viernes, 12 de junio de 2026

EL VELO EN LA SANTA MISA. LA EXPLICACIÓN DEFINITIVA

 

El Código de Derecho Canónico de 1917, en el canon 1262, obliga a las mujeres a cubrir sus cabezas “especialmente cuando se aproximan para comulgar”.

Por lo tanto, de acuerdo al Código de Derecho Canónico de 1917 y a una costumbre inmemorial, las mujeres tienen la obligación, aun hoy en día, de cubrir sus cabezas en presencia del Santísimo Sacramento.

Cuando se compuso el Código de Derecho Canónico de 1983, el uso del velo directamente no se mencionó (obsérvese que no se abrogó, sino simplemente no se mencionó). De todas formas, los cánones 20 y 21 del Código de Derecho Canónico de 1983 dejan en claro que una ley canónica posterior abroga una ley canónica precedente únicamente cuando lo hace explícitamente y que, en caso de duda, la revocación de la ley precedente no debe ser asumida. Por lo tanto, de acuerdo al Código de Derecho Canónico y a una costumbre inmemorial, las mujeres tienen la obligación, aun hoy en día, de cubrir sus cabezas en presencia del Santísimo Sacramento.

El uso del velo en el cristianismo es sumamente importante y no un tema que le concierne “sólo” al Código de Derecho Canónico, sino a dos milenios de Tradición de la Iglesia, extendiéndose al Antiguo Testamento y a exhortaciones en el Nuevo Testamento.

Al respecto, San Pablo escribió (I Corintios 11, 1-16):

Sed imitadores míos tal cual soy yo de Cristo. Os alabo de que en todas las cosas os acordéis de mí, y de que observéis las tradiciones conforme os las he transmitido. Mas quiero que sepáis que la cabeza de todo varón es Cristo, y el varón, cabeza de la mujer, y Dios, cabeza de Cristo. Todo varón que ora o profetiza con la cabeza cubierta, deshonra su cabeza. Mas toda mujer que ora o profetiza con la cabeza descubierta, deshonra su cabeza; porque es lo mismo que si estuviera rapada. Por donde si una mujer no se cubre, que se rape también; mas si es vergüenza para la mujer cortarse el pelo o raparse, que se cubra. El hombre, al contrario, no debe cubrirse la cabeza, porque es imagen y gloria de Dios; mas la mujer es gloria del varón. Pues no procede el varón de la mujer, sino la mujer del varón; como tampoco fue creado el varón por causa de la mujer, sino la mujer por causa del varón. Por tanto, debe la mujer llevar sobre su cabeza (la señal de estar bajo) autoridad, por causa de los ángeles. Con todo, en el Señor, el varón no es sin la mujer, ni la mujer sin el varón. Pues como la mujer procede del varón, así también el varón (nace) por medio de la mujer; mas todas las cosas son de Dios. Juzgad por vosotros mismos: ¿Es cosa decorosa que una mujer ore a Dios sin cubrirse? ¿No os enseña la misma naturaleza que si el hombre deja crecer la cabellera, es deshonra para él? Mas si la mujer deja crecer la cabellera es honra para ella; porque la cabellera le es dada a manera de velo. Si, con todo eso, alguno quiere disputar, sepa que nosotros no tenemos tal costumbre, ni tampoco las Iglesias de Dios. 

De acuerdo a la enseñanza de San Pablo, las mujeres deben usar el velo como signo de que la gloria de Dios, no la propia, es el centro del culto. También como signo externo del reconocimiento y sumisión, de la autoridad, tanto de Dios como de los esposos (o de los padres, de acuerdo al caso), y del respeto a la presencia de los Santos Ángeles en la Divina Liturgia. En el uso del velo se refleja el orden divino invisible y lo hace visible. San Pablo presenta esto claramente como una ordenanza, ya que es la práctica de todas las iglesias.

Si se lee detalladamente este pasaje de la Biblia, podrá notarse que San Pablo nunca se sintió intimidado al romper tabúes innecesarios. Fue él quien enfatizó, una y otra vez, que la circuncisión y que la Ley Mosaica en su totalidad no eran necesarios. La tradición y las ordenanzas sobre el uso del velo son asuntos en los cuales San Pablo no estaba influenciado por su cultura. El velo es un símbolo tan relevante como la sotana del sacerdote y el hábito de la religiosa.

El velo es, también, un signo de modestia y castidad. En los tiempos del Antiguo Testamento, descubrir la cabeza de una mujer era visto como una forma de humillarla, o de castigar a las mujeres adúlteras y a las que transgredían la Ley (por ej. Núm. 5, 12-18; Is. 3, 16-17; Cantares 5, 7). Una mujer hebrea nunca hubiera ni siquiera soñado con entrar al Templo (o más tarde, la sinagoga) sin cubrirse la cabeza. Esta práctica, simplemente, continuó en la Iglesia Católica.

