jueves, 26 de febrero de 2026

LA FAMILIA QUE REZA UNIDA DIARIAMENTE EL ROSARIO TIENE GARANTIZADA MORALMENTE SU SALVACIÓN ETERNA




¿Queréis que toda vuestra familia se reencuentre en el cielo? Leed estas líneas.

¿Queréis lograr esa sublime aspiración? ¿Queréis que no falte un solo miembro de vuestra familia en el cielo? Os voy a dar la fórmula para alcanzarla: rezad el rosario en familia todos los días de vuestra vida. La familia que reza el rosario todos los días tiene garantizada moralmente su salvación eterna, porque es moralmente imposible que la Santísima Virgen, la Reina de los cielos y tierra, que es también nuestra Reina y Madre dulcísima, deje de escuchar benignamente a una familia que la invoca todos los días, diciéndole cincuenta veces con fervor y confianza: “Ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”. Es moralmente imposible, señores, lo afirmo terminantemente en nombre de la teología católica.

La Virgen no puede desamparar a esa familia. Ella se encargará de hacerles vivir cristianamente y de obtenerles la gracia de arrepentimiento si alguna vez tiene la desgracia de pecar. Es cierto que el que muere en pecado mortal se condena, aunque haya rezado muchas veces el rosario durante su vida. Eso, desde luego. El que muere en pecado mortal se condena, aunque haya rezado muchas veces el rosario. ¡Ah!, pero lo que es moralmente imposible es que el que reza muchas veces el rosario acabe muriendo en pecado mortal. La Virgen no lo permitirá. Si rezáis diariamente, y con fervor, el rosario, si invocáis con filial confianza a la Virgen María, Ella se encargará de que no muráis en pecado mortal. Dejaréis el pecado; os arrepentiréis, viviréis cristianamente y moriréis en gracia de Dios.

El rosario bien rezado diariamente es una patente de eternidad, ¡un seguro del cielo! No os lo dice un dominico entusiasmado porque fue Santo Domingo de Guzmán el fundador del rosario. No es esto. Os lo digo en nombre de la teología católica, señores. 

¡Rezad el rosario en familia todos los días de vuestra vida y os aseguro terminantemente, en nombre de la Virgen María, que lograréis reconstruir toda vuestra familia en el cielo! ¡Qué alegría tan grande al juntarnos otra vez para nunca más volvernos a separar!

“EL MISTERIO DEL MÁS ALLÁ”
Antonio Royo Marín. O.P.

miércoles, 25 de febrero de 2026

EL DEMONIO DE LA ACEDIA



Por Diego Casanueva Rivero 

La vida cristiana está ordenada al gozo del bien divino y a la participación anticipada del Cielo por la acción santificadora del Espíritu Santo. Sin embargo, el hombre puede apartarse voluntariamente de ese gozo, rechazar el bien divino y consentir el pecado de la acedia. Santo Tomás de Aquino la define como una tristeza que aleja del bien divino, y por ello la considera pecado capital, pues ataca directamente a la caridad, que es la amistad sobrenatural entre Dios y el hombre (Suma Teológica, II-IIæ, q.35).

La acedia no se presenta de forma estridente, sino silenciosa y progresiva. Comienza con un desorden en el amor a sí mismo y a las creaturas, poniendo por encima de Dios la comodidad, la seguridad o el éxito humano. Así endurece el corazón, genera inconstancia, aversión al propio deber de estado y abandono de los medios que conducen al fin sobrenatural. San Gregorio Magno le atribuye seis hijas: malicia, rencor, pusilanimidad, desesperación, indolencia respecto a los mandamientos y divagación de la mente por lo ilícito (Suma Teológica, II-IIæ, q.35, art. 4).

Evagrio Póntico la llama el “demonio de mediodía”, porque ataca cuando el peso de la rutina, la fatiga y la lejanía del término debilitan la voluntad, impulsando a huir de la perseverancia y de los compromisos asumidos con Dios. Se manifiesta tanto en la jornada diaria como en etapas decisivas de la vida, cuando el gozo en la asiduidad del amor de Dios se ve oscurecido.

En la vida religiosa, la acedia actúa como la describe Evagrio: genera aversión a la celda, al lugar y al propio estado de vida, insinuando que en otro sitio se serviría mejor a Dios. Así se debilita el gozo en la oración y se introduce la tentación de abandonar la perseverancia, bajo pretextos aparentemente espirituales.

En los laicos, la acedia se dirige contra el deber de estado, haciendo que el trabajo, la vida familiar o las obligaciones cotidianas se perciban como cargas.

 El demonio sugiere evasiones y cambios no para un bien mayor, sino para huir de la constancia en el bien propio de la vocación recibida.

De modo semejante a lo que describe Evagrio en el monje —cuando, entre la cuarta y la octava hora, el cansancio, la rutina y la lejanía del término suscitan el deseo de abandonar la celda—, en ocasiones -no es una regla- la acedia se presenta con particular fuerza en la media vida, entre los cuarenta y los cincuenta años. En ese momento surgen reproches por lo no alcanzado o autosuficiencia por la experiencia, el deber de estado se vuelve pesado y aparece la tentación de abandonar los compromisos asumidos con Dios, fruto de una tristeza interior que impulsa a huir de la perseverancia.

