo esperaba.

También si todavía no puede hablar.

Porque los derechos humanos adquieren su significado más profundo precisamente frente al ser humano que carece del poder para exigirlos.

La madre importa.

El hijo importa.

Una sociedad verdaderamente humana debería ser suficientemente grande para defender a ambos.

No deberíamos exigirle a un ser humano que primero sea grande, fuerte, independiente o deseado para reconocer que ya es uno de nosotros.

RMO

sábado, 15 de agosto de 2026

NO PODEMOS DUDAR DE LO QUE CRISTO REVELÓ


"El infierno existe, señores. Lo ha dicho Cristo. Poco importa que lo nieguen los incrédulos. A pesar de esa negativa, su existencia es una terrible realidad. Pero es conveniente que avancemos un poco más y tratemos de descubrir lo que hay en él. El catecismo, ese pequeño librito en el que se contiene un resumen maravilloso de la doctrina católica, nos dice que el infierno es “el conjunto de todos los males, sin mezcla de bien alguno”. Maravillosa definición. Pero hay otra forma más profunda todavía: la que nos dejó en el Evangelio Nuestro Señor Jesucristo en persona. Es la misma frase que pronunciará el día del Juicio final: “Apartaos de Mí, malditos, al fuego eterno”. En esta fórmula terrible se contiene un maravilloso resumen de toda la teología del infierno".

P. Royo Marín