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AQUELLO QUE SE CUBRE CON VELO ES SAGRADO

Obsérvese lo que San Pablo dice: “si la mujer tiene el cabello largo le es una gloria. Pues a ella el cabello le es dado por velo”.

Las mujeres no usan velo por un cierto sentido “primordial” de vergüenza femenina; lo que cubren es su gloria, de tal manera que, en cambio, sea Dios glorificado.

Se cubren con un velo porque son sagradas, y porque la belleza femenina es increíblemente poderosa. Y para mayor credibilidad, obsérvese cómo la imagen de la mujer es usada para vender cualquier cosa, desde champú hasta autos usados.

Las mujeres necesitan entender el poder de la femineidad y actuar acorde a ello, siguiendo las reglas de la modestia en el vestir, incluyendo el uso del velo.

Mediante la renuncia de su gloria a la autoridad de sus maridos y de Dios, las mujeres se someten a ellos de la misma manera que la Santísima Virgen se sometió al Espíritu Santo (“que se haga en mí según Tu palabra”); el velo es un signo tan poderoso -y hermoso- como lo es cuando un hombre se pone de rodillas para pedir a su novia que se case con él.
 
Ahora, considérese qué otra cosa estaba cubierta con velo en el Antiguo Testamento: ¡el Santo de los Santos!

Leemos en Hebreos 9, 1-8:

También el primer pacto tenía reglamento para el culto y un santuario terrestre; puesto que fue establecido un tabernáculo, el primero, en que se hallaban el candelabro y la mesa y los panes de la proposición —éste se llamaba el Santo—;  y detrás del segundo velo, un tabernáculo que se llamaba el Santísimo,  el cual contenía un altar de oro para incienso y el Arca de la Alianza, cubierta toda ella de oro, en la cual estaba un vaso de oro con el maná, y la vara de Aarón que reverdeció, y las tablas de la Alianza;  y sobre ella, Querubines de gloria que hacían sombra al propiciatorio, acerca de lo cual nada hay que decir ahora en particular. Dispuestas así estas cosas, en el primer tabernáculo entran siempre los sacerdotes para cumplir las funciones del culto; mas en el segundo una sola vez al año el Sumo Sacerdote, solo y no sin sangre, la cual ofrece por sí mismo y por los pecados de ignorancia del pueblo; dando con esto a entender el Espíritu Santo no hallarse todavía manifiesto el camino del Santuario, mientras subsiste el primer tabernáculo.

El Arca de la Antigua Alianza era conservada detrás del velo del Santo de los Santos.

Y en la Santa Misa, ¿qué es lo que se conserva cubierto con un velo hasta el Ofertorio? El Cáliz, el vaso sagrado que contendrá la Preciosísima Sangre.
 
Y, entre Misas, ¿qué es lo que se encuentra cubierto con un velo? El Copón en el Sagrario, el vaso sagrado que contiene el mismo Cuerpo de Cristo.
 
Estos vasos de vida están cubiertos por un velo porque son sagrados.

¿Y a quién se ve cubierta siempre con un velo? ¿Quién es la Santísima, el Arca de la Nueva Alianza, el Vaso de la Verdadera Vida? Nuestra Señora, la Santísima Virgen María.
 
Al usar el velo, las mujeres la imitan y se afirman como mujeres, como vasos de vida.

Este solo acto, superficialmente pequeño, de cubrirse la cabeza con un velo, es:

Riquísimo en simbolismo: de sumisión a la autoridad; de entrega a Dios; de imitación a Nuestra Señora que expresó su ‘fiat’; de cubrir la gloria propia por la gloria de Dios; de modestia; castidad; de vasos de vida, como el Cáliz, el Copón y, especialmente, la Santísima Virgen María.

Una ordenanza apostólica –con profundas raíces en el Antiguo Testamento– y, por lo tanto, un asunto de intrínseca Tradición.

La forma en que las mujeres católicas han rendido culto durante dos milenios (y, aun cuando no sea una cuestión de la Sagrada Tradición en un sentido intrínseco, es, al menos, una cuestión de tradición eclesial, que debería también ser conservada). Es nuestra herencia, una parte de la cultura católica.

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San Ambrosio, en su Tratado sobre la Virginidad, relata el hecho histórico de una joven de la nobleza forzada por su familia al matrimonio. La joven huye hacia la iglesia, y junto al altar suplica al sacerdote que pronuncie sobre ella la oración de consagración de las vírgenes y le imponga como velo el lienzo del altar.

Él será para la joven el signo de su desposorio con Cristo. Ese velo, al igual que cubre el altar para el santo sacrificio, cubrirá el nuevo altar del corazón de la joven, donde ofrecerá el sacrificio diario de su virginidad como ofrenda de suave olor al Padre eterno.