En este contexto, la oración ocupa un lugar decisivo: es el acto por el cual el alma permanece unida al bien divino. Cuando se descuida, la tristeza acédica encuentra terreno fértil; cuando se persevera en ella, aun sin consuelo sensible, se mantiene viva la fe, se robustece la esperanza y la caridad conserva su dinamismo sobrenatural.

La acedia endurece el corazón para los actos de caridad y conduce a los extremos de la presunción y la desesperación, con una religiosidad que admira sin imitar y pide perdón sin penitencia. Se concreta en ociosidad, somnolencia, indiscreción de la mente, desasosiego del cuerpo, inestabilidad y curiosidad, convirtiéndose en pecados contra la perseverancia gozosa en la caridad. En contraste, la caridad es constante y fiel porque tiene a Dios como fundamento; la acedia, en cambio, genera odio respecto al fin y abandono de los medios para alcanzarlo.

Este mal se ve reforzado por una visión moderna del hombre —racionalista, liberal y humanista— que relativiza la verdad, absolutiza la autonomía y debilita el sentido del fin último. Así, la acedia se vuelve un mal contagioso que corroe familias y comunidades bajo apariencias de normalidad, mientras apaga silenciosamente el gozo espiritual.

*Indicios de la acedia:*
– Aversión al propio deber de estado.
– Negligencia o excesos en la vida religiosa o matrimonial.
– Desánimo general y crisis vocacional.

*Remedios y auxilios:*
– Perseverar en la Santa Misa y los sacramentos.
– Oración fiel y constante.
– Responder al mal pensamiento con la Sagrada Escritura.
– Equilibrio entre oración, trabajo y descanso.
– Perseverancia fiel.
– Dirección espiritual y buenas amistades.

*Conclusión*
La acedia no es una simple fatiga anímica, sino una tristeza que mata silenciosamente la vida del alma. Frente a ella, la Iglesia propone volver al bien divino, perseverar en la caridad y comenzar a vivir el Cielo en esta vida. Unidos a la Cruz y alimentados por la Eucaristía, la oración y la comunión con Cristo y el prójimo son nuestra fuerza para combatir al demonio de la acedia, porque la caridad no desaparece nunca (1 Cor 13,8).

*Bibliografía*
– Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-IIæ, qq. 23 y 35.
– San Gregorio Magno, doctrina sobre los vicios capitales.
– Evagrio Póntico, Tratado Práctico.
– Pío XII, Mystici Corporis Christi.
– Sagrada Escritura: Mt 6, 9-13; 1 Cor 13; Flp 3, 20; Ef 6, 11-12; 1 Jn 4, 20-21.

martes, 24 de febrero de 2026

DÍA DE LA BANDERA MEXICANA



24 de febrero de 1821. Agustín de Iturbide proclama el Plan de Iguala enarbolando la bandera de las tres garantías, considerada como el primer lábaro patrio de México. 

 El Plan de Iguala fue un acto de acuerdo político, sumamente complejo en sus consecuencias, aunque simple en su fraseo, que unió insurgentes y realistas, criollos y españoles. La fuerza fundamental del Plan de Iguala fue lo que hizo posible el consenso necesario para la independencia.

 Los puntos principales del Plan de Iguala fueron llamados "las Tres garantías", y estos eran: "la religión, la independencia y la unión de todos los mexicanos". Un nuevo ejército, denominado Ejército Trigarante, sería el encargado de llevar a cabo este plan y sería identificado con una nueva bandera. 

 Iturbide decidió darle a cada una de las garantías un color distintivo y ordenó al sastre José Magdaleno Ocampo que confeccionara una bandera con franjas dispuestas en forma diagonal y con una estrella en cada una. En primer lugar aparecía el blanco que simbolizaba la pureza de la religión católica; al centro, se encontraba el verde que representaba la independencia, y al final el rojo, símbolo de unión entre criollos, españoles, indios, africanos, mulatos, asiáticos y todo tipo de castas surgidas de la mezcla racial que se dio en los tres siglos. Posteriormente cambió el orden de los colores tal como se encuentran actualmente.

 Erróneamente (y también con mala fe) se ha considerado a Vicente Guerrero como coautor del Plan de Iguala, creador de la bandera y copartícipe en la proclama el 24 de febrero de 1821, siendo que por primera vez, Iturbide y Guerrero se reúnen el 10 de marzo de 1821, días después de la creación de la bandera, así como de la proclama del Plan de Iguala y de la jura de dicho plan, el 2 de marzo.

 Lucas Alamán, “Historia de Méjico”, Tomo V: 

"Casi todos los escritores cometen el error de suponer, que Iturbide tuvo una conferencia con Guerrero antes de la publicación del Plan de Iguala. Esto es falso: Iturbide nunca vio a Guerrero, hasta estar en marcha hacia el bajío" pág. 76. 

 "En Teloloapan se presentó Guerrero a Iturbide, como se lo había anunciado en carta escrita desde el campo del gallo el 9 de marzo, en que le decía: "mañana muy temprano marcho sin falta de este punto para el de Ixcatepec, y en breve tendrá V.S. A su vista, una parte del ejército de las tres garantías, del que tendré el honor de ser un miembro y de presentármele con la porción de beneméritos hombres que acaudillo, como un subordinado militar. Esta será la más relevante prueba que confirme lo que le tengo ofrecido, advirtiendo que mi demora ha sido indispensable para arreglar varias cosas, como le informará el militar d. José Secundino Figueroa, que pondrá ésta en manos de V.S., y con el mismo espero su contestación" pág. 119.

 "En efecto, Guerrero se adelantó hasta las inmediaciones de aquel punto, y dejando a su gente acampada en una altura, entre su campo y el pueblo tuvo su primera entrevista con Iturbide". Pág. 119.

 Armando Herrera L.


 Manuscrito: 


 Artículo: 

lunes, 23 de febrero de 2026

ORACIÓN A LA VIRGEN DE GUADALUPE POR LA PAZ EN MÉXICO



«¡Oh Virgen Inmaculada, Madre del verdadero Dios y Madre de la Iglesia!. Tú, que desde tu Tepeyac manifiestas tu clemencia y compasión a todos los que solicitan tu amparo. 

Acudimos a ti, Reina de México y Madre de las Américas, para pedirte, Madre amorosa, que alcances la paz, la justicia y la prosperidad para nuestra nación. Tú conoces bien el dolor, el miedo y la inseguridad que afligen a tus hijos. 

Te pedimos, Señora nuestra, que cubras a México con tu manto sagrado y protejas a nuestras familias, niños y jóvenes. Cambia los corazones de quienes provocan sufrimiento y muerte, dales el don de la conversión y enséñanos a todos a ser promotores de justicia y paz. 

Madre Santísima, ante ti traemos nuestras preocupaciones y luchas, confiando en tu intercesión ante tu Hijo Jesús para encontrar refugio y consuelo. Que la verdadera paz, que viene de tu Hijo, inunde nuestros hogares y nuestra tierra. 

Amén.

sábado, 21 de febrero de 2026

LA SILLA, LA CUNA Y LA CRUZ


 
Óscar Méndez Oceguera

Hay un dolor que no entra por la puerta: se mete por los rincones. No viene de golpe, no hace escándalo, no pide permiso. Simplemente, un día, la casa deja de abrazar. La luz sigue cayendo sobre el piso, las ventanas siguen abriéndose al mismo cielo, el reloj sigue cumpliendo su oficio de contar lo que se va; pero el corazón descubre algo que no sabía: que existen habitaciones que, sin madre, se vuelven intemperie.

La orfandad no se anuncia. Se posa.

Primero es una pequeñez: un vaso que nadie toma, una silla que no rechina, un trapo doblado con una exactitud que parece ofender, una prenda colgada como si el tiempo pudiera arrepentirse. Después es el aire: el aire pierde su calor, como si la respiración tuviera que aprender a sostenerse sola. Y al final es uno mismo: uno se sorprende caminando con una ligera inclinación hacia el vacío, como quien se acostumbra a cargar una ausencia en el pecho.

La madre —antes de ser un nombre— es un clima. Es esa paz concreta que no se argumenta: se recibe. La madre es el primer lugar donde el mundo no exige credenciales. Allí el llanto no es un delito; el miedo no es vergüenza; el hambre no es fracaso. La madre es el primer “aquí” del universo: aquí estás, aquí cabes, aquí no tienes que defenderte de existir.

Por eso, cuando falta, no solo falta alguien: falta la certeza de ser esperado.

Y esa certeza, cuando se rompe, deja una herida que no respeta edades. Hay huérfanos con barba, con corbata, con hijos propios. El niño interior no envejece: sigue buscando la misma voz. Sigue esperando, en algún pliegue del día, una mirada que diga “descansa”. Por eso hay sonrisas que funcionan como lámparas y, por dentro, hay un frío que no se ve. Por eso hay personas que hablan con soltura y, al cerrar una puerta en la noche, sienten que el silencio no descansa: destierra.

La orfandad es eso: un destierro invisible.

Y hay una orfandad todavía más honda —más antigua que los cementerios— que se instala cuando el hombre aprende a sospechar de la vida. Cuando el mundo le insinúa, sin decirlo, que la existencia es un préstamo que hay que justificar. Que lo frágil estorba. Que lo pequeño “complica”. Que el dolor no se acompaña: se administra. Esa orfandad original es la enfermedad secreta de nuestro tiempo: la convicción de que, al final, cada quien está solo y el amor es un contrato.

Cuando una sociedad empieza a creer eso, cambia su manera de hablar. Cambia su manera de mirar. Y entonces lo pequeño deja de ser sagrado y se vuelve “caso”. Lo dependiente deja de ser protegido y se vuelve “carga”. Lo inocente deja de ser inviolable y se vuelve “opción”.

Y ahí, sin estruendo, aparece la inversión que hiela la sangre: la cuna vacía por decisión.

Porque hay una cuna vacía que el mundo entiende. La entiende porque la muerte, cuando llega, no pide permiso. La madre falta, el niño queda al borde, y aun el corazón más endurecido baja la voz. Esa orfandad —la clásica— tiene algo que la sociedad todavía reconoce: el dolor legítimo, la desgracia incontestable, la herida que nadie quiso.

Pero existe otra cuna vacía ante la que la sociedad no baja la voz, sino que aprende a sonreír con vocabulario limpio. No se inclina: se justifica. No llora: discute. No acompaña al inocente: lo borra del idioma para no escucharlo.

Se le cambia el nombre a la realidad para poder tocarla sin temblar.

Se dice “interrupción”, “procedimiento”, “derecho”. Se habla como se habla de una puerta que se cierra o de un trámite que se resuelve. Y esa frialdad, esa normalidad, es parte del espanto: la manera en que el mundo se acostumbra a lo intolerable.

Porque lo que ocurre en el aborto no es solo que un niño muera.