¿Por qué el velo en la mujer?

Ya le hemos considerado, pero quiero apuntar, entre otras, tres razones:

1ª. Porque ella es hermosa. El velo le recuerda que no debe dejarse llevar por la concupiscencia de la belleza, ni arrastrar a otros. El velo es signo del pudor y recato, de la modestia en el ornato con que siempre ha de vivir y presentarse ante Dios.

2ª. Porque ella es madre. De una forma especial la mujer ha sido unida a la obra creadora de Dios por su propia maternidad. El velo le recuerda que su maternidad es sagrada, y por ello se cubre, para indicar que, al estar cubierta, el mundo no puede dañarla ni ella dejarse. Y, además, todo lo sagrada se cubre.

3ª. Por su maternidad espiritual. Este es un aspecto importantísimo y desconocido por la mujer. La mujer pudorosamente vestida, cubierta con su velo, en silencio orante, es fiel reflejo de la imagen de la Santísima Virgen que, con su silencio y su velo, oraba incesantemente por su Hijo y meditaba su obra redentora.

Con el signo distintivo de su velo, el recogimiento de la mujer dentro de la iglesia tiene un fruto riquísimo para la Iglesia, para la santidad sacerdotal, el sostenimiento moral y espiritual del clero y para el fomento de las vocaciones.

La maternidad espiritual es una grandísima y hermosísima vocación femenina, muy desconocida desgraciadamente, pero de un valor que me atrevería a decir de “estratégico” dentro de la Iglesia.
 
Nuestros tiempos hacen la renuncia explícita de esos tres valores.
Renuncia a la belleza, reemplazada por lo feo, lo carente de armonía, lo provocador, lo disonante, lo oscuro, lo agresivo.
La maternidad física es desplazada y despreciada, relegada por el éxito material, profesional, temporal, académico, económico. La maternidad es suplantada por el confort, la figura, la comodidad, el bienestar, los caprichos.

La maternidad espiritual es ignorada, y en su lugar queda una profunda e insondable esterilidad y frigidez espiritual que se encubre de activismo hueco que no deja huella en el alma de nadie.

Asistimos hoy al proceso de destrucción de la familia, la sociedad y la cultura. Un tiempo que desafía a Dios y repite y grita en cada gesto y en cada acción: “No queremos que este reine sobre nosotros”.

Todos sabemos hasta qué punto el ataque a la mujer, a su verdadero ser y condición es la causa de esta destrucción a la que asistimos. Toda tarea de restauración de la familia, la sociedad y la cultura deberá pasar por la recuperación del verdadero rol y dignidad de la mujer.

Pensemos en aquella tremenda y magnífica profecía de Santa Hildegarda de Bingen, fuerte en su plasticidad y significación, cuando escribe:

Vi una mujer de una tal belleza que la mente humana no es capaz de comprender. Su figura se erguía de la tierra hasta el cielo. Su rostro brillaba con un esplendor sublime. Sus ojos miraban al cielo. Llevaba un vestido luminoso y radiante de seda blanca y con un manto cuajado de piedras preciosas (…). Pero su rostro estaba cubierto de polvo, su vestido estaba rasgado en la parte derecha. También el manto había perdido su belleza singular y sus zapatos estaban sucios por encima. Con gran voz y lastimera, la mujer alzó su grito al cielo: “Escucha, cielo: mi rostro está embadurnado. Aflígete, tierra: mi vestido está rasgado. Tiembla, abismo: mis zapatos están ensuciados (…). Los estigmas de mi esposo permanecen frescos y abiertos mientras estén abiertas las heridas de los pecados de los hombres. El que permanezcan abiertas las heridas de Cristo es precisamente culpa de los sacerdotes. Ellos rasgan mi vestido porque son transgresores de la Ley, del Evangelio y de su deber sacerdotal. Quitan el esplendor de mi manto, porque descuidan totalmente los preceptos que tienen impuestos. Ensucian mis zapatos, porque no caminan por el camino recto, es decir por el duro y severo de la justicia, y también porque no dan un buen ejemplo a sus súbditos. Sin embargo, encuentro en algunos el esplendor de la verdad” Y escuché una voz del cielo que decía: “Esta imagen representa a la Iglesia. Por esto, oh ser humano que ves todo esto y que escuchas los lamentos, anúncialo a los sacerdotes que han de guiar e instruir al pueblo de Dios y a los que, como a los apóstoles, se les dijo: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación»”.

Su rostro, el que debía estar cubierto por un velo, está cubierto de polvo. ¿Ha perdido el pudor que la reservaba, la sacralidad que la preservaba? La imagen como dice Santa Hildegarda, es representación de la Iglesia, pero ¿podría ser también representación de la mujer caída de la dignidad que le otorgaba el cumplimiento fiel de la voluntad de Dios?