Lo que ocurre es que el vínculo más íntimo —el vínculo que debería ser umbral— se convierte en frontera mortal. Que el lugar donde la vida es acogida se vuelve el lugar donde la vida es negada. Que la palabra “madre”, que en el imaginario humano significa protección, queda atravesada por una posibilidad que antes habría parecido monstruosa: la posibilidad de no dejar entrar.

Y aquí está la nueva orfandad: no la del hijo que pierde a su madre por la muerte, sino la del hijo que no llega a tener madre porque no llega a tener mundo.

Esa orfandad es más perversa por una razón simple: no deja memoria. No deja fotografía. No deja nombre pronunciado en voz alta. No deja un nicho donde ir los domingos. No deja siquiera un lugar social para el duelo. Es una orfandad sin rito, sin lágrimas públicas, sin reconocimiento. Un vacío que se pretende llamar “solución”.

Y cuando la sociedad llama solución al vacío, el corazón se rompe de otra manera. No como se rompe ante la desgracia, sino como se rompe ante una injusticia que además se celebra.

Aquí no basta decir: “duele”.

Aquí hay que decir: se ha quebrado la justicia.

Porque el hijo es el absolutamente débil. No tiene fuerza, no tiene palabra, no tiene defensa, no tiene estrategia. Es vida desnuda, dependencia pura. Y precisamente por eso la justicia comienza allí: en lo que hacemos con el que no puede devolver nada. En lo que hacemos con el inocente que solo puede pedir con su existencia.

Cuando un orden político permite que el inocente sea eliminado, no está “ampliando libertades”. Está declarando que la vida del débil es negociable. Está legalizando que el fuerte disponga del frágil. Está diciendo —aunque lo diga con papel sellado— que hay seres humanos cuyo primer derecho, la vida, puede ser suspendido por voluntad ajena.

Eso no es derecho elevado. Eso es corrupción de la ley.

Y aquí la narrativa de la orfandad vuelve a clavarse en el pecho, porque la ley —la ley auténtica— debió ser madre simbólica: debió proteger al pequeño cuando el mundo no quería. Debió ser el brazo institucional que dice “aquí cabes”. Debió ser la barrera que impide que el fuerte devore al débil. Si la ley no protege al inocente, la sociedad entera se vuelve huérfana: huérfana de autoridad legítima, huérfana de sentido, huérfana de bien común.

Por eso el aborto no es solo una tragedia privada. Es una escuela pública de impiedad. Una pedagogía de la indiferencia. Un entrenamiento social para no temblar ante la inocencia.

Y el día en que una civilización deja de temblar ante un inocente eliminado, ese día algo irreparable empieza a suceder: el mundo se acostumbra a vivir sin el más pequeño. Se hace habitable para los fuertes e inhabitable para los frágiles. Se vuelve un lugar donde existir es un permiso, no un don.

El corazón lo percibe, aunque no lo formule. Y por eso, incluso quienes no hablan de filosofía ni de derecho, sienten que en esto hay algo que toca la raíz. Porque la raíz no es ideológica: es humana. La raíz es que el ser humano nace para ser recibido, no para ser evaluado.

Ahora bien: en esta cuna vacía invertida hay un detalle que debería quebrarnos por dentro, y sin embargo la época lo pasa de largo.

En la orfandad clásica, el niño queda sin madre y el mundo lo mira con piedad. Hay flores. Hay pésame. Hay silencio respetuoso. Hay un reconocimiento: “esto está mal y nos duele”.

En la orfandad del aborto, el niño queda sin mundo y el mundo debate si era alguien. Y esa discusión —ese intento de decidir por lenguaje lo que la naturaleza ya ha dicho— es una forma de crueldad adicional: convertir al inocente en objeto de disputa para no darle lo que se le debe por ser quien es.

Pero hay más. Porque esta orfandad no solo deja sin madre al hijo; deja sin hijo a la humanidad.

Un hijo no es una idea: es una promesa concreta de porvenir. Es la continuidad del hogar. Es el rostro de la dependencia que obliga a la sociedad a mantenerse humana. Cuando los hijos se vuelven prescindibles, el futuro se vuelve un lujo, y el bien común se reduce a comodidad inmediata.

Y entonces el mundo se enfría.

Se enfría como se enfría una casa cuando falta la madre. Solo que aquí falta algo más: falta el temblor, falta la reverencia, falta la conciencia de lo sagrado. Faltan las lágrimas donde deberían estar. Falta el “no” donde debería existir un límite infranqueable.

Y por eso, si al inicio la orfandad dolía como una herida inevitable, al final debe doler más esta otra, porque es la misma materia —vacío, mesa, silla, aire— pero atravesada por una perversión: el vacío ya no lo trajo la muerte; lo trajo el permiso.

No se trata de gritar. Se trata de decir la verdad hasta el fondo: una sociedad que normaliza la eliminación del inocente fabrica huérfanos de un modo que ni siquiera permite nombrarlos. Y una sociedad que fabrica huérfanos se fabrica a sí misma como orfanato: un lugar sin hogar, un mundo sin madre.

Y todavía falta decir lo más grave. Lo que no se ve en la madera, ni se oye en la silla inmóvil, ni se mide en el lugar vacío de la mesa. Falta nombrar la orfandad que no ocurre solo en una casa, sino en el ser mismo del mundo.

Porque la vida humana no es un accidente sin autor. No es un capricho biológico que aparece y desaparece como espuma. La vida —cada vida— llega con una dirección inscrita. Con una vocación. Con un sentido que la precede. Antes de que el niño tenga nombre, ya existe un nombre que lo llama. Antes de que la madre lo abrace, ya existe un designio que lo mira. Antes de que el mundo lo acepte o lo rechace, hay un orden de creación que lo reclama como suyo.

Eso es el plan: no una planificación mecánica, sino un orden amoroso en el que cada criatura tiene lugar. El mundo es hogar porque no es improvisación: porque está tejido por una intención superior, por una arquitectura de sentido. Y el hombre, cuando lo olvida, no se vuelve libre: se vuelve huérfano del cielo.

Por eso el aborto no es solo una injusticia humana. Es una blasfemia ontológica: el gesto por el cual una voluntad finita pretende corregir al Ser, tachar una existencia como si fuese un error, y declarar prescindible lo que fue querido. Es como si la criatura se sentara, con lápiz y borrador, encima de la obra del Creador y dijera: “esto no debe estar”.

El mundo moderno no soporta esa idea porque la acusa. Prefiere imaginar un universo sin intención, porque así nadie responde ante nadie. Pero un universo sin intención se vuelve un desierto moral: allí todo es negociación, todo es permiso, todo es fuerza. Y entonces la vida deja de ser don y se vuelve intrusa.

Y esa es la orfandad metafísica: la renuncia a ser hijo.

El hombre que deja de reconocerse hijo de Dios empieza a vivir como dueño absoluto. Ya no recibe el ser: lo administra. Ya no agradece la vida: la calcula. Ya no la protege: la selecciona. Y en esa selección, sin darse cuenta, reproduce el desamparo. Porque cuando se rompe la filiación con el Padre, inevitablemente se rompe la maternidad. Se rompe el hogar. Se rompe el sentido del cuidado. Se rompe la noción misma de criatura.

En un mundo que se declara sin Padre, la madre deja de ser sacramento y se vuelve función. El hijo deja de ser misterio y se vuelve proyecto. La familia deja de ser altar y se vuelve arreglo. Y el aborto aparece entonces no como “excepción”, sino como coherencia cruel: si no hay plan, no hay llamado; si no hay llamado, no hay deber; si no hay deber, lo único que queda es la voluntad del fuerte.

Y el fuerte siempre termina fabricando huérfanos.

Por eso esta cuna vacía —esta cuna vacía sin duelo— no es solo una escena dolorosa. Es un signo de apostasía práctica: el mundo intenta reorganizarse como si el cielo no existiera, y al hacerlo, rompe las cuerdas invisibles que lo sostenían. Y cuando esas cuerdas se rompen, todo empieza a caer: primero la reverencia, luego la justicia, luego el amor.

Al final, la orfandad no es solo del niño al que no se dejó entrar. Es del mundo entero que ya no sabe por qué debe proteger, por qué debe temblar, por qué debe amar. Es la orfandad del plan: la creación tratada como materia sin sentido, como tierra sin semilla, como casa sin dueño.

Y entonces sí, se entiende la profundidad de ese crujido inicial.

Porque ese crujido no venía solo de la madera. Venía de algo más alto: del orden mismo del ser que protesta en silencio cuando se le violenta. Venía de la realidad reclamando su verdad. Venía del plan reclamando su lugar.

La orfandad clásica deja una silla vacía.

La orfandad del aborto deja una cuna vacía.

La orfandad metafísica deja algo todavía peor: deja al mundo sin techo interior. Sin Padre. Sin Madre. Sin hijos. Y una creación sin filiación es una creación sin hogar: una intemperie con luces.

Y aquí, para cerrar, no basta una imagen más. Hace falta una sentencia que sea a la vez refugio y juicio; una frase donde la justicia y la misericordia no se contradigan, sino que se abracen; una frase que, pronunciada en el instante más alto del dolor, reordena el mundo.

Si el hombre es huérfano, es porque se le niega su pertenencia.
Si el hijo es lo absolutamente débil, es porque solo puede vivir recibido.
Si la justicia consiste en dar a cada uno lo suyo, lo primero que se debe al inocente es la vida.
Y si la vida es don, no permiso, entonces el fundamento último de toda protección no es la emoción, sino la filiación: el hombre es protegido porque es hijo.

Por eso, cuando todo parece perdido y el mundo parece quedarse sin hogar, en la cima de la Cruz, Cristo no deja una teoría: deja una Madre. No pronuncia un concepto: pronuncia una pertenencia. No ofrece un argumento: ofrece un refugio para el corazón humano y una acusación para todo orden que quiera vivir sin piedad.

Y así, como última luz sobre todas las cunas vacías —las de la fatalidad, las del permiso y las de la rebeldía metafísica— queda dicha la palabra que devuelve al mundo su centro y al hombre su condición de hijo:

“HIJO, AHÍ TIENES A TU MADRE.”

jueves, 19 de febrero de 2026

SEÑALA LA FSSPX QUE LOS OBISPOS QUE CONSAGRARÁ 'NO SE ARROGARÁN NINGUNA JURISDICCIÓN CONTRA LA VOLUNTAD DEL PAPA' Y POR LO TANTO 'NO SERÁN CISMÁTICOS'


 

Published: febrero 19, 2026

 La Fraternidad Sacerdotal San Pío X ha reiterado dos cosas:


  • Que consagrará nuevos obispos el próximo mes de julio
  • Que no serán «cismáticos».