Pensemos en tantas “desveladas”, conocidas y desconocidas, cuyo mayor esfuerzo es, precisamente, la ruptura del orden, la ruptura de la fidelidad, la ruptura de la misión. Desveladas para no velar por nada que valga la pena; desveladas para impedir que otras tantas mujeres sean altar del Creador y lleven en su seno al fruto de verdadero amor.

Desde los años ’60 cundieron por el mundo, tanto en el campo liberal como en el socialista, las ideas de la “liberación” femenina. ¿Liberación de qué? Del rol principalísimo de la mujer como esposa y madre (no es casual que los años ‘60s fueran los años de la explosión de la píldora).

Liberación de la maternidad, liberación de la ternura, liberación de su lugar y su papel exclusivo, que nadie podría reemplazar. También a la Iglesia afectó esa idea, y la liberación tuvo su signo en la abolición práctica del velo. Sólo las religiosas lo mantuvieron (¡y ni tanto!) como signo de la maternidad espiritual (hoy también asistimos al “desvelamiento” de las religiosas; y el tiempo nos va diciendo de su infecundidad espiritual).

Pensemos en el significado de estar velada, cubierta, solemne, subrayando el misterio que se oculta debajo del velo. Pensemos en el desprecio de nuestros tiempos por el misterio hondo, alto. Todo debe ser explícito, todo debe ser mostrado.

Pero el ansia infantil de misterio, el afán del asombro y de la admiración existe; y entonces es suplantado por una caricatura: la literatura y el cine de misterio, suspenso, terror.

El misterio verdadero que oculta el velo, es el de esa mujer velada que somete libremente su voluntad, se entrega como la novia ante el altar y allí en lo secreto ofrece sus muchos y variados desvelos por el hijo, por cada hijo, por el esposo, por la vida que aún no late, por la vida que va creciendo y toma su rumbo, por los hijos espirituales, por los amigos.

El velo, al igual que cubre el altar para el santo sacrificio, cubre el altar del corazón de la mujer, donde ofrecerá el sacrificio diario de su virginidad o de su maternidad, el sacrificio diario de su fecundidad espiritual.
 
El falso feminismo, al que muchas mujeres han cedido, aparta a la mujer de su verdadera vocación a la maternidad y a la familia.

¡Cuánto daño sobrevino a la mujer y a la santidad de la Iglesia aquel día en que por primera vez entró sin su velo la mujer a la iglesia! Al quitarse el velo ya no pudo evitar quitarse otras prendas de su vestido. Y hoy vemos, con rubor y tristeza, la absoluta falta de pudor con que muchas mujeres entran en la iglesia.

Y como consecuencia desapareció aquel apoyo espiritual, aquella maternidad espiritual.

Mujer, mira el velo como el paño del altar de tu corazón; donde has de ofrecer cada día al Señor el sacrificio de tu vida entregada a tu familia; donde ofrezcas las ofrendas de tu pudor y modestia en el vestir; donde ofrezcas las ofrendas de tu maternidad o de tu virginidad, y en ambos casos las ofrendas de tu maternidad espiritual.

El velo es un honor para la mujer.

El velo es un honor para ti.

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Ver también:



MUJERES, CÚBRANSE LA CABEZA, AUN SI ESTÁN VISITANDO UNA PARROQUIA EN DONDE NO SE USE VELO Y SEAN LA ÚNICA MUJER QUE LO HAGA.

PERMANEZCAN FIELES A LA TRADICIÓN, A LA ESCRITURA, CON SU PROPIO DESEO DE ENTREGA A DIOS.

NO TEMAN…Y CARITATIVAMENTE ANIMEN A OTRAS MUJERES A HACER LO MISMO, ENSEÑÁNDOLES LO QUE EL VELO SIGNIFICA.

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jueves, 11 de junio de 2026

LA TRAVESÍA

 

“La vida es tu navío, no tu morada”, decía Santa Teresita del Niño Jesús, y con esta frase nos invitaba a reflexionar sobre la naturaleza transitoria de nuestra existencia terrenal. La vida, según esta metáfora, es como un barco en el que navegamos, una travesía llena de experiencias, aprendizajes y desafíos. No debemos apegarnos demasiado a este mundo, ya que nuestra verdadera morada, el destino final al que estamos llamados, es el cielo. Este pensamiento nos anima a vivir con esperanza y propósito, recordándonos que nuestra meta última es la unión con Dios en la eternidad, y que todas nuestras acciones y decisiones deben orientarse hacia ese fin trascendental.


miércoles, 10 de junio de 2026

Y ESTABA ALLÍ… LA MADRE DE JESÚS.