Ha explicado que, «apoyándose en toda la teología tradicional y en la enseñanza constante de la Iglesia, que una consagración episcopal no autorizada por la Santa Sede, cuando no va acompañada ni de una intención cismática ni de la colación de la jurisdicción, no constituye una ruptura de la comunión de la Iglesia.»


La argumentación está expuesta en el Anexo II que envió al Dicasterio para la Doctrina de la Fe del Vaticano. y que reproducimos a continuación.


Orden y jurisdicción: la inanidad de la acusación de cisma

19 Febrero 2026


La Fraternidad se defiende de toda acusación de cisma y considera, apoyándose en toda la teología tradicional y en la enseñanza constante de la Iglesia, que una consagración episcopal no autorizada por la Santa Sede, cuando no va acompañada ni de una intención cismática ni de la colación de la jurisdicción, no constituye una ruptura de la comunión de la Iglesia.


  • La constitución Lumen gentium sobre la Iglesia establece en el capítulo III, n.° 21, que el poder de jurisdicción es conferido por la consagración episcopal al mismo tiempo que el poder de orden.
  • El decreto Christus Dominus sobre el ministerio pastoral de los obispos en la Iglesia enuncia lo mismo en su preámbulo, n.° 3.
  • Y esta afirmación es retomada por el Código de Derecho Canónico de 1983, en el canon 375 § 2. 


Ahora bien, en la Iglesia, la recepción del poder episcopal de jurisdicción depende, por derecho divino, de la voluntad del Papa, y el cisma se define precisamente como el acto de quien se arroga una jurisdicción de forma autónoma y sin tener en cuenta la voluntad del Papa. Por ello, según estos documentos, una consagración episcopal realizada contra la voluntad del Papa sería necesariamente un acto cismático.


Este argumento, que pretende concluir que las futuras consagraciones episcopales dentro de la Fraternidad serían cismáticas, se basa enteramente en el postulado del Concilio Vaticano II según el cual la consagración episcopal confiere tanto el poder de orden como el de jurisdicción.


Sin embargo, en opinión de pastores y teólogos cuya autoridad era reconocida en el momento del Concilio Vaticano II, este postulado no es tradicional y carece de fundamento sólido.


  • Durante el Concilio, el Cardenal Browne y Monseñor Luigi Carli lo demostraron en sus comentarios escritos sobre el esquema de la futura constitución Lumen Gentium.
  • Monseñor Dino Staffa hizo lo mismo, basándose en los datos más contrastados de la Tradición.

Pío XII declaró en tres ocasiones, en Mystici Corporis en 1943, en Ad Sinarum Gentem en 1954 y en Ad Apostolorum Principis en 1958, que el poder episcopal ordinario de gobierno del que gozan los obispos, y que ejercen bajo la autoridad del Sumo Pontífice, les es comunicado de manera inmediata, es decir, sin la mediación de la consagración episcopal, por el mismo Sumo Pontífice: «immediate sibi ab eodem Pontifice Summo impertita». Si este poder les es conferido de manera inmediata por el solo acto de la voluntad del Papa, no se ve cómo podría derivarse de la consagración. 


Tanto más cuanto que la mayoría de los teólogos y canonistas niegan absolutamente que la consagración episcopal otorgue el poder de jurisdicción.


Y la disciplina de la Iglesia contradice esta tesis.


En efecto, si el poder de jurisdicción es conferido mediante la consagración, ¿cómo es que un Sumo Pontífice elegido, que aún no hubiera sido consagrado obispo, posee por derecho divino la plenitud del poder de jurisdicción, así como la infalibilidad, desde el mismo momento en que acepta su elección?


Siguiendo esta misma lógica, si es la consagración la que confiere la jurisdicción, los obispos residenciales nombrados, pero aún no consagrados, aunque ya estén establecidos al frente de su diócesis como verdaderos pastores, no tendrían ningún poder de jurisdicción ni ningún derecho a participar en los concilios, cuando en realidad sí tienen estas dos prerrogativas antes de su consagración episcopal.


En cuanto a los obispos titulares, que no gozan de autoridad sobre ninguna diócesis, habrían estado privados durante siglos del ejercicio de un poder de jurisdicción que, según Lumen Gentium, habrían recibido en virtud de su consagración.


Si se objeta que la consagración ya confiere un poder de jurisdicción propiamente dicho, pero que requiere la intervención del Papa para poder ejercerse concretamente, respondemos que esta distinción es artificiosa, ya que Pío XII afirma claramente que es el poder de jurisdicción en su esencia lo que es comunicado inmediatamente por el Papa, quien, por tanto, no se limita simplemente a realizar una condición necesaria para el recto ejercicio de dicho poder. 


Los obispos que serán consagrados el próximo 1 de julio como auxiliares de la Fraternidad no se arrogarán, por tanto, ninguna jurisdicción contra la voluntad del Papa, y no serán en modo alguno cismáticos.


Nota: En cuanto a la pena de excomunión, la Fsspx ha señalado que el propio Derecho Canónico establece que ésta no se aplica cuando existe un estado de necesidad, como es el caso actual.

martes, 17 de febrero de 2026

18 DE FEBRERO: MIÉRCOLES DE CENIZA, OBLIGAN GRAVEMENTE EL AYUNO Y LA ABSTINENCIA



(Este post se mantendrá martes y miércoles)

Es día de ayuno y abstinencia:

El ayuno obliga desde los dieciocho años hasta los cincuenta y nueve, inclusive. 
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La abstinencia obliga a partir de los catorce años cumplidos (aunque es aconsejable iniciarla desde los 7 años, como antes se acostumbraba).

El ayuno es realizar sólo una comida fuerte (completa) al día. Se permite, además, la parvedad en la mañana y la colación en la noche que consisten en un alimento muy ligero (bastante menor al acostumbrado). No debe comer ningún otro alimento entre las comidas. Los líquidos simples o para calmar la sed pueden beberse a cualquier hora (por ejemplo: agua, cerveza, vino, café con poca azúcar, etc.). No deben beberse, entre comidas, caldos, leche y otros que fungen como alimento.

La abstinencia prohibe comer DURANTE LAS 24 HRS. DEL DÍA, carne y caldo de carne de animales terrestres o que vuelan (res, carnero, cerdo, pollo, codorniz, pájaros, etc.). Se permite la carne de pescados o mariscos (animales acuáticos). En algunas regiones existe el error generalizado de que se permite el pollo o el caldo de pollo, pero esto no es así.

Los que no están obligados al ayuno no están exentos de toda mortificación, porque ninguno está dispensado de la obligación general de hacer penitencia, y así deben mortificarse en otras cosas según sus fuerzas.

Los Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo obligan gravemente el ayuno y la abstinencia. Los demás viernes de cuaresma obliga solo la abstinencia. Los otros viernes del año que no son cuaresma también debe llevarse la abstinencia de acuerdo con lo que se explica en el siguiente post:  HAZ CLIC AQUÍ: https://www.catolicidad.com/2012/11/obliga-la-abstinencia-todos-los-viernes.html?m=1

* Recordemos que conforme a los Mandamientos de la Santa Iglesia, obliga la Confesión anual por la Cuaresma y la Comunión (en gracia de Dios, luego de confesarse) por Pascua Florida.
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MIERCOLES DE CENIZA: EL INICIO DE LA CUARESMA

Autores: Tere Fernández y Luis Gutiérrez

La imposición de las cenizas nos recuerda que nuestra vida en la tierra es pasajera y que nuestra vida definitiva se encuentra en el Cielo.

La Cuaresma comienza con los Miércoles de Ceniza y es un tiempo de oración, penitencia y ayuno. Cuarenta días que la Iglesia marca para la conversión del corazón.

Origen de la costumbre

Antiguamente los judíos acostumbraban cubrirse de ceniza cuando hacían algún sacrificio y los ninivitas también usaban la ceniza como signo de su deseo de conversión de su mala vida a una vida con Dios.

En los primeros siglos de la Iglesia, las personas que querían recibir el Sacramento de la Reconciliación el Jueves Santo, se ponían ceniza en la cabeza y se presentaban ante la comunidad vestidos con un "hábito penitencial". Esto representaba su voluntad de convertirse.

En el año 384 dC, la Cuaresma adquirió un sentido penitencial para todos los cristianos y desde el siglo XI, la Iglesia de Roma acostumbra poner las cenizas al iniciar los 40 días de penitencia y conversión.

Las cenizas que se utilizan se obtienen quemando las palmas usadas el Domingo de Ramos del año anterior. Esto nos recuerda que lo que fue signo de gloria pronto se reduce a nada.

También, fue usado el período de Cuaresma para preparar a los que iban a recibir el Bautismo la noche de Pascua, imitando a Cristo con sus 40 días de ayuno.

La imposición de ceniza es una costumbre que nos recuerda que algún día vamos a morir y que nuestro cuerpo se va a convertir en polvo. Nos enseña que todo lo material que tenemos aquí se acaba. En cambio, todo el bien que tengamos en nuestra alma nos lo vamos a llevar a la eternidad. Al final de nuestra vida, sólo nos llevaremos aquello que hayamos hecho por Dios y por nuestros hermanos los hombres.

Cuando el sacerdote nos pone la ceniza, debemos tener una actitud de querer mejorar, de querer tener amistad con Dios. La ceniza se le impone a los niños ya los adultos.


Fuente: Catholic.net
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DEL CATECISMO MAYOR DE SAN PÍO X:

39. ¿Por qué el primer día de Cuaresma se llama día de CENIZA? - El primer día de Cuaresma se llama día de Ceniza porque en este día pone la Iglesia sobre la cabeza de los fieles la sagrada Ceniza.

40. ¿Por qué la Iglesia impone la sagrada Ceniza al principio de la Cuaresma? - La Iglesia, al principio de la Cuaresma, acostumbra poner la sagrada Ceniza para recordarnos que somos compuestos de polvo y polvo hemos de reducirnos con la muerte, y así nos humillamos y hagamos penitencia de nuestros pecados, mientras tenemos tiempo.

41. ¿Con qué disposiciones tenemos de recibir la sagrada Ceniza? - Hemos de recibir la sagrada Ceniza con un corazón contrito y humillado, y con la santa resolución de pasar la Cuaresma en obras de penitencia.