 


Y donde Ella está, están la tranquilidad, la alegría, la seguridad.
Y allí estaba Ella con su mirada vigilante y caritativa, solícita y amorosa.
Los recién desposados, los invitados, disfrutaban alegres de las fiestas de aquel día de bodas.
Mientras tanto, Ella se preocupaba de que no faltara nada a la alegría de aquel sencillo regocijo.
¡Y con que discreta solicitud, con que amorosa prudencia ejercita su oficio!
Va a faltar el vino, Ella lo prevé.
Más no se contenta con preverlo.
Su corazón se conmueve, ¿cómo permitir que la alegría de aquellos sencillos esposos se perturbe y que el bochorno de la imprevisión los avergüence? ¡No! Y busca solícita el remedio a aquella necesidad.
Su Hijo está allí.
Ella conoce muy bien su corazón.
Y se acerca, discreta y amorosa: Vinum non habent: No tienen vino.
La respuesta de Jesús parece a primera vista negativa. Pero no.
Está María tan cierta de haber sido escuchada, que, sin esperar, da la orden a los sirvientes: “Haced cuanto Él os dijere”.
Y el milagro se hace, a petición de María, y el agua se convierte en vino.
Vino abundante, delicioso, exquisito, el mejor del convite.
La necesidad se ha remediado y con tanta discreción, que el maestresala mismo no se ha dado cuenta de lo que ha sucedido.
¡Oh María! Donde estás Tú no puede faltar nada.
Tú eres la omnipotencia suplicante. Y tu palabra adelanta la hora de los milagros de Jesús.
Por eso mi confianza en Tí no puede tener límites.
Basta abrir mi corazón, y que aparezcan los vacíos que hay en él; me falta humildad, y me hace falta caridad para con mis hermanos, y me hace falta sinceridad conmigo mismo, y me falta amor a mi Dios, y me falta... 
Más tú ves todas esas deficiencias, todas esas miserias. Y tú corazón se conmueve. Y pides a tu Hijo por mí.
Tu oración todo lo alcanza. Por eso mis deficiencias no me desalientan ni ese vacío inmenso de mi corazón me causa vértigo. Tú quieres colmar ese vacío y remediar esas miserias.
Mas quieres que yo coopere en la medida de mis pobres fuerzas.
Y a mí como a los servidores de Caná, me dices también: “Haz cuanto Él te dijere”.
En Caná, los servidores llenaron de agua los cántaros.
Yo pondré el agua de mis lágrimas, que es lo único que tengo.
Eso basta. Y que llene hasta el borde mi pobre corazón.
Esas lágrimas se transformarán.
Y el vino de la alegría, de la paz, de la confianza, llenará mi corazón.

Alberto Moreno S.I.
ENTRE ÉL Y YO

lunes, 8 de junio de 2026

LA VOZ DE SANTA CATALINA DE SIENA QUE INTERPELABA A LOS OBISPOS DE SU TIEMPO ES PERFECTAMENTE APLICABLE A NUESTRA REALIDAD



«Que la severa palabra de la Verdad no se dirija a vosotros cuando Ella dijo: “¡Malditos seáis por guardar silencio!”».

Desde las profundidades de los siglos, el clamor de Santa Catalina es dirigido a obispos y cardenales que presencian en silencio la matanza de almas perpetrada hoy con su silencio cómplice…

"¡Pobre de mí! ¡Pobre de mí! ¡Alma mía desdichada! Abre los ojos y mira atentamente la perversidad de la muerte que ha entrado en el mundo, y especialmente en la Santa Iglesia, el cuerpo místico de Jesús.

¡Pobre de mí! ¡Que tu corazón y tu alma estallen al ver tantas ofensas cometidas contra Dios! Mira, Padre, que el diablo, el lobo infernal, rapta a los hombres, a las ovejas que pastan en el huerto de la Santa Iglesia; y no hay nadie que se mueva para arrebatárselas de la boca. Los pastores duermen en su amor propio, en la misma avaricia y vileza; Y están tan embriagados de orgullo que duermen y ni siquiera se sienten, aun cuando ven que el diablo, el lobo infernal, les roba la vida de gracia, incluso a aquellos que les han sido confiados. No les importa: y todo esto se debe a la perversidad de su amor propio. ¡Cuán peligroso es el amor propio en obispos, sacerdotes y en el pueblo que les ha sido confiado!

Eres obispo; si te dejas llevar por el amor propio, no corriges los defectos que ves en quienes te han sido confiados: porque si te amas a ti mismo por ti mismo, caes en el respeto de los hombres y, por lo tanto, no intervienes para corregir. Si te amaras por amor a Dios, en cambio, no temerías el respeto de los hombres; con valentía, con un corazón fuerte, corregirías los defectos y no guardarías silencio ni fingirías no verlos.

Querido Padre, quiero que te liberes del amor propio. Te ruego que vivas de tal manera que la Verdad no te dirija esa palabra severa y reprochadora, cuando dijo: «Maldito seas por haber guardado silencio».

¡Ay de mí! ¡No calles más! ¡Clama con cien mil lenguas! Veo que, por el silencio, el mundo está en ruinas, y la santa Iglesia, la Esposa de Jesús, se ha vuelto pálida y ha perdido su color, porque le han robado la sangre: la sangre de Jesús, que nos fue dada por gracia..., es robada por malos pastores por orgullo para su propio beneficio, arrebatándole la gloria que le corresponde a Dios y dándosela a sí mismos. Roban con simonía, vendiendo los dones y gracias que nos fueron dados por gracia, al precio de la sangre del Hijo de Dios. […]".

Santa Catalina de Siena, Carta 16, A un obispo.

viernes, 5 de junio de 2026

SECUENCIA por Santo Tomás de Aquino

 

SECUENCIA por Santo Tomás de Aquino 

Alaba, alma mía, a tu Salvador, que es tu Pastor y guía. Alabémoslo con himnos y cánticos.

Pregona su gloria cuanto puedas, porque Él está sobre toda alabanza, y jamás podrás alabarlo bastante.

Gustosos hoy aclamamos a Cristo, que es nuestro Pan, pues Él es el Pan de Vida, que nos da vida inmortal.

Doce eran los que cenaban y les dio Pan a los doce. Doce entonces los comieron, y, después, todos los hombres.

Sea, pues llena, sea sonora, sea alegre, sea pura la alabanza de nuestra alma.

Hoy celebramos con gozo la gloriosa institución de este banquete divino, el Banquete del Señor.

Ésta es la nueva Pascua, Pascua del único Rey, que pone fin a la pascua antigua.

Lo viejo cede ante lo nuevo, la sombra ante la realidad, y la luz ahuyenta la noche.

Lo que Jesucristo hizo en la cena, mandó que se haga en memoria suya 

Enseñados con sus santos mandatos, consagramos el  pan y el vino, en sacrificio de salvación.

Es un dogma del cristiano que el pan se convierte en Carne, y lo que antes era vino queda convertido en Sangre.

Hay cosas que no entendemos, pues no alcanza la razón; mas, si con fe las vemos, entrarán al corazón.

Bajo diversas  especies, que son accidente y no sustancia, están ocultos los dones más preciados.

Su Sangre es nuestra bebida; su Carne, nuestro alimento; más Cristo está todo entero bajo cada especie.

Quien los come, no lo rompe, no lo parte ni divide; Él es el todo y la parte; vivo está todo entero en quien lo recibe.

Puede ser tan sólo uno el que se acerca al altar,  o pueden ser multitudes: Cristo no se acabará, pues no se consume al ser tomado.

Lo comen buenos y malos; más con suerte desigual de vida o de muerte.

Es muerte para los malos y vida para los buenos. ¡Qué efecto tan diferente tiene la misma comida!

Cuando se divida el Sacramento, no vaciles, sino recuerda que Jesucristo tan entero está en cada parte como antes en el todo.

No se parte la sustancia, se rompe solo la señal; ni el ser ni el tamaño se reducen de Cristo presente.

He aquí el pan de los ángeles, hecho viático nuestro verdadero pan de los hijos, no lo echemos a los perros.

Figuras lo representaron: Isaac, el inocente, con el cordero de la Pascua y el misterioso maná.

Tú, que todo lo sabes y puedes, que nos apacientas aquí siendo aún mortales, haznos allá tus comensales, coherederos y compañeros de los santos ciudadanos.

Amén.



jueves, 4 de junio de 2026

HOY, JUEVES DE CORPUS CHRISTI, OBLIGA LA ASISTENCIA A MISA AL MENOS EN MÉXICO


EN OTROS PAÍSES LOS FIELES DEBEN INVESTIGAR SI ES DE PRECEPTO



Explicación de la fiesta

Corpus Christi es la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo, de la presencia de Jesucristo en la Eucaristía.

Este día recordamos la institución de la Eucaristía que se llevó a cabo el Jueves Santo durante la Última Cena, al convertir Jesús el pan y el vino en su Cuerpo y en su Sangre.

Es una fiesta muy importante porque la Eucaristía es el regalo más grande que Dios nos ha hecho, movido por su querer quedarse con nosotros después de la Ascensión.