42. ¿Qué hemos de hacer para pasar bien la Cuaresma según la mente de la Iglesia? - Para pasar bien la Cuaresma según la mente de la Iglesia hemos de hacer cuatro cosas: 1ª, guardar exactamente el ayuno y la abstinencia, y mortificarnos no sólo en las cosas ilícitas y peligrosas, sino también en cuanto podamos en las lícitas, como sería moderándonos en las recreaciones; 2ª, darnos a la oración y hacer limosnas y otras obras de cristiana piedad con el prójimo más que de ordinario, 3ª, oír la palabra de Dios, no ya por costumbre o curiosidad, sino con deseo de poner en práctica las verdades que se oyen; 4ª, andar con solicitud en prepararnos a la confesión para hacer más meritorio el ayuno y disponernos mejor a la Comunión pascual.

Recomendamos leer en esta fecha el siguiente tema (haz clic):  EN ESTA CUARESMA: "SERMÓN DEL POLVO" DEL P. CASTELLANI https://www.catolicidad.com/2010/03/en-esta-cuaresma-sermon-del-polvo-del.html?m=1

domingo, 15 de febrero de 2026

RELIGIOSIDAD y MISA EN NIÑOS DE 1 A 5 AÑOS


 
Por Diego Casanueva Rivero 

Desde la más tierna edad, la acción santificadora del Espíritu Santo puede llenar los corazones de los niños y disponer sus almas para recibir las gracias del Santo Sacrificio de la Misa, que eleva a los hombres hasta la Cruz y los une a Nuestro Señor Jesucristo crucificado. Por ello, no se debe ser un estorbo para que los niños pequeños se acerquen a Él, pues el buen comportamiento en el templo es la mejor preparación para que desde temprano amen el Sacramento de la Eucaristía y se formen religiosamente.

El fundamento para comenzar esta educación desde los nueve meses se apoya en que, a esa edad, el niño ya entiende la palabra “no”, puede dejar de balbucear y es capaz de guardar silencio si se le corrige física y verbalmente con constancia. Desde ese momento comienza un proceso de comprensión y aprendizaje que no cesa, siempre que exista guía firme y vigilancia continua, sin forzar el desarrollo natural, sino interiorizando progresivamente el silencio, la postura corporal y el respeto al santo recinto.

Esta tarea corresponde en general al papá, quien representa para los hijos la paternidad divina y es el modelo irremplazable de fuerza y congruencia. 

Además, ordinariamente es la mamá quien pasa la mayor parte de la semana con los hijos, lo que provoca un desgaste natural en la corrección cotidiana, mientras que la figura paterna introduce una objetividad distinta que renueva la autoridad y da seguridad a los niños. El papá saca a los hijos del ensimismamiento producido por la larga convivencia con mamá y aporta la fuerza, la firmeza y la congruencia necesarias para la formación religiosa, sin sustituir la ternura materna, sino complementándola. Por ello, en la Santa Misa, el papá resulta especialmente idóneo para guiar, corregir y enseñar, pues su presencia representa la paternidad divina y facilita que los niños se introduzcan con respeto y disciplina en el misterio del Sacrificio de la Cruz.

Introducir a los niños en el misterio del Sacrificio de la Cruz es misión propia del padre, pues la Santa Misa es substancialmente el mismo sacrificio que el de la Cruz. Así como Dios Padre entrega a su Hijo para la Redención, Abraham introduce a Isaac en el misterio del sacrificio, y San José fortalece al Niño Jesús y a la Santísima Virgen para el momento de la Cruz, de igual modo el papá debe conducir a sus hijos pequeños al altar y hacer de la Santa Misa su tesoro más querido.

Desde los primeros meses hasta los tres años, el papá debe corregir con constancia el ruido, la postura corporal y la falta de silencio, sin dejar pasar una sola indisciplina. Entre los dos y tres años, el niño puede distinguir los momentos principales de la Santa Misa, especialmente la Consagración y la Comunión, acercándose con manitas juntas y conciencia de la presencia real de Nuestro Señor. Si este camino ha sido constante, hacia los cinco años el niño puede estar quietecito, calladito y atento por largos momentos, con verdadera devoción. Cuando este proceso no ha sido adecuado o se han cometido errores en la primera etapa, es necesario rectificar, pues es de sabios volver al comienzo y empezar de nuevo cuando se ha perdido el rumbo, empezando con cosas fáciles pero puras, con verdades altas pero claras, con principios primeros pero inamovibles.

La constancia, la paciencia y la perseverancia permiten que el trabajo realizado dé fruto, aun cuando cueste mucho, pues en ello va la existencia, la vida y el futuro. Nunca es tarde para comenzar, ni para recomenzar, cuando se busca orientar con rectitud el tronco tierno y conducir a los niños hacia lo más elevado, edificante y digno que es lo espiritual.

*Consejos:*

- Preparar la Santa Misa antes de entrar al templo, explicando con palabras sencillas lo que sucede en el altar.

- Elegir un lugar donde el niño vea el altar y permita corrección inmediata.

- Mantener al papá de rodillas la mayor parte del tiempo para corregir con cercanía y ejemplo.

- Corregir siempre con voz muy baja, contacto físico y firmeza.

- No dejar pasar ninguna indisciplina conforme a la edad del niño.

- Sacar inmediatamente al niño cuando pierda el control, corregirlo y regresarlo lo antes posible.

- Mantener disciplina aun fuera del templo, sin elevar la voz.

- No permitir juguetes ni comida ni distracciones.


- No dar nunca la espalda al altar.

- Dirigir la atención del niño con palabras breves y piadosas hacia Nuestro Señor y la Santísima Virgen.

- Rezar en familia durante la semana, especialmente el rosario.

- Mantener vigilancia y constancia hasta los cinco años, renovando propósitos cuando haya fallas.