Origen de la fiesta:

Dios utilizó a santa Juliana de Mont Cornillon para propiciar esta fiesta. La santa nace en Retines cerca de Liège, Bélgica en 1193. Quedó huérfana muy pequeña y fue educada por las monjas Agustinas en Mont Cornillon. Cuando creció, hizo su profesión religiosa y más tarde fue superiora de su comunidad. Por diferentes intrigas tuvo que irse del convento. Murió el 5 de abril de 1258, en la casa de las monjas Cistercienses en Fosses y fue enterrada en Villiers.

Juliana, desde joven, tuvo una gran veneración al Santísimo Sacramento. Y siempre añoraba que se tuviera una fiesta especial en su honor. Este deseo se dice haberse intensificado por una visión que ella tuvo de la Iglesia bajo la apariencia de luna llena con una mancha negra, que significaba la ausencia de esta solemnidad.

Ella le hizo conocer sus ideas a Roberto de Thorete, el entonces obispos de Liège, también al docto Dominico Hugh, más tarde cardenal legado de los Países Bajos; a Jacques Pantaleón, en ese tiempo archidiácono de Liège, después obispo de Verdun, Patriarca de Jerusalén y finalmente al Papa Urbano IV. El obispo Roberto se impresionó favorablemente y como en ese tiempo los obispos tenían el derecho de ordenar fiestas para sus diócesis, invocó un sínodo en 1246 y ordenó que la celebración se tuviera el año entrante; también el Papa ordenó, que un monje de nombre Juan debía escribir el oficio para esa ocasión. El decreto está preservado en Binterim (Denkwürdigkeiten, V.I. 276), junto con algunas partes del oficio.

El obispo Roberto no vivió para ver la realización de su orden, ya que murió el 16 de octubre de 1246, pero la fiesta se celebró por primera vez por los cánones de San Martín en Liège. Jacques Pantaleón llegó a ser Papa el 29 de agosto de 1261. La ermitaña Eva, con quien Juliana había pasado un tiempo y quien también era ferviente adoradora de la Santa Eucaristía, le insistió a Enrique de Guelders, obispo de Liège, que pidiera al Papa que extendiera la celebración al mundo entero.

Urbano IV, siempre siendo admirador de esta fiesta, publicó la bula “Transiturus” el 8 de septiembre de 1264, en la cual, después de haber ensalzado el amor de nuestro Salvador expresado en la Santa Eucaristía, ordenó que se celebrara la solemnidad de “Corpus Christi” en el día jueves después del domingo de la Santísima Trinidad, al mismo tiempo otorgando muchas indulgencias a todos los fieles que asistieran a la santa misa y al oficio. Este oficio, compuesto por el doctor angélico, Santo Tomás de Aquino, por petición del Papa, es uno de los más hermosos en el breviario Romano y ha sido admirado aun por Protestantes.

La muerte del Papa Urbano IV (el 2 de octubre de 1264), un poco después de la publicación del decreto, obstaculizó que se difundiera la fiesta. Pero el Papa Clemente V tomó el asunto en sus manos y en el concilio general de Viena (1311), ordenó una vez más la adopción de esta fiesta. Publicó un nuevo decreto incorporando el de Urbano IV. Juan XXII, sucesor de Clemente V, instó su observancia.

Ninguno de los decretos habla de la procesión con el Santísimo como un aspecto de la celebración. Sin embargo estas procesiones fueron dotadas de indulgencias por los Papas Martín V y Eugenio IV y se hicieron bastante comunes en a partir del siglo XIV.

La fiesta fue aceptada en Cologne en 1306; en Worms la adoptaron en 1315; en Strasburg en 1316. En Inglaterra fue introducida de Bélgica entre 1320 y 1325. En los Estados Unidos y en otros países la solemnidad se celebra el domingo después del domingo de la Santísima Trinidad.

En la Iglesia griega la fiesta de Corpus Christi es conocida en los calendarios de los sirios, armenios, coptos, melquitas y los rutinios de Galicia, Calabria y Sicilia.

El Concilio de Trento declara que muy piadosa y religiosamente fue introducida en la Iglesia de Dios la costumbre, que todos los años, determinado día festivo, se celebre este excelso y venerable sacramento con singular veneración y solemnidad, y reverente y honoríficamente sea llevado en procesión por las calles y lugares públicos. En esto los cristianos atestiguan su gratitud y recuerdo por tan inefable y verdaderamente divino beneficio, por el que se hace nuevamente presente la victoria y triunfo de la muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

Tere Valles
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Tradiciones mexicanas de Corpus Christi

Esta fiesta tradicional data del año 1526. Se acostumbra rendir culto al Santísimo Sacramento en la Catedral de México. El centro de la festividad era la celebración solemne de la Misa, seguida de una imponente procesión que partía del Zócalo, en la que la Sagrada Eucaristía, portada por el arzobispo bajo palio, era escoltada por autoridades virreinales, cabildo, cofradías, ejército, clero y pueblo. Había también representaciones teatrales alusivas, música y vendimia especial.

Los campesinos traían en sus mulas algunos frutos de sus cosechas para ofrecérselas a Dios como señal de agradecimiento. Esto dio origen a una gran feria que congregaba artesanos y comerciantes de distintos rumbos del país, que traían mercancías a lomo de mula (frutos de la temporada y artesanías que transportaban en guacales).

Cuentan que un hombre, llamado Ignacio, tenía dudas acerca de su vocación sacerdotal y un jueves de Corpus le pidió a Jesucristo que le enviara una señal. Al Pasar el Santísimo Sacramento frente a Ignacio en la procesión, Ignacio pensó: "Si ahí estuviera presente Dios, hasta las mulas se arrodillarían" y, en ese mismo instante, la mula del hombre se arrodilló. Ignacio interpretó esto como señal y entregó su vida a Dios en el sacerdocio y se dedicó para siempre a transmitir a los demás las riquezas de la Eucaristía.

Así fue como surgieron las mulitas elaboradas con hojas de plátano secas con pequeños guacales de dulces de coco o de frutas, de diversos tamaños.

Ponerse una mulita en la solapa o comprar una mulita para adornar la casa, significa que, al igual que la mula de Ignacio, nos arrodillamos ante la Eucaristía, reconociendo en ella la presencia de Dios.

Esta fiesta se celebra cada año el jueves después de la Santísima Trinidad. Se lleva a cabo en la Catedral y los niños se visten de inditos para agradecer la infinita ternura de Jesús. Se venden mulitas con gran colorido.

Fuente: www.corazones.org y catholic.net

miércoles, 3 de junio de 2026

EL VESTIDO ES PARA CUBRIR, NO PARA SUGERIR O MOSTRARSE


"...El bien de nuestra alma es más importante que el corporal; y debemos preferir el bienestar espiritual de nuestro prójimo a las comodidades de nuestro cuerpo...

Si cierto tipo de vestido constituye una ocasión grave y próxima de pecado, y pone en peligro la salvación de tu alma y la de otros, es tu deber abandonarlo...".

Papa Pío Xll


martes, 2 de junio de 2026

ROMANCE DE LA VERÓNICA

 


ROMANCE DE LA VERÓNICA 


Supo por donde pasaba 

por la turba y el clamor,

y más de cerca por un

chasquido desgarrador...


Iba transida de pena

queriendo ver al Señor,

pasó abriéndose entre todos,

los que amaban, los que no...


Por la punta de la cruz 

meciéndose lenta por

entre el cortejo se guiaba

del triste cordero en pos...


-Verónica, ¿qué no has miedo 

de esta manada feroz

que la atraviesas sin ver?

-¡No, yo sólo sé mi amor!..


Huyeron sus bien amados

transidos por el temor:

mírale qué solo va

sin quien clame a su favor,

pagado es el que le ayuda

de la cruz el peso atroz,

y así va desfallecido

sin quien le haya compasión;

sin que ninguno de aquellos 

que tan tiernamente amó,

un refrigerio le dé

rumbo a la crucifixión...


-¿Y tú, mujer, que no has miedo 

del látigo que el sayón

puede descargar en ti?

-¡No, yo sólo sé mi amor!..


Valiente en el desafío,

veloz en la decisión,

llega Verónica al fin

a hallarse frente al Señor...


Su cárdena faz contempla

llena de sangre y sudor,

de lágrimas y del polvo 

de las caídas que dió...

Míranle aquellos dos ojos

diciéndole su dolor,

y abrírsele siente el pecho 

y herírsele el corazón...

Hay un momento terrible:

lanzas en expectación, 

y látigos, hay en torno 

del doloroso Varón...


-Verónica, ¿qué no has miedo 

del palacio del pretor;

de un juicio por nazarena?

-¡No, yo sólo sé mi amor..!


Antes que nadie lo piense 

sin tiempo que digan "no",

rápido quítase el velo

y enjuga el rostro al Señor...

Cuando quisieron, ya estaba 

hecho el arrojo de amor,

y la faz resplandecía 

de heridas limpias al sol...


Corre Verónica huyendo,

corre en pos de su rincón, 

contra su pecho el pañuelo 

tinto en la sangre de Dios;

y al extenderlo por fin 

para besarlo mejor,

halla que su faz ahí

Jesús doliente estampó...


Ya nada quiere saber 

Verónica en derredor;

ya nada puede mirar,

ya su vivir olvida;

tan solo llora y suspira,

y estrecha en su corazón

una pintura de sangre,

de llanto, polvo y sudor,

y si la llaman alguna 

cosa a saber, bajo el sol,

ella llorando responde:

-¡No, yo sólo sé mi amor!..


"Cena de Amor" de Gloria R de Wolff